EL MECHERO BUNSEN
 TURNO DE NOCHE

Retomo el diario de Bunsen ocho meses después de haberlo iniciado, reconociendo que soy una persona inconstante, con la falta de voluntad como caballo de batalla, siempre buscando excusas para no dedicarme a escribir, actividad que –aunque me desagrade hacerlo- es la que debería desarrollar para el bien de la Humanidad.
Es madrugada y estoy trabajando en una recepción de apartamentos en Salou. Voy a estar todo el verano en el turno de noche, en contra de mi voluntad, pues el jefe no me ha dado otra opción. Entré en esta empresa dos años atrás como recepcionista de día, teniendo trabajo casi todo el año, ya fuera en la recepción de turismo o de las oficinas centrales, ya fuera haciendo recados para la inmobiliaria. Dice el jefe que en vista de varios fallos que he cometido, y que han repercutido en el trabajo de los demás, ha constatado que no sirvo para situaciones de mucha faena o estrés. Que un buen jefe debe saber dónde colocar a sus empleados. La realidad es distinta: primero, otros compañeros han realizado errores similares a los míos, todos nos equivocamos; segundo, el origen de esta decisión se encuentra en la jefa de recepción, Urko, con quien ya al inicio de la temporada pasada tuve problemas. Salí airoso de aquel conflicto, pero este año ha conseguido vengarse. Urko es una mujer excesivamente obesa para la treintena de años que debe tener. De una obesidad tan falta de curvas que no contornean nada su cuerpo -vaya, que es como un tonel- y que incluso ni a un servidor amante de las mujeres obesas le produce ningún estímulo. Esta falta de tensión sexual creo que es determinante para la animadversión que siempre ha sentido hacia mí. Siempre ha mostrado conmigo una actitud crítica, siempre tratándome con un tono de reproche y malos modos. Fui a hablar con el jefe de este asunto y ella rectificó y comenzó a tratarme con educación. Hasta esta nueva temporada en la que ha vuelto a esa negatividad conmigo, siempre hurgando en el fallo, magnificándolo, para quizá sentirse de este modo más inteligente y eficaz, reafirmado su autoridad y superioridad. Hay en esta actitud algo de venganza secular de género, agravada por la envidia que siente al ver cómo un hombre de rango laboral inferior, en apariencia humilde, fuera del trabajo se siente libre, disfruta de la vida, seduce a otras mujeres, tiene una moto que le da independencia y carisma, vive solo sin problemas, etcétera…
No es la primera vez que me he visto en esta tesitura, en el enfrentamiento ajeno a mis deseos con una compañera de trabajo. Parece que en mi relación con mujeres en un entorno de trabajo o llegan a sentir admiración por mí o incuban en su ser un odio ancestral sólo mitigable con el acoso y derribo. Diez años atrás, trabajaba media jornada como redactor en la revista publicitaria “Impacte”, de Reus. Por la mañana iba a jornada completa a desmantelar la central nuclear de Vandellós I. En esa revistilla de tres al cuarto trabaja el jefe –no recuerdo su nombre, sólo recuerdo que era un blando, sin personalidad- su mujer, que se encarga de buscar la publicidad, y en aquella época una joven diseñadora gráfica. Yo me sentía feliz allí, en un ambiente entrañable, desarrollando temas monográficos para cada número de tirada quincenal, aportando secciones nuevas, incluso haciendo editoriales -es decir, analizando más que informando-, que me sorprendían a mí mismo pues nunca antes había pasado de la mera noticia o reportaje periodístico. Mi trabajo dio sus frutos porque en pocos meses aumentó el grosor de la revista y también los anunciantes. Pero la joven diseñadora debió comenzar a sentirse en un papel secundario, y aunque tenía novio, también ella como la Urko debió captar, con ese sentido femenino forjado durante miles de años, que no me producía atracción sexual, y decidió poner trabas a mi trabajo. Cuando cada tarde le pedía algún ladillo (espacio en el cuerpo del texto donde destacar una frase), o un lid para determinada noticia, en fin, cuando sólo pretendía hacer mi trabajo de redactor, la muy imbécil me preguntaba si ya le había pedido permiso al jefe para realizar aquellas aportaciones o cambios. Aparte de que el jefe apenas paraba en la redacción, nunca se me hubiera ocurrido pedirle permiso por tamaña insignificancia, además éste era sólo un pequeño empresario sin conocimientos periodísticos. No tardé mucho en cansarme de esa pobre mujer y una tarde, en cuanto me puso una traba más, le respondí: “Cállate, mala puta”, y me fuí. Hasta la fecha ha sido la última redacción que he pisado.
Qué casualidad: acabo de levantarme para estirar las piernas y hurgando en un cajón de la recepción he visto una libreta de la Urko que usó el año pasado. En una hoja con los nombres de todos los recepcionistas a continuación del mío escribió “noches”. De hecho, por aquellas fechas el jefe y la directora me propusieron hacer las noches de verano, seguramente por indicación de la Urko. Alegaron que ésta quería hacer su propio equipo, incluso la directora me enseñó listados donde se preveía baja ocupación en agosto para así convencerme de que aceptara el turno de noche. Yo me negué y me mostré sin fisuras, y mis superiores no insitieron.
También hace una semana ojeé sin querer la libreta de la Urko y me encontré con algo parecido a lo hallado hace sólo un rato. Que ya tenía previsto obligarme a trabajar las noches, pues la anotación donde decía “Alberto noches” la había escrito unos diez días antes de que se me detectaran los dos fallos que el jefe esgrimió contra mí para cambiarme a la noche. Junto a esta ultima anotación tenía escrito que el rumano Iulian, a la sazón recepcionista de noche, también mal visto por ella, debía ser vigilante, y Joan, un veterano recepcionista ya cuarentón, debía ir a otra recepción, alejada de la recepción central. Por fin ha conseguido la Urko tener a su alrededor el equipo deseado: sus amiguitas –dos de ellas recién incorporadas a la empresa- y dos jóvenes sumisos. Los varones adultos, relegados y defenestrados. Qué gran país éste, donde en las relaciones laborales priman las emociones personales antes que la profesionalidad o la ética.
Pero el que no se consuela es porque no quiere. Si por un lado este paso al turno de noche me ha herido en mi amor propio, pues, aunque sea de manera falsa, el jefe lo ha justificado creyéndome incapaz de superar situaciones de mucho trabajo –je je, qué gracia me hacen estos jefes que exigen tanto esfuerzo en trabajos que no lo requieren, como si estuviéramos a los mandos de una central nuclear o del Titanic-, por otra lado estoy descubriendo más aspectos positivos del turno de noche que negativos. En una recepción normal, siempre sería más agradable trabajar de día, no así en ésta, que yo defino ”de batalla”. He aquí las ventajas de trabajar de noche en esta recepción:
- No hay apenas trabajo, y podré dedicarme a asuntos personales como este diario.
- No tendré que soportar los continuos enfados y quejas de los clientes, y las situaciones embarazosas cuando éstos denuncian robos en sus apartamentos.
- No  beberé vino diariamente –un par de copitas a lo sumo- como me había habituado este último año.
- Me dará menos el Sol y así evitaré la aparición de manchas, sobre todo en la cabeza calva.
- Apenas veré ni trabajaré con la Urko y su amiga la Bruja Nati, que por cierto, hablar de este elemento daría tambien mucho juego.
- Gastaré menos dinero.
- Me sentiré más predispuesto a buscarme la vida por otros derroteros.