EL MECHERO BUNSEN

     El nexo de unión de estos dos territorios era el autobús de la empresa Carrera, de uso exclusivo para los hijos de trabajadores de la Central Nuclear de Vandellós. Desde primera hora, en cuanto subía al autobús, me burlaba de todo y de todos… bueno, excepto los que eran mayores que yo. Los días en que haciendo acopio de valor decidía ir a clase arrastrando una fuerte crisis de migraña -¿yo quedarme en casa sin disfrutar de las lecciones y los amigotes? ¡ni soñarlo!- solía vomitar en cuanto se ponía en marcha el autobús, depositando lo que ya era sólo bilis en bolsitas de plástico. Entre risas sádicas solía enseñar estas bolsitas, junto a las que llenaba por contagio mi futuro cuñado, a algunos inocentones compañeros de viaje.

     Sucedieron pocos hechos relevantes que contar en mi paso por el Seminario Pontificio de Tarragona, donde estudié tres cursos de bachillerato. La razón es que los curas imponían un régimen disciplinario mayor que en el instituto, y por ello mis travesuras eran de baja intensidad. Cuando no hay incidencias ni conflictos, y todo es armónico, es el fin de la historias, y ya no hay nada interesante que explicar. El origen de la creatividad, de la experiencia como base para conformar un texto interesante, sólo se produce en un contexto, si no de sufrimiento personal, sí anómalo, peculiar, al margen de los parámetros del comportamiento correcto. Toda la Literatura es la misma desde la noche de los tiempos cuando en las cuevas y junto al fuego el hombre de cromañón más dotado de lenguaje relataba los sucesos de la cacería al resto de la tribu.

     Guardo una imagen entrañable de mi paso por el seminario. Cada día debía atravesar el Portal del Roser, donde me dejaba el bus del Carreras, y subir las cuestas de la Baixada del Roser y calle de la Guitarra pensando en el bocadillo de sobrasada que con tanto cariño me preparaba mi madre y que me comería en cuanto llegara al claustro, antes de entrar a clase, tal era el hambre por el esfuerzo realizado ya desde el despertar.El profesorado, compuesto en su mayoría por curas, tenía un alto grado de formación.
     El de Literatura, mosén Doménech, se salía de la norma con su afición a los fenómenos paranormales, y solía hacernos demostraciones de su pericia levantando sillas sólo con tocarlas o adivinando el número del D.N.I de algún alumno que entraba en clase en ese momento. Era la época de auge de la famosa mesa de Nulles*, un pueblecito de la Tarragona interior, y de la ouija, que entonces no se llamaba así. Soy la persona más escéptica del mundo, pero ver esas habilidades esotéricas en mosén Doménech es lo único en mi vida que ha turbado mi mente científica. En los exámenes no le era necesario vigilarnos, con cierta prepotencia se ocultaba tras un periódico que le impedía ver si copiábamos. De repente se levantaba raudo, se acercaba veloz a uno de nosotros y bajo el pupitre le descubría un libro abierto. ¿Videncia, poderes extrasensoriales o un excelente psicólogo?. Quizá sólo fuera la intuición, entendida como el conocimiento adquirido genéticamente.

     Otro profesor original era mosén Cumamala, que impartía la asignatura de arte. Era tan buena persona que a veces todos los alumnos comenzábamos a gritar de forma irracional, en una suerte de éxtasis general, y él ni se inmutaba. Una escena absurda, para morirse de risa. O tirábamos petardos por la ventana y como un resorte colectivo nos levantábamos de los pupitres conteniendo las risotadas y nos acercábamos a mirar hacia la calle, haciéndo creer al profesor que de allí provenía los petardos.
     A mosén Barenys le hice la vida imposible, aprovechándome de su bondad innata y del cariño que me profesaba. Explicaba la lección como si celebrara una misa, con una voz atemperada y movimientos suaves de sus manos. El payaso de la clase en quien ya me había convertido aprovechaba la ocasión para imitarle en sus propias narices, además de urdir otras chanzas. Cuando el prelado ya no podía aguantar más mis burlas, se lanzaba hacia mí corriendo lleno de furia, la cara morada ardiente, las venas marcadas, todo su ser presto al estallido, y al llegar a mi pupitre levantaba el brazo trémulo para pegarme.
                                                           
                                                 Mayor disciplina

  Pero allí se quedaba inmóvil, excitado por la rabia, impotente, preso de un conflicto moral, no sólo por ese intento de infligirme un castigo físico, sino por darse cuenta de súbito, bajando así la mirada en señal de arrepentimiento, que había intentado cometer un acto violento contra un pobre e indefenso adolescente. A esa mayor calidad en la enseñanza del Seminario, comparada con la del instituto público, se unía una mayor disciplina. 
  Algunos conseguíamos eludir las prohibiciones. En las horas muertas tras la comida, nos escapábamos por los túneles que atraviesan el edificio –una leyenda urbana decía que en éstos túneles se encontraron tras la guerra civil fetos de monjas embarazadas- y que dan a la zona boscosa trasera. Una vez allí sólo era cuestión de saltar por el tramo más bajo de las ciclópeas murallas romanas, recorrer el Passeig de Torroja, y entrar de nuevo al Casc Antic por el Portal de Sant Antoni. Solíamos ir a jugar a la máquina de bolas o "fliper" que había en el bar El Candil, en la plaza del Ayuntamiento, donde gozábamos de la complicidad del dueño.
     De regreso a las clases vespertinas pasábamos por la lúgubre calle de l’Arc d’en Toda para tirar piedras a las prostitutas. Dos décadas después fui cliente habitual de las mismas lumis a las que vejaba en mi adolescencia cruel. Hube de ser internado en la factoría de curas un mes porque operaron a mi madre de cervicales. Me propusieron integrarme al ritmo cotidiano de los aspirantes al cielo –debo aclarar que estudiar allí no implicaba tener vocación de religioso-, pero tras la primera misa de maitines, al comprobar que no paraba quieto, interrumpiendo el rito religioso, me liberaron aliviados de esa obligación. Mosén Barenys venía todas las noches a arroparme con su expresión de bondad absoluta, mientras ponía su mano sobre mi pecho y me instaba con tierna amabilidad al buen comportamiento.

     Una vez que me encontré solo en la capilla de San Pablo, construcción del siglo XIII ubicada en el claustro del Seminario que conmemora la supuesta predicación del apóstol San Pablo en Tarragona, aunque la única prueba es que en una ocasión el santo manifestó su deseo de predicar en Hispania, tuve frente al altar unos minutos de lucidez religiosa, sintiendo la presencia divina. Pero esta pequeña alucinación fue sólo un destello fugaz comparado con mi trayectoria en el Seminario, donde siempre me mostré como un adolescente desinhibido, sobrecargado de energía, ávido de emociones, en definitiva, un proyecto de golfo.
     Caída ya la noche, en el autobús de regreso a Hospitalet, con las neuronas cargadas de diversión y excesos, aún me quedaban arrestos para burlarme de alguna jovencita y llamar bastardo, con la única intención de herir, a un joven cuyos padres estaban separados.
     Al tercer año de clases en el Seminario fui expulsado, poco antes de finalizar sexto de bachillerato, y hube de repetir curso de vuelta al instituto público, a la mayor libertad que allí se respiraba, a los amigos más espabilados, a una vida que se abría ante mí prometiéndome nuevos aires, experiencias más intensas y nuevas lujurias por descubrir.

Capilla de San Pablo, dentro del Seminario

* Mesa de Nulles:  Se trata de un suceso paranormal que conmocionó a esta localidad tarraconense en 1975. Al parecer, gracias a la intervención de una médium, una pequeña mesa se elevaba del suelo incluso con personas encima. ¿Poder de la mente?, ¿espíritus?, ¿o un simple truco? Décadas después, las preguntas siguen sin respuestas.