EL MECHERO BUNSEN
 
     La adolescencia es el complejo tránsito de la infancia a la juventud, donde acaba de modelarse el carácter. Es una época de grandes descubrimientos como el sexo, el sentimiento amoroso o la lucha por la supervivencia en un mundo cruel. Por fortuna, somos seres vivos asociados para vivir sin necesidad de la lucha física para no morir. Pero a pequeña escala, entre los muy jóvenes hay siempre un continuo batirse en duelo por ocupar puestos de privilegio en el grupo, cuanto menos para ser aceptado como un miembro de pleno derecho, para ser respetado e incluso admirado. Quien no lo consigue puede optar por el estudio y convertirse en el clásico “empollón”, y conseguir así poder gracias al conocimiento. Los restantes serán en el futuro unos inadaptados, muchos con problemas psicológicos.
      No es fácil que un miembro nuevo y desconocido pueda entrar en el grupo. En esa tesitura me encontré cuando con 12 años mis padres dejaron la ciudad de Tarragona y se trasladaron a vivir a Hospitales de L'Infant, al edificio Cedres de la urbanización los Abetos, un conjunto de cinco bloques, rodeados en buena parte de campo, que tenía arrendados la Central Nuclear de Vandellós para sus trabajadores. 
     He explicado en otro capítulo que mis dos años en Tarragona tuvieron cierta dosis de coraje, por tanto no me asustaba presentarme ante los que por generación debían ser mis futuros amigos. Se reunían en un viejo algarrobo, extenso y con ramales sin vegetación. Su particularidad era que estaba situado al borde de una terraza de piedras, hecha por algún pobre payés, y con una soga que pendía de una rama elevada podía uno balancearse con un gran recorrido y a varios metros de altura. Lo llamaban el árbol de Tarzán. Encontré alguna reticencia, pero fui admitido porque sabía contar chistes.
     Poco a poco adquirí cierto liderazgo, aunque lo achaco al hecho de tener un año más que los más mayores –un tiempo que es mucho en esas tempranas edades. También comencé a hacerme querer por mostrarme justo con los nobles y protector de los más débiles. Por valorar a todos por igual, sin dar relevancia a la edad. La vespino que me compraron mis padres, la primera que hubo en la urbanización, la prestaba a todos para su disfrute, sin importarme que fueran demasiado pequeños. Ellos luego me lo agradecían con su fidelidad inquebrantable.
Un árbol de Tarzán
     La manera de medir a mis mejores amigos, pues, no era por su fortaleza o cualidades físicas, ni su bravuconería. Los elegía por su honestidad, su humildad, su lealtad. Así fue en los campeonatos de fútbol que organizábamos en verano y que solía ganar mi equipo con jugadores que no eran los mejores. El portero era un francés con quien trabé buena amistad, y el delantero centro… un auténtico renacuajo, aunque, eso sí, con maneras futbolísticas. Su padre había sido jugador del Cádiz, de casta le viene al galgo. Esa era la magia: ganar sin ser los mejores, con un equipo de amigos, motivados y en armonía.
      Nunca olvidaré cuando una tarde de verano nos metimos mar adentro con una balsa hinchable. Éramos media docena, quizá demasiados para la pequeña balsa. Remando decidimos llegar a la punta de cala D'Oques, situada al final de una suave bahía. La distancia nos parecía corta y el objetivo alcanzable. La mar estaba en calma. Ciertamente, el trayecto resultaba más largo de lo esperado, pero en ningún momento nos sentimos en peligro. Apareció entonces la barca a motor de un pescador, a quien saludamos por cortesía. Nos lanzó un cabo y nos arrastró hasta la playa.
Allí nos esperaba un buen número de gente, la Guardia Civil y algunos familiares asustados. Entre ellos, el padre del francés, quien a partir de aquel suceso que a mí me hizo gracia, cada vez que me veía me espetaba: "¡Ah, Albejto, el capitán del bajco!" 
    Vista panorámica de Hospitalet de L'Infant
     Mi adolescencia fue una etapa feliz, rica en actividades y juegos diversos. Cada cierto tiempo se ponía de moda uno determinado, y sólo se jugaba a ese, como las canicas, los cromos, la peonza, las cometas, el escondite, la “para” (o la "lleva", juego encuadrado en los de persecución), el pañuelo, el burro, y el churro-mediamanga-mangotero, entre otros que recuerdo. Había uno que consistía en poner figuras pequeñas de pistoleros o indios (muchos del fuerte de Comansi) en una zona propia y tratar de derribar con una piedra los del oponente. Los que derribábamos pasaban a ser de nuestra propiedad.

                 POLICÍAS Y LADRONES

    El mejor juego, el que nos hacía sudar aunque fuera invierno, y respirar con los pulmones dilatados ese aire puro con sabor a tierra mojada, la única actividad que nos daba auténtico placer en aquellos años, por activarse las feromonas por tanto esfuerzo físico, era el de policías y ladrones.
     Yo tenía una táctica propia cuando me tocaba ser policía. Tras contar hasta 70 u 80, ó 100, según el tiempo acordado para que los ladrones se escondieran, salía disparado hacia la zona por donde habían desaparecido, ya en pleno campo, oscura porque era de noche, llena de matorrales, y me agazapaba yo también, como si fuera otro ladrón.
     Al rato, comenzaba a oír susurros, y al final los ladrones, confiados ante tanta calma, comenzaban a aparecer a pocos metros de mí. Sólo me quedaba lanzarme contra el más rápido o el líder, para así descabezar al grupo.     


Niños jugando a las canicas

    
     Practicábamos otras actividades para enseñar nuestro valor o pericia. Un juego peligroso con el que demostrábamos gran valor y pericia era lanzarse agarrado a las sogas que colgaban de los andamios de un piso en construcción, a una altura tan elevada que de haber caído podría habernos acarreado lesiones graves. No sólo subíamos varios pisos por los andamios para aferrar las sogas a las poleas de donde colgaban, sino que a una altura de más de cinco metros nos lanzábamos uno contra el otro, chocando nuestros ágiles cuerpos, atenazándonos con las piernas en el intento de tirar al otro al suelo. Cuando lo recuerdo me “esgarrifo”, que diría un catalán.
    
No recuerdo cómo ni porqué me hice monaguillo en la Iglesia de L’Hospitalet. Mis padres me habían matriculado para cursar cuarto de bachillerato en el Seminario Menor de Tarragona. Estaban cansados de la libertad que gozaba en un instituto público, y decidieron aplicarme mayores dosis de disciplina.
     Pero mi espíritu en la época en que me hice monaguillo ya estaba afectado por el virus del descaro y la guasa continua. mosén Josep era una persona entrañable, así como la Sisqueta, su -digamos- cuidadora o criada, una mujer con cierto aire de retrasada, en extremo servicial y bonachona. A pesar del aprecio que me mostraba el mosén, no podía estar quieto durante las misas. Me aburría igual que en las aulas del instituto o del seminario. En momentos compartidos por obligación con mi padre, en los que también me corroía la inactividad, me quejaba: "Papá, me aburro". "Pues date golpecitos en la pierna", me soltaba con gran sarcasmo, una respuesta en verdad absurda, pero acertada.

 
   En el transcurso de la misa tenía un buen repertorio de bromas: no retirar la cesta de los óbolos cuando la pasaba por los bancos, frente a algún feligrés que no me gustara, o algún conocido, o golpear con la patena en la barbilla de alguna jovencita en el momento de recibir a Cristo. La “boutade” más graciosa era cuando al pasar por detrás del altar, en el momento en que hay que arrodillarse por cruzar ante el sagrario, me quedaba allí escondido, haciendo gestos malévolos al cura, entre ellos, alguna cruel "butifarra". Los asistentes se sorprendían por ver desaparecer al monaguillo tras el altar más tiempo de lo normal.
     Pero el mosén a veces se giraba y me lanzaba unas miradas nada amigables. Un feligrés de cierta edad y posición llegó a quejarse diciendo que sólo faltaba que nos pusieran un ajedrez para jugar durante la misa. Por supuesto que probé el vino y que cogí alguna vez monedas de la cesta del dinero.
Mosén Josep, inaugurando un campo
de fútbol en los años '60
      Estoy convencido de que mosén Josep me quería de manera especial. Los domingos luminosos de verano, después de misa de 12, nos íbamos los acólitos, el mosén y su perrito a bañarnos a la playa. Nadábamos estilo braza, sin prisas, metiéndonos muy mar adentro, el perrito también, confiados en nuestros cuerpos inmortales, y éramos felices así, rodeando al mosén, también dichoso por sentirse pastor de hombrecitos.