EL MECHERO BUNSEN
La crisálida
(Capítulo 1)

     Hace un par de años asistí en Tarragona a unas conferencias donde, bajo el título de “Experiencia de periodista”, los profesionales de la información vinculados de alguna manera con esta provincia exponían sus peripecias desde los primeros pasos en esta difícil profesión. La mayoría del público asistente eran estudiantes de la facultad de Periodismo. Estuve en la de Xavier Grasset, hijo de Vila-seca, representante genuino del clan de la avellana, así llamados los miembros de una generación de buenos profesionales, con Andreu Buenafuente a la cabeza. Junto al también conocido Carles Francino coincidieron en Reus –la capital de este fruto seco- en los años ’80, y supieron dar nuevos bríos al mundo de la Comunicación. También escuché al corresponsal de TV3 en Madrid, Josep Capella. Quise ver a Olga Viza, pero ésta fue baja en el último momento.
     Se me ocurrió entonces prepararme un guión y pedir al presidente provincial de los colegiados que me diera la oportunidad de explicar mis impresiones sobre esta actividad, profesión o vocación sin la cual yo no entendería el mundo y menos mi propia existencia. Pero hay un problema, o mejor dos: he trabajado muy poco tiempo de periodista, y lo poco –aunque intenso- que podría expresar iba a tener un carácter negativo. Por lo que el título de mi charla debería ser “Experiencia (mala) de periodista”.
rápido de su mano y entré directo en clase, enfrentándome yo solo a mis congéneres. A partir de ahí comenzó cierto desapego por el hogar, la seducción por el mundo exterior resumida en una imagen: cuando regresaba del colegio –lo recuerdo como si fuera ayer- y me abrían la puerta de casa, no esperaba a que ésta se abriera más de un palmo para tirar adentro la cartera –qué lástima de cartera, tan pequeña y feucha- y salir corriendo para reencontrar a mis amigos.
      Como corría desde la casa de veraneo de Los Urrutias hasta la playa, un trayecto que con sólo cuatro años me parecía un viaje al desconocido mundo. Corría porque el asfalto de la carretera me quemaba los pies descalzos, pero creo que también lo hacía por mi carácter nervioso. Tanto fue así que hasta bien entrada la adolescencia no pude evitar ir a todos los sitios corriendo. Mi mente no concebía andar tranquilamente, pues suponía una gran pérdida de tiempo. Pronto la vida me apremiaba, y sentía la necesidad de ocupar mi tiempo –ese valor que nunca recuperaremos- en cosas interesantes o placenteras, llenar cada día de diversas actividades, sin parar hasta que los ojos se cerraran por puro cansancio. 
 
  No tenía yo en la infancia especial predilección por la lectura, una actividad demasiado tranquila para mis inquietas neuronas. Pero hubo un momento determinante en mi adolescencia: en medio de la plaza donde solíamos jugar observé con mis amigos un pequeño y extraño animal que nos mantuvo unos segundos interrogándonos por su naturaleza. Ninguno lo reconocimos, no supimos descifrar su origen, ni entender una transformación que se ofrecía ante nuestros ojos . El caso es que todos se fueron y sólo yo me quedé allí observando con asombro la extraña criatura. Tuve, entonces, un momento de lucidez, todo se hizo más luminoso, como un flechazo de juventud, y cuando me levanté pensé que yo era una persona especial. Me había enamorado de la Vida, de la Ciencia, del Saber, y desde entonces no he podido ni podré saciar mi sed de conocimiento. Creo que ese ser vivo era una crisálida, una oruga que tras permanecer semanas encerrada en una envoltura córnea, obra el milagro de convertirse en una hermosa mariposa.
Pie de Foto
Continuará