EL MECHERO BUNSEN
    
     Me pregunto si estas memorias que sólo hablan de chiquilladas tienen interés para alguien que no sea yo mismo. Si me atengo a lo que dijo Francisco Umbral, toda vida común tiene elementos suficientes para reflejarse en un relato literario. Pero Nadine Gordimer mantiene que de una sola persona no puede crearse un personaje: los que ella diseñó para sus novelas eran refundiciones de varios personas reales. Podría también pensarse que no importa el contenido de lo expresado, que lo de menos es si hubo suficientes anécdotas y aventuras instructivas o divertidas, sino la manera de narrar esos hechos, por muy anodinos que puedan parecer éstos. La técnica literaria puede proporcionarnos placer estético al margen de lo que se explica, como la literatura de Samuel Beckett, quien no cuenta nada en sus libros, salvo que el narrador parece estar tirado en una cuneta y sólo se acuerda de su madre. En resumen, sólo tendría valor lo que escribo si soy capaz de explicar fenómenos extraordinarios, misteriosos, maravillosos, o si me expreso con talento usando los recursos gramaticales, técnicos y retóricos. Con honestidad, me temo que hasta ahora no estoy explicando nada excepcional ni estoy demostrando recursos estilísticos. En el fondo poco me importa, pues la existencia ya ha sido para mí una gran fuente de placer, y la literatura que pueda extraer de ella también va a generarme goce. Otro de los objetivos será que mucha gente se interese por mis escritos, y ahora no voy a mentir como muchos escritores que aseguran no importarles si les leen. Yo no escribiría si no obtuviera cierto placer, pues mi espíritu de sacrificio, es decir, mi grado de madurez, son mínimos. Por ahora, sólo pretendo redactar mi vida para no olvidarla.
     Había cerrado el capítulo anterior con la sensual e idílica escena de los monaguillos nadando con mosén Josep y su gran perro nadador, un valeroso fox terrier, hasta perdernos en la mar curva.

     La urbanización los Abetos tenía todo lo necesario –el hogar, el campo y bosque cercanos, los amigos fieles, el pueblo como la urbe cercana- para colmar mis necesidades vitales. Allí, como la mayoría de adolescentes, desarrollábamos nuestra capacidad de ser crueles. Una noche húmeda encontramos un gran sapo, le atamos una cuerda a una pata, hicimos una hoguera y colgándolo sobre las llamas lo quemamos vivo. Para escribir estas memorias del periodo de la pubertad me hice un listado de crueldades, pero eso me pareció tan inmoral, regocijarme en el sufrimiento ajeno, aunque se tratara de animales -dicen que los animales no

Vista de Hospitalet de l'Infant a inicios de los años '70

 sufren-, que me he cuestionado muchas veces hablar del asunto. Comenté mis dudas a un compañero vigilante de noche, y en un momento me explicó un par de maldades suyas, de un sadismo mayor que el mío, y me quedé más tranquilo: una, que metieron un petardo trueno en el ano de un gato, y quedó éste con las tripas saliéndole por allí; la otra, que rociaba los pollos pequeños con gasolina, les prendía fuego y salían corriendo como bolas en llamas hasta que de golpe caían ya abrasados.
      La crueldad del sapo quizá sea la más grave que he hecho en mi vida, y su imagen me persigue toda la vida. Otras eran más divertidas, por ejemplo, coger a la Tosca, una perra que vivía en la urbanización –antes los perros eran libres-, cuya peculiaridad era coger con la boca piedras grandes y no soltarlas, y buscarle algún macho deseoso de copular. Cuando quedaban abotonados, mirando a lados opuestos, pasábamos una cuerda por debajo de sus cuerpos, hasta que se ubicaba a la altura de sus zonas erógenas, y entonces tirábamos hacia arriba presionando el pene del macho, que gemía de dolor sin poder soltarse.

 

La crueldad se aprende en la adolescencia
     Conseguíamos incluso levantar a los canes por el aire, con un sufrimiento tal del macho que al rato, por fuerza, se le desinflaba el bulbo del glande y podían ya despegarse, dejando tras ellos un reguero de flujos y sangre.
     Otra manera de divertirnos era escondernos entre los matorrales por la noche y con gomas elásticas disparar ganxets de hierro –arrancados de alguna cortina ajena- contra los cristales del supermercado Spar, de la familia de los Sabaté, situado en el centro de los Abetos. El dueño salía ofuscado intentando atisbar desde dónde disparábamos, pero ni nos veía ni nos hubiera atrapado nunca. A su hijo, quien sentía verdadera admiración por mí, le hacía ahogadillas en el mar para que me diera dulces de la tienda, so pena de repetir y prolongar las violentas inmersiones. Pura extorsión mafiosa.
     Con Manuel Alcántara –por fortuna tenía menos años que yo- mantenía una constante competitividad pero también una gran amistad. Desde una terraza de mi casa, que era un primer piso, no me importaba tirar objetos de valor para así regar con una manguera a quien osara acercarse a recogerlos. Manuel siempre fue el más aguerrido, y no le importaba empaparse con tal de conseguir su premio. También organizaba carreras de cross que yo siempre ganaba, pero Manuel y su hermano Bartolomé luchaban hasta la extenuación tratando de alcanzarme. Su familia provenía de Andalucía, y sus rasgos eran claramente del Sur: piel oscura, ojos almendrados, y forma latina de la cara, alargada, con los pómulos marcados. Cómo recuerdo el pequeño tórax de piel morena de Manuel, con sus músculos bien marcados, duros como una piedra. Con los años, ese pecho terso, esos pulmones desarrollados en la infancia, le convirtieron en un hermoso joven, alto y fuerte, que se alistó voluntario en la Brigada Paracaidista. Me explicaba tan emocionado sus aventuras cuarteleras cuando volvía al pueblo de permiso, que en cuanto pude yo también me apunté a los “paracas”.
     La urbanización Los Abetos era en sí mismo un micromundo, pero de él había que salir tarde o temprano. Primero con las bicicletas, luego haciendo excursiones a las montañas -pobre Pelechano, sufrió una notable herida en la cabeza por el impacto de un pedrusco desprendido cuando escalábamos por una grieta. O a Pino Alto, un frondoso bosque entre los núcleos urbanos de Hospitalet y Miami-Platja, que pronto se vio invadido por chalets y un hotel. Qué pena: existía, entre el bosque y la playa, quizá durante miles de años, una zona de marismas donde ahora hay un vulgar paseo marítimo lleno de bares y restaurantes. Al bosque íbamos a ver serpientes y nidos, a comer granadas junto a una masía en ruinas y a subir con cuerdas a un pino muy alto, un tronco seco que destacaba del resto de árboles. Lo siento por las últimas generaciones, nunca podrán experimentar estas emociones, salvo en el ámbito virtual. Era la época del descubrimiento del mundo exterior.  
    También de la playa nudista de Torn, donde nos la jugábamos saltando al agua desde las rocas. Habia una especialmente peligrosa, pues había que saltar corriendo, y caer sólo en un hueco del fondo donde había arena. Un resbalón durante la carrera hubiera tenido consecuencias graves. Todo arrojo era poco con tal de demostrarnos valor, de superar esas pruebas atávicas que marcan el paso de la niñez a la hombría.

     Si bien mi sexualidad comenzó con una anodina masturbación a los 12 años, el primer contacto con una hembra fue sobre los 14, todavía un adolescente ignorante del sexo. Era una tarde de verano –siempre ocurre en verano la primera vez-, cuando por azar me encontré con M. entre los olivos, una adolescente ya con cierta fama de putina, más desarrollada que las demás, muy picarona. Nos miramos con complicidad y buscamos un pequeño túnel bajo la vía del tren. Allí unimos nuestros labios, aunque yo no supiera como se besa, y acaricié sus tiernos senos, pero un instante después me veía corriendo hacia casa asustado, limpiándome la boca y repitiéndome: “¡No lo volveré a hacer más!”.    

Playa nudista de Torn

     Mayor ingenuidad, imposible. Pero ¿qué pretendía en esos momentos, ser célibe toda mi vida? ¿Besar sólo a la única mujer que debía tener en mi vida? En verdad, antes de la edad adulta pasamos todos por una etapa en la que nos invade un ansia de pureza espiritual, un anhelo -rayano en lo absurdo- de sentir incorrupto nuestro cuerpo.
     Meses después, una noche volví a coincidir en el cine con María, y con quien ahora es mi cuñado, y decidimos ir los tres juntos a la playa del Arenal, para besarnos bajo un par de grandes pinos. Cuál fue nuestra sorpresa al ver allí, amparadas por la oscuridad, a dos mujeres adultas, conocidas en el pueblo, una con un notable retraso psíquico, la otra cercana a la vejez –creo además que eran parientes-, tocándose sus sexos. Los instintos primarios son a veces inescrutables.
     Quien por primera vez me hizo sentir arder por dentro, quien me hizo descubrir qué es el morbo o el deseo sexual, fue una tal Balbina, mujer adulta de condición muy humilde, de aspecto físico descuidado, que vivía sola con sus tres hijos en una casucha bajo la vía del tren.

 

Playa de El Arenal, Hospitalet, finales años '60
     Mi madre la requería a menudo para limpiar la casa, y en una de ellas le regaló un armario ya desmontado. Me presté a llevárselo a su casa y volverlo a montar, y comencé a sentir una fiebre lujuriosa. Una vez colocada la base, le pedía -sin importarme que se diera cuenta de la treta, tal era el ardor ciego que me estremecía- que aguantara las piezas verticales mientras yo me tumbaba en el suelo para atornillarlas, y así poder ver sus anémicas piernas y las bragas.
     Eso aún me excitaba más, pero lo que me nubló la mente, lo que me transformó en un ser sin ética movido solo por los instintos más animales, fue ver cómo la Balbina, de manera natural, ignorando mi presencia, se sentaba en un sofá y se sacaba un generoso pecho para dar de mamar a uno de sus hijos. En mi tierno cerebro quedó grabado para siempre ese pezón terso del tamaño de una falange.
     Con todo, me comporté como un caballero y no forcé la situación. Ya llegarían los momentos y las mujeres con las que dar rienda suelta al deseo sexual.

Continuará...