EL MECHERO BUNSEN

LA RENTRÉE *

Miami-Platja, 04/10/2012. Catorce meses después retomo el interés por escribir en esta web. No hubo motivos para dejar de hacerlo, sólo cierta desidia inherente en mí, quizá la ausencia de una clara vocación literaria. Pero lo he dicho siempre: no me gusta escribir y lo considero un trabajo. Los trabajos por definición no son placenteros, salvo el de un actor porno, un político mitinero o un banquero ávido de dinero. Nada ha cambiado en mi relación de amor-odio con el hecho de escribir. Sigue igual que mi relación con las mujeres y las cosas que me interesan, las dejo y las tomo a mi antojo, en un ejercicio malévolo de libertad absoluta.

Lo que ha cambiado radicalmente es mi lugar de residencia, un cambio deseado hace ya tiempo. Tras vivir 23 años en la ciudad de Tarragona, soportando el mismo feo, gris, antinatural paisaje de edificios insulsos y sus partes traseras, he conseguido alquilar un chalet en una urbanización de Miami-Platja, municipio de Mont-roig del Camp. Entre el mar y la montaña, como es toda la comarca del Baix Camp. Me enamoré de este sencillo y viejo habitáculo porque conserva el aire de los primeros chalets surgidos en los años ’60 del boom turístico en España, construidos respetando al máximo la vegetación propia y la orografía del solar. La tierra del jardín es la tierra que hubo siempre, quizá durante millones de años, desde que se retiró el mar que cubrió la zona hasta la cordillera del Montsant. Acabo de leer que el Mediterráneo se secó hace siete millones de años (como siempre estoy rebuscando en los cientos de miles recortes de prensa que tengo cuidadosamente archivados, siempre encuentro información relacionada con el tema que me ocupa).

Presiden el jardín dos altos y robustos pinos, apenas separados, como silenciosos amantes unidos por sus raíces bajo tierra. Me ha dicho el casero que tienen más de 50 años. Parecen tan fuertes que dan deseos de abrazarlos; representan la unión con la madre Tierra, el lugar adonde todos regresamos. También han echado raíces dos nísperos, uno de ellos raquítico, y diversas plantas de jardín cuyo nombre todavía desconozco. De una tinaja surge a modo de cascada un geranio. Yo he aportado en pequeñas macetas algunos cactus que crecen con nuevas y eróticas formas. También me cautivó la orientación del chalet: su porche y su jardín miran al Este, es decir al mar y al Sol naciente, como toda la costa del levante español. Con la fortuna de que el único parque de la urbanización, también de grandes pinos, está frente a mí. Es la relajante imagen que veo desde la habitación que he configurado a modo de despacho, donde ahora escribo, oyendo sólo a los pájaros –sólo distingo el canto del mirlo. Hoy día los chalets que se construyen están adosados, son clónicos, asépticos, provistos de césped artificial para no ensuciar la casa, y suelen formar un círculo en cuyo seno se instala la piscina comunitaria y el parque infantil.

Dos meses atrás fui a comprar unas sillas de segunda mano al “Trueque” de Cambrils, una nave llena de objetos cochambrosos situada frente al camposanto, y allí descubrí un par de libros que compré por sólo un euro: “Más Platón y menos prozac”, un tocho de Lou Marinoff, el llamado apóstol de la filosofía aplicada a lo cotidiano; y un librito de tapa dura, “Parábolas, aforismos y comparaciones”, de Arthur Schopenhauer, el filósofo pesimista por excelencia. A éste último lo había oído nombrar mucho, pero nunca había leído nada suyo y me sorprendió por la coincidencia de sus ideas con el cambio de residencia que estaba haciendo. Schopenhauer duda de las facultades mentales del dueño de un perrito que ladra durante horas desde el patio de una casa, y sentencia que “no estaremos totalmente civilizados hasta que el ruido quede proscrito y nadie se arrogue el derecho a irrumpir en la consciencia de un ser pensante”. Considera que el hombre rico de espíritu buscará una vida tranquila, modesta, con el menor número posible de estorbos. Y que “tras haber conocido un poco a los denominados hombres, elegirá el retraimiento y, si su espíritu es grande, incluso la soledad”. Por aquí estoy buscando mi camino, por la ausencia de ruidos, la integración en un espacio más relajante, la armonía con la Naturaleza.

Hay quien piensa radicalmente al revés, pero sólo puede tratarse de energúmenos como Salvador Sostres, articulista que lleva a tales extremos su crítica fascistoide contra todo y todos, que parece tratarse de pura ironía. Dice que el asfalto le tranquiliza, que su banda sonora son las sirenas de la policía y las ambulancias, y que prefiere una gasolinera a un árbol. Le horroriza la naturaleza que no ha sido reducida y domesticada. ¡Cómo sería el mundo gobernado por individuos así…! Para quien no le reconozca, Sostres es aquel cabezón mal hecho que aparecía en las Crónicas Marcianas de Javier Sardá, y que dos años atrás, en la pausa de un debate ante niños en Telemadrid, reveló sus preferencias sexuales por "jovencitas de 17, 18 años, 19” , y dijo a micrófono abierto frases del tipo "esas vaginas que aún no huelen a ácido úrico, que están limpias", "esta carne que rebota, joven" y "ese entusiasmo, que te quieren enseñar que están liberadas, que ya son mayores". Incidente producido días después de la controversia originada por el escritor Fernando Sánchez Dragó, que confesó en un libro haberse acostado con unas niñas japonesas de 13 años. A eso lleva la falsa excentricidad y el extremismo: cuanto más conservadores, más perversión…

Lo dicho, hoy es la rentrée a la web, la vuelta a la madre Naturaleza, el deseo de una descansada vida, la sabia senda.

Voy a dar un paseo en bicicleta por el bosque.

 

·      Rentrée: Galicismo. Vuelta tras las vacaciones, a una temporada regular de ejercicio,  ya sea a una escuela o a un parlamento. Mi madre me critica que ponga esta palabra foránea, pero uno es un afrancesado (obtuve la única matrícula de honor de mi vida en “Francés”, en 1º de bachillerato, porque me enamoré platónicamente de la joven profesora–yo era un niño de diez años).