EL MECHERO BUNSEN
 EL VIGILANTE JUAN

     Martes, 27 de julio. Esta noche en la recepción he tenido una interesante charla con Juan, uno de los vigilantes de la empresa La Levantina que trata de mantener el orden en el edificio Los Peces.
     Tiene un aire inocentón a pesar de su mediana edad, es bajo de estatura, rechoncho, nariz grande y aguileña, barba de tres días y unos ojos tan saltones que parece ir de coca hasta las cejas. Su sonrisa fácil y estentórea le deja al descubierto un enorme diente canino superior que se ha salido de lugar. Te habla mirando a medio metro del hombro derecho, supongo que por timidez.
     Cuando hay algún problema con los jóvenes holandeses o españoles aquí alojados, Jesús siempre acaba diciendo que en México no ocurre como España, donde apenas se toman medidas contra los que arman escándalo en los apartamentos, o saltan la valla para bañarse en la piscina o tiran objetos a los transeúntes desde el balcón. “Allí en México ¡uf! rápido va el mismo recepcionista, le pone una pistola o un cuchillo en el cuello y le dice ‘O te callas o te pego un tiro’, y lo hace…”
     Así que he acabado preguntándole por su relación con el país centroamericano. Dice que ha estado viviendo 4 años en México DF por el engaño de una mujer. La conoció a través de internet, y aunque ésta le confesó que se prostituía, él le enviaba de vez en cuando dinero con el deseo de que se redimiera. Hasta que decidió ir a verla. Pero ella no le esperaba en el aeropuerto ni en ningún lugar. Juan estaba desorientado, no sabía qué hacer, sólo tenía dinero para unos días de hotel, y tuvo que quedarse tres meses deambulando por el aeropuerto, maleta arriba, maleta abajo. Asegura que aguantó unos tres meses sin comer, aunque eso es poco probable.
     Sólo una joven le dio algo de dinero, según él cosa rara allí, pues mantiene que los mexicanos cuando intuyen que alguien les vas a pedir algo se alejan. “Nadie de allí es noble”, sentencia. Hasta que un día encontró trabajo de segurata en un supermercado.
     “Hay corrupción allí ¿no? le pregunto.
     “Sí, todo el mundo es corrupto, el problema es que toda la Policía también lo es. Por ejemplo, tu vas a cambiar 300 euros a una oficina. El empleado hace ver que cuenta el dinero, pero por el celular –así se llama al móvil, me explica- está dando tu descripción física a alguien que cuando salgas a la calle te va a atracar a punta de pistola”. 
     “Pero, si tan mal estabas, ¿Por qué no compraste un billete de avión cuando llevabas un tiempo trabajando?” le interrogo.
     “Allí no es como en España, los sueldos son 150 euros al mes, que te los gastas en el alojamiento y la comida”
     “¿Hay tanta violencia como se dice?”
     “Sí, mucha. La gente lleva escopetas de cañones recortados, he visto tiros en el supermercado. Puede haber un tío tirado en la calle con la cabeza abierta, y ni siquiera la policia hace algo”.
     “¿Tú tuviste problemas alguna vez?”
     “Sí. Una vez iba al trabajo de madrugada cuando dos tíos que venían de frente me sacaron una pistola y una navaja, y tuve que darles la bolsa. Pero allí dentro llevaba el pasaporte, así que fui al Consulado, y allí me dijeron que fuera a la policía judicial. Le explico al policía lo que me pasa y no se lo cree, y yo ‘que sí, hombre, que me han robado’, pero sigue sin creerme, y llama a un compañero suyo, que dice también que es mentira, que va a llamar a la patrulla para que me envíen al talego".
     “Pero, ¿porqué no te creía?”, le pregunto extrañado, pero Juan sigue con su relato.
     “Yo pensé ‘tengo que inventar algo rápido porque si no...’. Y se me ocurrió decirles que tenía demencia, y enseguida me dieron unas palmaditas y me dejaron ir, porque entonces tienen que llamar a un psiquiatra y pagarle…”.
     La conversación deriva a las mujeres mexicanas. “Allí tienes que estar pagándoles por todo, invitándolas a comer, cargándoles el celular, y cuando ven que ya no te pueden sacar nada te dejan”. “Claro –le respondo- eso pasa porque es un país pobre”.
     Me viene entonces a la memoria la experiencia similar que tuve en el viaje que hice a Cuba en 1995. Allí está instituída la figura de la jinetera, incluso del jinetero. Todas las mujeres que ví allí se hubieran prostituído conmigo. La mujer de un taxista, ofrecida por el propio taxista. O la hermana de 17 años de un joven que me invitó a pasar unos días en su casa más allá de Camagüey.
     O una negra esbelta, con aire intelectual, que creyendo que no se prostituía le pregunté dónde estaba el famoso bar donde iba Hemingway a tomar mojitos. Después de invitarla a cenar y a unos porros de marihuana, fuimos al apartamento que alquilé en La Habana Vieja, y rodeados de cucarachas nos desnudamos fríamente. Recuerdo que cogiéndose una flácida teta me preguntaba si había gozado de unos senos así… ¿a mí? ¿a mí me hablaba de buenas tetas, que he gozado a lo largo de mi vida de deliciosas ubres, grandes y planas (también morbosas), lechosas y morenas, blandas y fibroquísticas, redondas y tipo cabra, esbeltas y asiliconadas? Tras un insulso coito me pidió 15 dólares so pena de llamar a sus amigos.
     No debo sentir simple aversión ante esta triste situación en Cuba y en otros países donde la corrupción y la pobreza son crónicas. Hay ser sensible y pensar que esas mujeres se ven abocadas seguramente en contra de su voluntad a vender su dignidad. Es la triste realidad.