EL MECHERO BUNSEN
 

     No es la primera vez que hago este tipo de viajes excitantes, donde al final del trayecto me espera una mujer deseosa. En los cuatro años de usuario de redes sociales habré recorrido una docena de caminos para encontrarme con una mujer. El esfuerzo por los largos viajes conlleva una recompensa, la garantía de que va a haber sexo, con toda probabilidad, la primera noche, pues no se hace un viaje de 500 kilómetros sólo para tomar café. No es que todavía no hay superado ese ansia juvenil por culminar con sexo el mismo día que conocía a una hembra. En edades adultas es natural acabar en el tálamo. Ya sabemos cómo encontrar lo esencial de la vida, somos conscientes de que la existencia es finita, que ya vamos de bajada, y que son contados los tiros que nos quedan por dar.
     Mañana al ocaso saldré directamente desde mi lugar de trabajo en Tarragona dirección a un pueblecito próximo a Alicante, para encontrarme con Fedra, una alemanota grande, exuberante, de voz rocosa, a la que le falta media pierna tras ser atropellada años atrás por un camión. Un viaje de casi 400 kilómetros para conocerla en persona tras un año de mensajes, chateos y charlas telefónicas que han calentado nuestras mentes y cuerpos para gozar de los placeres de la carne y del alcohol.
      Aunque el balance de estas citas medio a ciegas no ha sido positivo. La que hice para visitar un año atrás a Laura en un pueblecito de la Salamanca profunda fue traumática por su especial sordidez. De ella me atraían especialmente sus enormes pechos, e imaginaba que sería todo un récord personal poder disfrutar de tamañas ubres. Soñaba con sus enormes volúmenes desbordando mis manos. Ahora recuerdo que a los 20 años, recién llegado a Barcelona para estudiar en la Universidad, elegí de las calles del Raval a una prostituta madura con unos senos tambien descomunales, si bien ya en la cama sólo me centré en chuparle su marchito sexo atravesado por miles de penes, durante un largo rato, excitado y sorprendido por mi falta de escrúpulos y por verla gemir y gozar como quizá nunca un hombre lo había conseguido. Zafio, ¿pensabas acaso que las prostitutas no son capaces de sentir y gozar como el resto de mujeres?
     Volviendo a Laura, tras una cena frugal y una morbosa felación en el sofá, nos fuimos directos al catre con grandes deseos de entrega. Disfruté, aunque menos de lo esperado, sobando sus enormes pechos, que por su edad y la fuerza de la gravedad colgaban en exceso, la penetré por toda ella, y nos dispusimos a dormir, pero era tan abrupta y sonora la sinfonía de ruidos guturales y nasales que emitía durmiendo, era tan grande mi sentimiento de culpa por haberle despertado sus sentimientos amorosos, era tan grande mi egoísmo, tanta la sensación de suciedad en mi mente y el consiguiente deseo de hacer borrón y cuenta nueva, que sigilosamente me vestí, metí mis cosas en la bolsa, y salí huyendo de la casa, a escondidas bajo la lluvia, sin poder cerrar siquiera su puerta. Un rato después recibí un primer mensaje suyo: "Hasta los ladrones cierran la puerta en su huída, pero tú ni eso. El nene estaba cansado. Mentiroso, falso cobarde...". Sí, estaba cansado del largo viaje de ida, pero lo que más deseaba entonces era regresar a casa, pensando en otra mujer de Barcelona que me atraía más por los sentimientos que por el morbo que me producía su cuerpo. Recibí otro mensaje de Laura: "El perfume de tu piel ha impregnado mis sábanas, así creeré dormir contigo cada noche. No me amas, Ok. Pero tu conciencia no te dejará en paz".

      Siempre he indagado en las la formas del primer contacto hombre-mujer, para descubrir qué leyes -si las hay- rigen su comportamiento. No me importa que la imagen de una mujer expuesta en internet no coincida con la realidad, pues a priori ya me enciende imaginar que tendré sexo con ella. Llevaré una botella de buen cava Freixenet regalo de Shery, una iraní sibarita residente en Canarias que he acogido una semana en mi casa.
     Antes de explicar el desenlace con Fedra, quiero mencionar el viaje que hice para conocer a Ona, una joven nigeriana provista de fantásticos pechos, que vivía en un barrio de inmigrantes de Torrent, población cercana a Valencia. Ya el recibimiento que me dispensó fue poco esperanzador: “¿No me has comprado nada?”, preguntó nada más verme. Entonces, me llevó a un supermercado para que le llenara el frigorífico. Cuando aparqué el coche junto a su domicilio no me gustaron las miradas recelosas de unos inmigrantes que saludaron a mi anfitriona, así que una vez dejé las bolsas de comida en su casa, le dije a Osa que bajaba un momento al coche, y con discreción tomé las de Villadiego de vuelta a casa, con cierta sensación de libertad. Todo un récord de no permanencia.
     Volviendo a Fedra, confieso que me pasó lo mismo que con la charra Laura: tras un cubata en la terraza, pasada la medianoche fornicamos sin pena ni gloria. Fue un coito con sabor a tabaco recauchutado, y apenas me atreví a mirar de reojo sus extremidades -de hecho, en todo momento tuvo cubierta con una colcha su pierna cortada. Con el deseo sexual volatizado, me levanté de la cama presto a regresar a casa. Pobre Fedra, tenía una gran ilusión por conocerme. Soy un amante de la belleza, pero reconozco que al mismo tiempo me atrae aquello que se sale de la norma, que suele ser lo más débil, quizá por la necesidad de sentirme superior, y en la comparación con esa persona distinta reafirmar mi autoestima.
     Con años de experiencia, puedo afirmar que el hombre tiene sólo dos estados de ánimo: antes de orgasmar y después. Antes es un ser creativo, seductor, generoso, alegre, armonioso con su entorno, y sobre todo, convencido de que va a mantener una relación sentimental duradera. Después del climax, de la “petite mort” que diría un francés, se transforma en cuestión de segundos en alguien insulso, taciturno, desesperanzado, y por encima de todo, egoísta. También en una persona inmadura que sólo quería una recompensa inmediata, sin admitir que el placer sexual es fugaz, inaprensible, que nos sume en la frustración en el periodo refractario. Pero la vida es
redentora, y pronto sentiremos de nuevo la dulce vibración testicular anunciadora de futuros orgasmos.

     El último viaje jibarizado a un simple encuentro de horas lo he tramado hace tan sólo dos días. Por respeto a que Reme es una mujer casada obviaré todos los detalles que la puedan identificar, así como la manera en que la conocí. Un servidor sólo relata cosas ciertas, vivencias propias contadas sin la intención de exagerar o manipular. Escribir es siempre una expedición en busca de la verdad. Lo penoso de este caso, como en el de Laura, de Fedra y tantas otras víctimas de mi perversión, es que me las prometía muy felices en esos encuentros. El previsto con Reme ha acaecido en una discreta casita de campo de la sierra prelitoral. Primero, sensual baño en la pequeña piscina levantada por el sufrido marido, con abrazos, tocamientos tímidos, e introducción de mi dedo corazón en su lubricada vagina. Al caer la noche, cena austera –muslo y contramuslo, tomate de su huerta troceado y tortilla de una yema y dos claras- sin derecho a vino o postre. Con los años me he vuelto escrupuloso con las dentaduras defectuosas y los olores corporales, y por esto, aún sin culminar con el orgasmo salí de ella, salté de la cama, mentí diciéndole que recordaba en exceso mi última relación sentimental con una nórdica, mi cara expresó que los remordimientos me corroían las entrañas -no el corazón ya necrótico- y tras un café cargado volví a ejercer la libertad canalla del crápula, perdiéndome en la cálida noche serrana olor a tomillo. Volver a casa.

* Acrotomofilia (de Akron: extremidad; tomo: corte; y philia: amor): dícese de la atracción sexual por personas con miembros amputados.