EL MECHERO BUNSEN
 JODIDO DESTINO O DE LAS DEXEDRINAS

¿La existencia está azotada por el azar o es nuestra voluntad el motor de todo cambio? Quienes no crean lo primero, que se lo pregunten -bueno, ya no pueden hacerlo- a los más de 60 adolescentes noruegos ejecutados por un demente ultra nacionalista, o a los que mueren a menudo en accidentes de avión, o a los miles de haitianos que, no contenta la Madre Naturaleza, reina del Azar, con someterles a una injusta y crónica pobreza, les envió el año pasado toda su furia letal en forma de terremoto devastador.
También es cierto que podemos con mucho esfuerzo reorientar y cambiar el curso de todo aquello que se cruza en nuestras vidas. Lo más exacto sería hablar de una combinación–cuyas proporciones ya es más difícil adivinar- entre el libre discurrir de la existencia, donde puede haber buena o mala suerte, o casualidades que sólo son hechos sujetos al cálculo de probabilidades, y entre aquellas concepciones, entre ellas la derivada de Alá, que dicen que toda nuestra vida está ya escrita, y nada podemos hacer para alterar nuestro sino.
Este asunto del azar viene a cuento para decir que no tuve suerte en la profesión que escogí ni tampoco la he tenido en el oficio que no me toca más remedio que soportar. Llegué al Periodismo sin tenerlo previsto hasta un par de meses antes de matricularme en la facultad. Pues mi primera vocación era ser un oficial de la Marina, para recorrer el mundo y vivir grandes aventuras allende los mares. Esa mezcla de mar y militar me venía por parte de padre, que llegó a ser subteniente mecánico de submarinos, y por la rama materna, donde mi abuelo llegó a ser coronel de artillería. Acabado el COU fui a estudiar al CHA (Colegio de Huérfanos de la Armada, no es que se hubiera muerto el bueno de mi padre), en Arturo Soria, Madrid, donde preparaban las oposiciones los hijos de militares aspirantes a guardiamarinas. Allí conocí a un gaditano "salao" que como yo fumaba porros, así que los domingos por la tarde íbamos a la Casa de Campo a colocarnos lejos de todo ámbito castrense. O eso creíamos, pues al parecer el SIM (Servicio de Inteligencia Militar) nos siguió, y fuimos inmediatamente expulsados del centro. Si bien nos permitieron presentarnos a los exámenes, pero no sólo suspendí, sino que me prohibieron volver a presentarme nunca jamás, porque en los folios del exámenes, para aparentar que escribía y no hacer el ridículo yéndome enseguida del aula pues no tenía idea del temario, me dediqué a escribir lo primero que me venía a la mente, no ocurriéndoseme otra cosa que decir que me iba a vengar de aquellos, entre ellos un sargento, que se habían chivado de mi afición al hachís.
Eliminada, pues, toda posibilidad de dedicarme a las armas, opté por el Periodismo, que no deja de tener similitudes con la Academia de Marina: posibilidades de viajar, de sentirse libre –al menos, eso creía yo que me iba a dar la Marina-, y de vivir emociones fuertes. Creía también que siendo periodista iba a ligar más. No sabía yo que si bien la carrera es muy atractiva, el ejercicio de la profesión es en la mayoría de los casos ingrato, mal pagado, y que exige un esfuerzo adicional, un sacrificio personal que no lo demanda otras vocaciones. Muchas veces pienso qué diferente hubiera sido mi vida, qué tranquila, qué normal, si hubiera estudiado otra cosa, como magisterio, que estudiaron muchos amigos de bachillerato, o para ser inspector de policía. ¿No fue mala suerte elegir esta profesión desagradecida, el Periodismo, que exige mucho a cambio de cuatro hojas de laurel?
Una de las pocas salidas que hay de los estudios de Ciencias de la Información es un trabajo de cara al público, como en una recepción, pues se supone que el periodista sabe algún idioma –aunque no se estudia ninguno en la facultad-, tiene buena presencia, y con seguridad es una persona resolutiva. Recepcionista es el empleo que más he ejercido en mi vida. Muchas veces me he sentido como el líder rockero de noche y botones de día que interpretaba el cantante Sting en el filme Quadrophenia. La mayoría de empleos que he ejercido en cámpings, hoteles y apartamentos han sido mal pagados, o han requerido el plus de seis días de trabajo, y nunca los días de fiesta ha coincidido con el fin de semana. Ya se sabe: cuanta más fiesta, vacaciones, calor y playa, más se trabaja en la Hostelería, más hay que sacrificarse para llenar los bolsillos del patrón. Es así de perra.
No elegí Periodismo sabiendo a priori que es una profesión injustamente mal pagada, ni comencé a trabajar de recepcionista comprobando todo lo dicho en cuanto a horarios y a precariedad laboral. ¿Fue mala suerte o tal vez me lo merecía por culpa de algún pecado original?
No sé, querido lector, si existes, si allá por tu juventud temprana te hiciste una hoja de ruta, si pensaste en tus deseos futuros y en la manera de ponerlos en práctica, o si simplemente te dejaste llevar por el río de la vida sólo asegurándote el sustento y la diversión controlada.
Yo fui uno de los muchos que decía que no me casaría de joven y uno de los contados que lo he cumplido. Pero también programé mi vida, cuanto menos me marqué alguno de los caminos que deseaba transitar, e imaginé adónde quería llegar. Cuando estudiaba segundo curso de Filología Hispánica en la Central de Barcelona, tenía tan buenas vibraciones con el profesor Jordi Llovet que le pedí me prestara el tiempo de una de sus magistrales clases para exponer mis ideas sobre la vida y la literatura. Tenía un buen guión, con un sólido tronco expositivo y muchas ramificaciones, pero cometí la tontería, quizá por inseguridad propia, de tomarme una dexedrina, y eso me provocó un discurso poco fluido, nada espontáneo, incluso balbuceante. Habían venido incluso alumnos de otras clases, y todos esperaban con expectación qué serie de astracanadas iba a soltar ese alumno extraño, que parecía vivir al margen de las normas académicas -un grupo de chicas llegó a calificarme de "monstruo".
Mi idea central era que todos aquellos enamorados de las letras debíamos buscar una vida plena de emociones intensas, de aventuras, descubriendo lo bueno y lo malo de la existencia en primera persona, y no a través de otros escritores, evitando convertirnos en ratas de biblioteca viviendo a través de otros, por grandes escritores que fueran esos. Y una vez llegados a la edad madura, sólo tendríamos que ponernos a escribir sobre los maravillosos fenómenos vistos y experimentados. Concluía mi tesis con una moraleja: si no conseguimos convertir en literatura todo aquello vivido, al menos nos habremos divertido mucho, y nuestra existencia podrá darse por bien aprovechada.
En fin, que proponía a la audiencia que salieran, se divirtieran, experimentaran, conocieran, gozaran, se atrevieran, se equivocaran...en definitiva, vivieran. Había en esa conferencia, bajo las gradas del aula, un joven paralítico que parecía preguntarme todo el tiempo qué tipo de aventura podría vivir él sobre una silla de ruedas, y porqué el destino había condicionado su vida, porqué el triste azar se había fijado en él si no era merecedor de tal castigo. Aunque la anfetamina me impedía tener buenos reflejos, intenté expresar que también había una aventura interior, la del descubrimiento del propio ser, tanto o más rica que aquella exterior que yo tanto pregonaba. Nunca je podido olvidar a ese joven en su silla de ruedas, preguntándome con su triste mirada porqué le había tocado a él una existencia limitida. El jodido destino.