EL MECHERO BUNSEN
 

     Qué gran fortuna la mía no haber tenido un padre cobarde como muchos que hoy día son reacios a cambiar de lugar de residencia por necesidades laborales. Cuando se retiró con 42 años de la Marina, como subteniente mecánico, ya estaba acostumbrado a los cambios de destino. Dejó lo que había sido su modus vivendi desde los 17 años, para embarcarse en otra aventura profesional de distinto signo. Su último destino fue el Ministerio de Marina en Madrid, adonde se trasladó desde la base de submarinos de Cartagena, buscando un clima seco favorable al asma de mi hermana. Mi padre fue un triunfador: comenzó a los 10 años limpiando bicicletas en el taller que su tío tenía en La Unión -si no lo hacía recibía un buen guantazo-; y acabó como jefe de turno -es decir, el máximo responsable en ausencia del director o algún ingeniero- en la Central Nuclear deVandellós. 

Años atras no había barreras para entrar al Anfiteatro

    Estoy convencido de que si mi primogénito hubiera rechazado ir a trabajar a Tarragona, ahora yo sería “facha” y del Real Madrid. Facha porque estuve a punto de empezar a estudiar en el colegio Ramiro de Maeztu, todavía en la época franquista, por lo que hubiera seguido los pasos de todo hijo de militar y de derechas de la época. Y del Real Madrid porque mi padre era socio y ya me llevaba con él a ver algún encuentro: Betancor, Calpe, De Felipe, Sanchís, Pirri, Zoco, Grosso, Amancio, Velázquez y Gento (falta uno).
     Por el contrario, venir a Catalunya e imbuirme desde los diez años de una nueva cultura me ha conformado un pensamiento múltiple, una manera relativa de ver las cosas, una mayor tolerancia -por ejemplo- ante la inmigración. En vez de un personaje cavernario, un niño pijo t casposo, un necio patriota que niega la diversidad, me he convertido en un hombre de mundo, abierto y liberal. Yo soy prueba fehaciente de la relatividad de la existencia, de que el entorno determina nuestro pensamiento, nos hace ser de una manera u otra, ajena a nuestra voluntad, y por tanto no hay verdades absolutas, sino diferentes puntos de vista, todos válidos.
 
    Por supuesto que en Madrid mi infancia era feliz, pero recalar en la luminosa Tarragona, con los campos y las playas próximos, me hizo sentir en el inicio de una excitante aventura. Llegué en el '69 en autobús, una tarde de verano procedente de Cartagena, tras unas vacaciones con los abuelos, y nos bajamos junto al hotel Imperial Tarraco, donde nos esperaban mis padres y el resto de hermanos.

Autobús junto al hotel Imperial Tarraco, 1962
     Así que lo primero que ví fue el paseo de las Palmeras con el anfiteatro romano debajo, y el majestuoso Balcón del Mediterráneo al final de la Rambla Nova. Ciudad de murallas y ruinas, paraíso perdido exhausto de tanta guerra y destrucción. Ciudad abierta a un mar inmenso, al mismo que me vio nacer, al Mare Nostrum que es mi patria.
     Comencé a estudiar primero de bachillerato en el vetusto instituto público Antonio Martí i Franqués, en la Rambla Vella, que por su ruinoso estado -estaba todo apuntalado- iba a ser ése su último año de funcionamiento.
     Mi amor por las listas despertó pronto y por eso memoricé los nombres de mis compañeros de mi clase: Alegret, Altés, Alvarez, Boada, Cabré, Caro, Carrasco (el ex jugador del Barça), Casadevall, Casado, Curto, Damián, Escoda, Espinosa, Fabá, Garcés, García, Lamoca, Martínez Lopez, Martínez Opazos, Moya, Noya, Olivar, Paz, Pinto, Puig, Roca, Rodriguez Espinar, Rodriguez Gangoso, Rovira, Vicente (ése soy yo), Vilá, Viñals, Virgili y Zúñiga. La profesora de francés era tan joven, guapa y angelical que sentí por ella una atracción platónica de tal magnitud que me hizo estudiar como nunca su asignatura. Vivíamos en el número 5 de la calle Apodaca. 
El restaurante Marina Roc, en el Miracle, 1970 (Foto Raymond)
     El lugar de mis juegos era la plaza de San Juan. Más bien era el lugar de encuentro, pues no nos limitábamos a jugar sólo en la reducida plaza. Cuando lo hacíamos a policías y ladrones el área de actuación era un triángulo enorme -más para los ojos de un niño- cuyos vértices eran la plaza de San Juan, la plaza de los Carros y la antigua fábrica de La Chartreuse, junto a la plaza de los Infants. Eran años en los que todavía los niños jugaban en la calle, sin el temor atávico que tienen hoy los padres a algún moderno sacamantecas. Sólo teníamos que cruzar las vías del tren para alcanzar la playa del Milagro, llegando hasta el Fortín de la Reina y los otros baluartes, construidos por una guarnición inglesa. Desde sus alturas saltábamos para probar nuestro valor. Como el terreno era irregular, buscábamos diferentes puntos por donde dejarnos caer y así ir aumentando la distancia hasta el suelo, hasta límites marcados sólo por el dolor en las articulaciones de las rodillas. Una mala caída hubiera significado una pierna rota.
     Estos ejercicios quizá fueran el germen, la premonición de mi decisión de alistarme voluntario a la Brigada Paracaidista. Es que a lo largo de una vida, por gris que parezca, hay una actitud coherente que nos marca; desde la niñez la esencia de nuestro ser no cambia, sólo se dan otras circunstancias. Nací semanas antes de lo habitual, porque ya era nervio, inquietud, rebeldía, deseos de estar en el mundo.
     Otra prueba de mi valentía la tuve que superar cuando quise formar parte del grupo de niños de la plaza de San Juan. Entre ellos estaba el malogrado periodista Fermí Morera y su hermano Txema. Se trataba de dejarse colgar unos segundos por el hueco de una escalera desde un tercer piso, sólo cogido de un brazo con varias manos. Con la broma incluida de hacer el gesto de soltarme. Si mostraba entereza y confianza en los que me agarraban podría formar parte de su grupo.
     Es natural que con tanta adrenalina alterándome la niñez me afiliara bien pronto a la OJE (Organización Juvenil Española), a través del profesor de F.E.N. (Formación del Espíritu Nacional), el singular Don Rafael Montón de León. Era un profesor atípico, más dado a transmitirnos la emoción de vivir que a instruirnos. Solía mostrar un amarillento recorte de periódico donde se informaba que había sido campeón del mundo de motociclismo. Buscando por internet he leído en un diario deportivo de los años '60 que el “veterano” corredor ganaba una prueba del Rally Catalunya de 360 kilómetros de distancia, con una moto “Rovena” de 325 cc. También ha aparecido una noticia donde se explica que Montón de León, “franquista de renombre”, comandó un grupo de “Acción Universitaria” del SEU (Sindicato Español Universitario) que destrozó un aparador con fotografías de la casa de colonias de Penyafort. Un día en clase preguntó si alguien quería afiliarse a la OJE para hacer excursiones y yo me apunté sin dudarlo.
     Mi paso por el brazo infantil de la Falange y del Movimiento duró solo de los 10 a los 12 años, pero fue muy divertido, al tratarse de una continua demostración del valor individual. De alguna manera, todo esto al final es una preparación para la vida adulta que implacable con los débiles. Es evidente que no albergaba ninguna inclinación política, pues a esa temprana edad sólo está uno para reír, jugar y descubrir los fenómenos de la vida. Entre otros, estuve en el  campamento de los Almogávares (La Riba), en plena naturaleza, frente a la imponente peña “Roja”. Haciendo largas marchas, practicando deportes como el tiro al arco, la tirolina, el rappel, incluso durmiendo bajo las estrellas en medio del bosque, todo en un ambiente paramilitar, siempre cantando el Cara al Sol. 
Campamento Los Almogávares, en La Riba,
con la majestuosa Peña "Roja" siempre presente
Montañas nevadas, 
banderas al viento, 
el alma tranquila.
Yo sabré vencer.

     Allí conseguí tres "proeles", que eran cursillos de adiestramiento: proel "sherpa", u orientación a través de las estrellas y la naturaleza; rastreador, la palabra ya lo dice, saber seguir unas huellas; Y acampador, es decir, saber montar una tienda de campaña. La OJE tenía una estructura jerarquizada, similar al ejército, Según la edad, los acólitos se dividían en flechas, arqueros y cadetes, y después... falangistas de camisa azul. La virtud más importante era la disciplina, el deseo de servir a la patria.
     Para cerrar el círculo de mi flirteo con los cachorros de la Falange, en un par de ocasiones el profesor Montón de León ofreció a mi grupo de amigos, ya con 16 años, pasar unas semanas en junio montando y limpiando el campamento de La Riba, a cambio de quinientas pesetas y la comida. Llegué a sentir admiración por el profesor falangista, por su interesante vida y por el buen trato que me dispensó siempre. Dejé la OJE como un simple flecha, a los 12 años, pero no porque renegara de esta organización paramilitar afín a las ideas del dictador Franco, sino porque mis padres se trasladaron a vivir a Hospitalet de l'Infant, donde mi vida tomó otros rumbos.