EL MECHERO BUNSEN

      En la adolescencia de un hiperactivo no existen los tiempos muertos, cuando no hay nada interesante o divertido por hacer. Siempre me pareció inconcebible que haya algún momento en el que la voluntad no pueda experimentar curiosidad o placer. Incluso hoy, superado ya el medio siglo de edad, no soporto que transcurra un solo día sin un mínimo de goce, o un tiempo para la reflexión, o una enseñanza, o una lectura, o el simple visionado de una película.
     Cuando sobre los 16 años la adrenalina púber ya me inundaba el pecho, excitando mente y cuerpo, no me importaba levantarme de madrugada para ir a estudiar de Hospitalet de l'Infant a Tarragona, pues al regresar caída ya la noche, seguía en la urbanización Los Abetos con mis juegos y los desafíos personales, con las luchas por el liderazgo del grupo, con las tácticas para mantenerse en lo más alto. Era tan física nuestra existencia, que en cualquier montículo el más fuerte se adueñaba de su cima y trataba de mantener alejados al resto, que en ataques individuales o coordinados intentaban reconquistar la cima y expulsar al enemigo, y vuelta a empezar hasta la extenuación o el sudor frío del invierno.
    
Pero Los Abetos no dejaba de ser un territorio cerrado, un micro mundo que comprendía el hogar, los amigos, la tienda de comestibles, un espacio amplio para los juegos –asfalto y campo-, el club social de los empleados de la central nuclear y el escenario de los primeros escarceos románticos y eróticos.
     Aunque mis padres me habían llevado de Cartagena -donde nací- a Madrid, y de la capital a Tarragona, con veraneos en Málaga y Guardamar de Segura, durante muchos años creí que en toda España -excepto en el Baix Camp- todo eran montañas tras la Serralada Prelitoral. Hasta que Los Abetos se me quedaron pequeños y amplié el horizonte buscando nuevas excitantes aventuras.

     Una de esas salidas consistía en ir a cazar pulpos a la playa llamada de las Barcas, o a las rocas de la punta de Cala d’Oques. En la primera, de aguas cristalinas gracias a los guijarros que alfombraban el fondo marino, amarraban una docena de botes de pescadores. Treinta metros mar adentro, una elevación súbita del fondo albergaba una fértil pradera de posidonia, esas grande matas de algas verdes mecidas al ritmo acompasado de las olas, refugio y alimento de peces, octópodos, estrellas de mar y erizos. Daba miedo sumergirse en los cortados de roca al final del promontorio. Sus aguas eran más frías y oscuras, pero era fácil encontrar pulpos. Todo ese vergel submarino, hábitat prioritario para la biodiversidad, fue dinamitado para construirse el puerto deportivo.

     En una ocasión que buceaba con mi cuñado sobre la posidonia cazamos un pulpo enorme que se arriesgó a pasear cerca de la playa. Sus gruesos tentáculos cubrían el largo del arpón y debíamos arrastrarlo por las calles del pueblo en el regreso triunfal a casa. Nos sentíamos héroes, pero no dejaba de ser una lucha desigual, nosotros con escopetas de largos arpones y el pulpo sin defensas adecuadas todavía aprendidas para sobrevivir al hombre, el más reciente depredador, el único ser vivo destructor, sólo él hace uso de la violencia gratuita.

                 Las barcas se subían de la playa con gran esfuerzo

     A modo de eterno reproche la madre Naturaleza siempre me recuerda una cacería que acabó siendo pura crueldad. Me adentré en la playa del Arenal en busca de alguna zona rocosa, provisto de un simple tubo para respirar sobre la superficie, un tridente y un cuchillo de pesca submarina atado a la pantorrilla. En una roca aislada a unos cuatro metros de profundidad descubrí la cara de un hermoso pulpo que, creyéndose mimetizado, vigilaba confiado la entrada de su cueva.
     No podía clavarle el tridente dada la profundidad y la forma de la roca, que se estrechaba en su base, y decidí bajar repetidas veces para clavarle una vez tras otra el cuchillo y hacer palanca con él, hasta que logré sacarlo de allí con sus patas destrozadas, arrancadas del tronco, y envuelto en una palidez mortal.
     Solía entregar las capturas a mi madre para que las congelara hasta la próxima paella. Pobres octópodos, inteligentes criaturas de Poseidón provistas de tres corazones.

Un pulpo y la temida morena

     No cazaba por necesidad, sino por ese placer atávico del ser humano –que nunca entenderé- de dar muerte a un ser vivo. Cabe en mi descargo considerar que era sólo un adolescente y que con el transcurrir de la vida uno debe hacerse más humano y sabio. Por eso no puedo aceptar –si al menos se tratara de un campesino o un obrero con pocas luces- que el escritor Miguel Delibes fuera tan aficionado a la práctica cinegética y la defendiera con tanta pasión. ¿Qué sensaciones tenía, o qué ideas le asaltaban cuando veía por la mirilla del rifle a un hermoso ciervo? ¿Dónde estaba la sensibilidad que se supone a un artista cuando se acomodaba para destruir la vida de un ser vivo aún más grande que él? ¿No consideraba que así se usurpa la potestad del Creador decidiendo por sí solo perdonar o segar la vida de otro ser, aunque sea menos inteligente?

     También salía del barrio para ir a jugar al tute subastado en el club Nova Llum, una suerte de casal de pueblo, con mi amigo Pepollo, su abuelo –conocido por todo el mundo como “el abuelo”, y algún jubilado. Uno de éstos, precisamente a causa de un disparo fortuito con una escopeta de caza que le alcanzó en el codo, tenía un brazo inutilizado, con los dedos pegados a la palma de la mano, si bien esta tara no le impedía -casi era mejor- colocar entre los dedos inútiles sus cartas y con cuidado ir extrayéndolas. Jugábamos a peseta la partida.

     Con una coca-cola y una bolsa de pipas podía pasar las tardes enteras sintiéndome un adolescente feliz. El abuelo del Pepollo, oriundo de Larache, era todo un personaje entrañable, afable, descreído, con un largo e intenso recorrido vital reflejado en las carnes caídas de su cara. Eran frecuentes sus sentencias o coletillas en los lances del juego. Decía “suerte fulana” cuando se arriesgaba y fallaba; “palmatoria del río” cuando alguno perdía la partida; o “caca de la vaca” cuando las cartas eran malas. Su humor llegaba al absurdo cuando uno de nosotros empleaba excesivo tiempo en echar la carta sobre la mesa y el con cierta expresión burlesca te espetaba: “la otra…

     El abuelo, que así era conocido por todo el pueblo, “abuelo”, trabajaba como encargado de una sala de futbolines y máquinas recreativas o pin-balls, por aquellos años la vanguardia de la tecnología aplicada al ocio. Una vez me aproveché de su confianza y avanzada edad. Le pedí cambio de 100 pesetas, enseñándole el billete y, como lo vi muy atabalado, mientras me daba las monedas le dije que se lo dejaba en el bolsillo de su camisa, haciendo el gesto de introducirlo allí, pero sin llegar a soltarlo de mis dedos.

    Fue una broma espontánea, pero al comprobar que ni siquiera buscó el billete en su bolsillo, me callé en un gesto de gran vileza. Y continué sin desvelar el engaño cuando lo vi ofuscado que rebuscaba por toda su vestimenta el billete de 20 duros. Un robo en toda regla. Suerte fulana.
     Cometía felonías pero también las recibía. Una tarde que fui a coger higos con un amigo, pusimos uno de ellos en la vía al paso de un tren para ver cómo quedaba aplastado. El maquinista paró el convoy y llamó a la Guardia Civil creyendo que eran piedras lo que dejábamos sobre el raíl. Horas más tarde, aparecieron dos números en mi casa, mi padre se disculpó ante ellos y cuando cerró la puerta me dio y fuerte y sonoro tortazo en la cara.
     Las salidas del barrio cada vez eran más lejanas y por más tiempo, y algunas pudieron calificarse ya como excursiones. La de Pino Alto tuvo su dosis de arrojo y su simbolismo. Conformamos un buen grupo, con el Jesús Martín, el Tino -todavía no se había cortado los dedos en una fábrica de Tarragona- el Bartolo y su hermano Manuel, y algunos más, haciendo acopio de buenas sogas que usaban en las obras cercanas. Había que ascender por un elevado tronco de pino seco que, dividido en diversos tramos lisos, sobresalía de toda la masa forestal. Funcionábamos como una cordada, ya que sólo alguno de nosotros pudo ascender a lo más alto, creo recordar que fue el Jesús Martín. No había recompensa material al esfuerzo y riesgo, sólo la satisfacción de superar una dificultad y comprobar la validez del trabajo en equipo. Lecciones auto impartidas antes de enfrentarse a la vida inmisericorde.

La cima del Molló Puntaire; al fondo, Hospitalet de l'Infant y Miami-platja

     Nuestros vigorosos cuerpos eran incansables, y éramos capaces de andar todo un día. En la que hicimos al Molló Puntaire, la cumbre de la Sierra del Mistral (727 metros) que preside Hospitalet, es digno de mención el accidente sufrido por el Pelechano, cuando ascendíamos por una escarpada pendiente y alguien con sus pisadas desprendió una piedra del tamaño de un plato, abriéndole la cabeza. Para atajar el camino de regreso, me separé del grupo para tratar de bajar la montaña por los cortados de unas paredes rocosas, pero mi osadía casi me obliga a pedir auxilio. Otra buena lección, en este caso de prudencia. También recuerdo con simpatía las salidas que hacíamos un numeroso grupo de bicicletas a la piscina de la urbanización Planas del Rey, ya en el municipio montañoso de Pratdip, que estaba provista de un enorme trampolín, tal alto que incluso a mí me daba pánico tirarme desde la plataforma más elevada. Hoy día ya no se ven grupos de adolescentes con ese carácter asilvestrado. La actividad de ocio actual es ir a casa de un amigo a jugar a la Wii.
     Una de las primeras maneras de ganar dinero en mi vida fue vendiendo el cobre que buscábamos, y en algún caso sustraíamos, en edificios todavía en obras o en escombros, después de hacer una hoguera para quemar la goma de los cables y así separarla del rojizo metal. También recolectaba hierro, sobre todo grandes tornillos oxidados y restos esparcidos junto a la vía del tren. Me viene a la cabeza a menudo una bolsa roja de mano con el escudo –una especie de disco solar de los aztecas- de las olimpiadas de México 68, donde en cada viaje transportaba más de una veintena de kilogramos de hierro. ¿Porqué recuerdo con tanta insistencia esa bolsa? ¿Qué sentido tiene para mí? La imagen de la bolsa quedó incrustada en mi tierno cerebro, quizá por representar la medida del esfuerzo necesario para conseguir un beneficio, vaya, un anticipo del trabajo duro y mal pagado que iba a encontrarme en mi vida adulta.

     Asímismo, recogía algarrobas de árboles en apariencia sin explotar. Era una sensación agradable llevar al almacén de compra grandes sacos de unos 50 kilogramos, sintiendo ese olor intenso y delicioso a color marrón oscuro, perdón, a algarroba, y recibir el dinero producto del esfuerzo y la destreza. Pero la avaricia nos llevó a ampliar la recolecta  de algarrobas a terrenos donde el payes ya las había apilado en montones dispuestos a ser introducidos en los sacos, y eso ya era apropiación de lo ajeno. Imbuido de un prurito de honradez, cosa rara en mi cruel adolescencia, decidí dejar de ganar dinero deshonesto con las algarrobas.
     Un hecho desagradable determinó mi vida durante una larga temporada. El equilibrio de fuerzas en el seno del grupo donde yo seguía siendo líder se rompió y, sin importar el detonante, hube de llegar a las manos con el Jesús Martín. En este tipo de peleas no había puñetazos, se parecían más a la lucha canaria, y ganaba quien en el suelo conseguía montarse encima del otro y sujetándole los brazos le amenazaba: “¿Te vas a estar quieto? ¡Vale ya!”. Tampoco importó, ni lo recuerdo, quién se proclamó vencedor de esa trifulca, pues la consecuencia fue que el resto de amigos, viéndose en la tesitura de elegir con quién se aliaban, lo hicieron con mi oponente.

     Quedarme sin amigos de súbito me produjo una lógica desazón, pero la soledad que me sobrevino se convirtió en un motor para desarrollar una mejor autosuficiencia, explorar el “yo” profundo y sentir libertad absoluta. Me dediqué a pasear por el campo, a descubrir la belleza de la Naturaleza y a conocerme mejor, confirmando que gozaba de una sensibilidad especial, que era capaz de emocionarme con el objeto más insignificante o el hecho más sencillo del mundo. En definitiva, este tipo de vivencias me fortaleció y no impidió que volviera a tener nuevos amigos y mejores perspectivas de futuro. Creo que fue la etapa más feliz de mi vida.

 Vista de la playa de las barcas bajo el paseo marítimo. Año 1955 (Foto del archivo municipal)

(copyright  Max Bunsen)