EL MECHERO BUNSEN
     Esas noches de droga y rosas me dormía para viajar sin sueños a 2000 años luz de casa. Desde mi habitación, que daba al jardín, sólo se oían los grillos desesperados en busca de hembra y las olas rompientes cuando había Mediterráneo de fondo. La testosterona joven se revolvía ansiosa por salir de la cárcel testicular. El hachís aceleraba el ritmo de fabricación de la hormona. Necesitaba masturbarme a diario varias veces, sobre todo en las noches calmas. Me resultaba difícil conseguir ayuntamiento con hembra. No tenía novia, y mis cópulas eran esporádicas, limitadas a alguna francesa en verano y alguna gordita embaucada por mi palabra deseosa. 
 
    En verano salía cada noche a la discoteca del pueblo, y regresaba sigiloso, palpando las paredes en la oscuridad del pasillo de casa hasta dar con mi habitación, refugio íntimo de un presente intenso y un futuro esperanzador.    Los orgasmos onanistas eran más placenteros si por mis venas y neuronas corría el hachís. Más aún si en el casette sonaba alguna canción de los Rollings o de Neil Young. Tonight the night, dum dum dum dum… tonight, tonight ay ay ay ay ay…En definitiva, gozaba en aquellos años, aunque de noche estuviera solo en la cama, de lo que cantaban profetas punks como Ian Duri: “Sex, and Drugs, and Rock, and Roll…”
     Con el nuevo día mi padre me despertaba poco antes de la hora de comer, siempre con la misma cantinela: “¿Qué? Por la noche, barquitos de vela, por el día, barquitos de papel…Pero yo seguía mi existencia sensitiva, más activa que reflexiva. Divirtiéndome por las noches con los amigos hedonistas y sin futuro.      No me importa decir que mi tiempo pasado fue mejor. Alguno puede pensar que mi nostalgia por la época en que me tocó vivir la juventud es un sentimiento común a todas las generaciones. Que ya soy un carcamal y que esto es signo de mi declive vital. Pero es un hecho irrefutable que mi juventud coincidió con la Transición española, una época de recuperación de libertades, de aparición de nuevos fenómenos, como las 

discotecas y pubs o las drogas, de grandes cambios en las costumbres, con una mayor libertad sexual y de pensamiento.     
      La Historia como el relato de sucesos trascendentes que conllevan cambios sociales desaparece cuando una democracia se estabiliza y perdura. El joven de hoy ha crecido en un ámbito de libertad donde no va a sentir sorpresa ni emociones porque nada va a cambiar a su alrededor.
     Durante mi juventud, cada día había una experiencia nueva, cada día conquistábamos un área de libertad. Ya podíamos ir los amigos y amigas a la playa nudista de Torn, sin que los grises aparecieran repartiendo porrazos en los cuerpos desnudos. Ya podíamos fumar porros en las narices de los guardias municipales. Ya íbamos sin miedo al cuartelillo cuando el sargento nos llamara por habernos visto conducir sin carnet.
     Y por las noches, cuando llegaba de madrugada a casa lleno de droga y orgullo por ser joven, pensaba en la francesa liberal -"pour les vacances..."- o la gordita pechugona de la discoteca y las cavernas del pene se inundaban de tanta sangre que no tenía más remedio que aplicarme en la masturbación ahogando mis gemidos.
     Todo sucedía con cierta armonía: a la noche dionisíaca seguía la mañana apolínea. Pero algo comenzó a inquietar mi espíritu analítico. Muchas mañanas al despertar ya sobrio observaba una hilera de hormigas que iban y venían afanosas desde el jardín hasta mis calcetines. El hecho me causaba dudas sobre mi higiene personal. Quizá había una plaga de estos insectos. No dejaba de ser normal que viviendo rodeado de campo hubiera hormigas, pero todas se desplazaban en disciplinada fila de ida y vuelta con destino a mis calcetines.
     A partir de entonces me dediqué a la mirmecología, que es el estudio de estos extraordinarios insectos. Quería saber cómo viven y mueren. Las primeras hormigas surgieron hace 100 millones de años, cuando todavía reinaban los dinosaurios sobre la Tierra.
     La clave de su éxito radica en su naturaleza social, su capacidad para la cooperación y para trabajar por el bien de la colectividad. Entonces ¿Para qué iban a directas a mis calcetines y regresaban al hormiguero como si fueran de paseo? ¿Estaban trabajando en algo o sólo hacían turismo?
     Tampoco me dedicaba a pisotearlas como hace el ser humano en su etapa de niño cruel. No me molestaban, tan sólo quería encontrar una explicación lógica al desfile de hormigas que cada mañana atravesaba mi habitación hasta los calcetines. 
El gran masturbador (Dalí, Museu Figueres)
     Supe que las hormigas se comunican a través de una sustancia química, las feromonas, pudiendo enviarse toda clase de mensajes tocándose con las antenas.  El asunto empezaba a tener su morbo. Aunque las glándulas que segregan estas sustancias químicas están cerca del ano, lo cual me despistaba un poco. Empecé a sospechar que había sexo por medio cuando leí que los machos sólo se dedican a luchar entre ellos para conseguir copular con la reina. Poco después todos ellos mueren sin pena ni gloria, cumplida esta tarea biológica, pues el hormiguero ya no les necesita. Aparte de la reina, todas las demás hembras son obreras programadas para trabajar sin cesar por el bien de la colectividad. Buscan comida, mantienen en buen estado el hormiguero, y protegen a la reina y a sus huevos. ¿Qué es, por tanto, lo que hacían las hembras obreras en mis calcetines? 

        ¡¡¡ Recogían el semen de mis corridas nocturnas !!!

     Al final caí en la cuenta. En vez de evitar llenar de esperma un pañuelo o trapo, en el momento culminante de la eyaculación sólo tenía que calzar el pene erecto con un calcetín y allí quedaba todo bien recogido.
Todavía me quedaban dudas sobre este surrealista asunto. El semen ¿Era para alimentarse o para fecundar a la reina? En mis posteriores ataques de migraña, en los absurdos sueños que esta enfermedad produce, llegué a ver filas de hormigas con mi cara…

FIN