EL MECHERO BUNSEN
 ÁNGEL BROTO

Miércoles 24 de noviembre. Mi madre me ha dado hoy una mala noticia. Angel, un amigo de juventud, ha muerto de cáncer de pulmón, antes de cumplir los 60 años. Fui a verlo al hospital meses atrás. Me dijo sin atisbo de temor que le estaban haciendo unas pruebas y que en una semana le darían de alta. Aseguró que iba a dejar de fumar porque el cuerpo le estaba dando un serio aviso. Le ví desmejorado, muy pálido.

Insistió en que entregara a mis jefes un currículum suyo para un empleo de noche en la recepción donde trabajo actualmente. Le prometí que lo haría, y que volvería otro día a verle. Ni entregé el currículum ni visité de nuevo a mi amigo. Ya no podré volver a verlo, salvo en sueños. Consideraré lícito, por tanto, que me traten igual cuando la enfermedad y la muerte llamen a mi puerta.

Podría escribir un libro sólo cantando la palinodia de todos los desaires que jalonan mi vida. Frank, mi mejor amigo cuando fuí joven, me pidió acogerle en mi estudio de Barcelona durante sólo un mes, pues debía cumplimentar un cursillo de contable para entrar a trabajar en la Central Nuclear de Vandellós. Pero me aterraba la idea de sentirme sin libertad durante ese tiempo y en un arranque de puro egoísmo a la semana lo dejé en la calle. Hace más de diez años que le perdí la pista, hasta que meses atrás un amigo común se enteró de que Frank había muerto de Sida allá por el año 2000.

El más doloroso, el que más impotencia me produce, es cuando me oculté en un tren mientras mi padre me buscaba porque yo abandonaba la casa familiar. Allí estaba él, recorriendo con preocupación el andén de la estación de Hospitalet de l’Infant, en una madrugada ventosa, con su cabello canoso mecido con violencia, y en su rostro una expresión de desazón sincera por el hijo que le rechaza. Mi padre también murió de cáncer de pulmón, de manera súbita, tras la primera sesión de quimioterapia, y no pude pedirle perdón por éste y otros muchos más desplantes.

Con Angel me queda un cierto consuelo por haberle invitado a muchos cubatas cuando trabajé de camarero en el pub Camel, un tugurio innovador que a finales de los setenta ideó en Hospitalet de l'Infant un tal Pedro, un andorrano realmente extravagante. Yo no era por aquel entonces amigo de Angel, sino de su hermano menor Jesús, quien también murió de sida en los años noventa, y sólo por esta relación indirecta, ya Angel se sentía con cierto derecho a llegar a la barra y pedirme que le invitara a un wodka con limón. Como si estuviera en algún lugar escrito, pero eso sí, con mucha gracia y complicidad.

A mí no me importaba, pues siempre me ha gustado repartir, verter de los que más tienen a los que menos tienen, como una forma de justicia o socialismo. Además, nunca podía negarme a invitarle porque, junto a sus amigos Paul y Pipo, eran contemplados desde mi imberbe adolescencia como personajes míticos. Mientras yo me limitaba a jugar y a bañarme en la piscina del poblado Hifrensa, ellos resacosos se tumbaban a la sombra de un olivo junto a hermosas extranjeras. Debían rondar la veintena de años, pero para mí ya representaban un modelo a seguir, la meta a alcanzar de mi incipiente hedonismo.

Pero Angel no sólo era un vividor, un golfo en el sentido más positivo de la palabra, también tenía su ética. Alguna vez explicó que antes de la muerte del Dictador entró a trabajar en la nuclear de Vandellós, ayudado por su padre, que era el administrador de la empresa. Cuando el director, Fernández Palomero, le exigió que se cortara las melenas, Angel se negó y fue de inmediato expulsado del trabajo.

Pero lo que más me impresionó de su azarosa vida fué verlo cruzar el Instituto donde yo estudiaba, junto a centenares de trabajadores de la Repsol con bolsas de plástico llenas de piedras más grandes que un puño. Venían andando y habían logrado cruzar el río Francolí, con el fín de alcanzar la Rambla Nova de Tarragona y enfrentarse a los grises. En esa manifestación murió un marroquí que en su huída, intentando cruzar de un balcón a otro en la calle Hermanos Landa -ahora el carrer Unió-, al parecer recibió el disparo de una bala de goma que le hizo perder el equilibrio.

Angel siempre me ha recordado a su paisano Jose Antonio Labordeta, también fallecido hace dos meses de cáncer. Ambos eran igual de nobles, y se tomaban la vida como una celebración, con más motivos para reir que para sufrir.


 

Una amiga que conocí en una red social, zamorana de nombre Luz, suele provocarme la risa a menudo. Se casó en segundas nupcias al poco de que comenzáramos a chatear, y coincidiendo con un viaje que hiceron a La Pineda (Vila-seca) quedamos una tarde para conocernos, en presencia de su nuevo marido y su hija. Hasta ahí todo correcto. Pero cada vez más, me desentendí de ella sin aparente motivo, quizá porque al estar casada ya no hay la chispa de la atracción, de la posibilidad de la conquista. Con todo, de vez en cuando me envía mensajes por el móvil, como si fuera su deber ir informándome de sus cuitas, algunos de los cuales transcribo en esta lista:

"Hola. Mi abuela ta peor. Bss y que tengas buena semana".

"En unos días Felipe deja la empresa en la que trabaja".

"Manda huevos! Resulta que me dejé unos cartones de leche al lado del coche y han desaparecido. Q gentuza!

"Hola. Se ha muerto el pulpo Paul. RIP".

"Toy en urgencias con un subidón de tensión y una taquicardia".

"Hola, como siga lloviendo así nos van a salir escamas, ja, ja. Que tengas un buen día. Bss"

"Hola, a una de las víboras le dije que fuera a un sex-shop y que se comprase una banda que pone: Miss almeja de plata, ja, ja. Me miró con una cara de mala leche! Pero las demás se reían y yo más, ja, ja. Bss"