EL MECHERO BUNSEN
 
  No recuerdo en qué fecha –supongo que no fue de un golpe- comencé a mostrarme un niño revoltoso y dado a la guasa continua, quizá hiperactivo y, en definitiva, el payaso de la clase. Tras dos años viviendo en Tarragona, mi familia se trasladó a Hospitalet de L’infant para que mi padre pudiera estar más cerca de su trabajo en la Central Nuclear de Vandellós. Se alimentaba demasiadas veces de bocadillos por pasarse todo el día fuera de casa y esto le afectó al estómago. El tercer curso de bachillerato lo comencé interno en el Colegio Menor San Jordi, situado cerca del recién construído instituto Martí i Franquès, en la antigua Avenida Pío XII. Allí me llamaban el “cabretas” por mi forma de reír estentórea, igual que una cabra enloquecida. Además de mis ocurrencias en mitad del aula, si un compañero me pedía hacer algo, aún a costa de que el profesor me viera, yo lo hacía sin acobardarme. Entonces, los profesores me echaban de la clase, hasta que comprobaron que eso me beneficiaba, pues me daba libertad para vagar por el edificio o sus alrededores, todavía sin vallas, y optaron por encerrarme en una clase vacía. Y por llamar a menudo a mis padres para advertirles de mi insidioso comportamiento. Mi madre me llevó al psicólogo, pero éste me diagnóstico que no tenía nada anormal, advirtiendo a quien me dio la vida que sólo me llevara a él cuando me sentara en una silla y no me moviera en un buen rato.
     Pero, todo hay que decirlo, por aquella época no sólo se estaba incubando mi alma de golfo, también sentía curiosidad por el saber, una constante que se ha repetido a lo largo de mi vida.
     Convivían dentro de mí por un lado, el deseo de sentir la adrenalina a través del deporte adolescente, de disfrutar con los juegos callejeros, y la pura mofa de profesores o ciudadanos de pro, y por otro lado, el interés por el conocimiento y la curiosidad, también como motor de mi existencia. Fruto de estas inquietudes fue ganar un campeonato de ajedrez en el instituto. Y el Sr. Enric Monné, presidente del club ajedrez Hifrensa (Hispano Francesa de Energía Nuclear) me fichó y me convertí en el primer infantil que jugó a ajedrez en Hospitalet de L'infant.
El instituo Martí i Franquès estuvo unos años sin vallado
      Desde entonces participé en numerosos campeonatos –la afición era tan grande que nunca me importó haber salido de juerga la noche anterior y haber dormido un par de horas o tres- hasta que lo dejé pasados los 30 años, cuando un energúmeno, el presidente del club de ajedrez Reus Deportiu, hizo una trampa que me impidió a la postre ascender de categoría. Pero esto lo explicaré si llego a esa edad en esta redacción de mis memorias. Hay tanto “fato” por explicar en mi rocambolesca vida que dudo de poder llegar a explicarla toda. Quizá me falte voluntad, o quizá memoria, lo más probable, tiempo.
     Gozaba de tanta libertad en el colegio menor que llegué a suspender todas las asignaturas en el segundo trimestre, y mis padres asustados me sacaron de allí, consiguiendo salvar el curso. Con ya un cierto currículum pleno de excitaciones, me sobrevinieron ataques de jaqueca o migrañas, una enfermedad que dicen no tiene cura.

     Las crisis me aparecían cada 15 días, con una periodicidad y puntualidad pasmosas, siempre sobre las siete de la mañana, y me obligaban a encerrarme a oscuras en mi habitación, y a llamar a mi madre continuamente –“¡Mamá, me duele, me duele...!”-, pero ella qué podía hacer, la pobre, sino vaciar el barreño de bilis y flujos de vez en cuando. Sólo cabía esperar que, pasadas unas seis horas, remitiera el intenso dolor en la cavidad del ojo, como si alguien te clavara un dedo.
     Es una enfermedad curiosa: cada nueva crisis el dolor cambia de ojo. Pero un rato antes aparecen dos tipos de síntomas: a) un hormigueo en determinados puntos del cuerpo, como labios, manos y espalda.

Artículo publicado en el diario EL MUNDO el 9/05/1999

     b) el denominado “aura”, unas luces destellantes –como las que quedan en la vista si miramos al filamento de una bombilla- que van apareciendo en nuestro campo visual hasta ocuparlo todo, para luego desaparecer por donde han venido. Es cruel saber que en unos minutos va a llegar un intenso dolor que durará horas y no se podrá hacer nada para evitarlo. En aquella época, al menos, no había remedio contra esta enfermedad crónica.
     Las mañanas transcurrían revolviéndome en la cama, vomitando bilis, llamando a mi madre, y luchando por dormir lo más posible para que así pasara el tiempo. Una manera de atrapar el sueño era masturbarme, para aprovechar esos instantes que tenemos de sopor tras el clímax. Siempre me sentí culpable de esto, diciéndome a mí mismo: “¡Bunsen, eres un depravado! Incluso sumido en una enfermedad dolorosa te preocupas de obtener placer físico.”. Pero ya no me avergüenza decirlo pues hace tres años leí que el onanismo es práctica habitual entre los jaquecosos y jaquecosas.

                  

     Pero esas duermevelas conseguidas con placer no eran más que sueños obsesivos, de una insistente idea fija, absurdos, donde los volúmenes de los objetos y las personas se deformaban sin sentido. Otro migrañoso, Lewis Carroll, el autor de Alicia en el País de las Maravillas, decía que estas visones incoherentes y deformantes le habían ayudado a crear ese mundo de ensueño, antinatural y contrario a las dimensiones espacio-temporales, que refleja en su famoso relato.
El desarrollo de la enfermedad es sencillo: las neuronas se cargan demasiado cuando son excitadas sobremanera, y entonces se acciona el mecanismo del dolor como una liberación de esa sobrecarga.
     Toda la mañana estaba ocupada por un sueño monográfico, en función del abuso o del exceso que hubiera vivido en el periodo entre jaquecas. Por ejemplo, si jugaba mucho al tute subastado con los abuelos del casal del pueblo -jugaba desde que llevaba pantalón corto, a peseta la partida-, entonces las imágenes obsesivas y las pesadillas tenían relación con jugadas del tute, y sólo veía oros, copas, espadas y bastos. Lo mismo si había jugado mucho al ajedrez, o si recibía en exceso las luces y destellos de la discoteca del pueblo.
     Estoy convencido de que, pasados los veinte años, desaparecieron estas crisis que me consumían porque me dediqué a consumir THC, que produce unos efectos beneficiosos ya admitidos científicamente en la mayoría de enfermedades del sistema nervioso. Creo que también influyó que desde los 17 años me planteé hacerle frente a la enfermedad intentando llevar una vida normal, coexistiendo con el dolor, obviándolo lo más posible, consiguiendo así que el sufrimiento pareciera menos intenso.
      Acudía al instituto a pesar del fuerte dolor y de los vómitos –la verdad es que no quería quedarme en la cama, pues era ya persona inquieta- y debo agradecer a algunos profesores que en esas aciagas mañanas me dejaran dormir en clase, apoyando la cabeza sobre la mesa.
     Cuando alcancé los 30 años apenas quedaba rastro de las salvajes migrañas de mi adolescencia. Pero tengo cierta nostalgia de esa experiencia, porque después de cada crisis las sensaciones del cuerpo y la mente eran una mezcla de extrañeza y placer. Me sentía pleno de vigor, lucidez y grandes deseos de gozar de la existencia.