EL MECHERO BUNSEN
 
            ATRAPADOS EN EL LAVABO DE UN TREN
 
             Eroticrónica del viaje a las Fallas de Valencia, el 19 de marzo de 1979,
                    realizado por  Dionisio Cascante, colaborador de elmecherobunsen.es



    
Frank y yo nos dispusimos a hacer auto-stop sobre las cuatro de la tarde a la salida de Hospitalet de l'Infant, en la carretera nacional 340, dirección Valencia y su noche más fallera. Éramos jovenes y sin apenas viruta. Caía una fina lluvia y el relente aumentaba a media que avanzaba la tarde. Cuando empezábamos a desmoralizarnos paró un Seat 1430 con dos tíos enrrollaos con los que nos hicimos unos porros. Ya en Valencia primero vimos quemar una falla infantil. Hubo un percance: explotó cerca de nosotros una caja llena de petardos y casi alcanza a un camión próximo. Las calles se inundaron del ruido de petardos y del colorido de los cohetes. El olor a pólvora producía una extraña excitación.

     Fuimos a la plaza del Caudillo a ver arder la falla principal como si fuera una gigantesca fogata. Pudimos alcanzar la primera línea de espectadores, pero cuando la escultura de cartón-piedra empezó a consumirse tuvimos que recular unos veinte metros para no quemarnos. Los tres grandes cisnes azules que coronaban la falla se fueron desplomando lentamente envueltos en llamas. Daba pena verlos arder tras su efímera existencia. Sólo quedaron los hierros que los mantuvieron erectos, a modo de esqueleto. Impresionaba ver a los bomberos cerca de la gran hoguera, echándose agua con sus mangueras para no quemarse. 

     Al salir de la plaza nos encontramos con Tino, Jesús, el Flores y otros colegas del pueblo. Estuvimos dando vueltas por la ciudad hasta meternos en una pequeña discoteca. Cuando cerraron nos fuimos a dormir a casa de otro colega, buscando espacios en el suelo del comedor.

Cartel anunciador de las Fallas de 1979

   Fuimos besándola uno a uno

Al día siguiente, al mediodía, todos cogimos de regreso un tren expreso, acomodándonos en un compartimento sólo ocupado por un soldado de reemplazo. Unos se durmieron y otros escuchaban música. Pero la lentitud del tren llegó a exasperarnos. Y de una manera espontánea nos dedicamos a piropear a las chicas que pasaban delante de nuestro habitáculo. A una especialmente, de edad virginal, aunque cuerpo de mujer, morena, de rasgos andaluces y formas generosas, parecía gustarle nuestras bromas y risas, y cruzó por el pasillo más veces de lo necesario. Hasta que la invitamos a entrar. Sin apenas mediar palabra, fuimos besándola uno a uno, excepto el pistolo, apocado ante la súbita explosión de lujuria. La sentábamos sobre nuestros muslos, le dábamos un buen morreo y la cedíamos a otro. En eso que llegó el tren a Hospitalet de l'Infant, donde todos mis colegas tuvieron que bajarse, pues allí era donde vivíamos. 

 La falla principal ardiendo nos quemaba las caras

     Yo no lo hice porque debía recibir clases particulares de matemáticas en Tarragona, para presentarme a unas oposiciones a la Academia de Marina. Así que sólo quedamos la chica, el soldado y yo. Por instinto le propuse a ella dirigirnos al lavabo de nuestro vagón. Allí dentro, envueltos por el movimiento y el sonido cadencioso del tren, le bajé los pantalones hasta descubrir su sexo tembloroso, quizá virgen todavía. Sus pechos eran grandes y tiernos. Yo ya me veía dentro de su inocente cuerpo, poseyéndola. Pero alguien llamó a la puerta...contuvimos la respiración...volvieron a llamar: "Mari ¿estás ahí?, ¡Mari! ¡Mari!"...

"¡0stras! ¡Mi madre!", dijo ella asustada. Nos vestimos en un instante, y yo, también atemorizado, me limité a expresar: "Díle que has sido tú...". Atrapados sin salida, pensaba con una mezcla de ingenuidad y cobardía que si ella se hacía responsable de la situación el castigo sería menor para ambos.
La madre golpeaba en la puerta cada vez con más insistencia y energía, convencida ya de que su irresponsable hija se encontraba con un sinvergüenza dentro de un sucio lavabo de tren. "¡Mari, sal ya de ahí, que voy a llamar a la Policía!". No quedaba más opción que abrir la puerta y aceptar el insoslayable sino. Tan sólo habiendo intuído el sexo impúdico, ahora me enfrentaba a la ira de la madre y, por las voces que atravesaban la puerta, también a la del revisor y otros indignados viajeros. Los golpes en la puerta y los gritos reclamando que saliéramos no desaparecían, al contrario, seguían in crescendo. "Sal tú primero", le apremié también con cobardía.                                                                                                                                                                                              



La culpa fue de la testosterona

     Era otro intento desesperado de mitigar la grave situación que debía afrontar sin remedio. No era yo más que un adolescente cuyo instinto le habia tentado a probar las mieles de un sexo espontáneo, sin compromiso, en definitiva, libre. A esas tempranas edades la testosterona a uno le salía a borbotones por las orejas. Creo que recordar que, en efecto, la pobre chica salió delante de mí sollozando y asegurando que todo era su culpa, y enseguida comenzó a gritar, tal vez para amortiguar por adelantado el escándalo que se avecinaba. Eran los años de la Transición Democrática, cuando el sexo era todavía una práctica reprimida, sobre todo en la España profunda.
     La enfurecida madre, una señora de edad que cubría su obesidad con un vestido negro, no se fijó apenas en su aterrada hija, y como un resorte se abalanzó voluptuosa sobre mí, gritando presa de la histeria: "¡Qué le has hecho a mi hija, canalla!". 

Aquellos eran trenes llenos de misterio

     Me defendí tan sólo poniendo los brazos a modo de parapeto, aguantando estoico la ira materna, pero no pude evitar que sus afiladas uñas me llenaran de arañazos la cara y el cuello. Las gafas saltaron por los aires y no las volví a ver más -no eran momentos para preocuparse de unas simples gafas. Nadie de los presentes en la sórdida escena intentó reducirme, pues debieron pensar que ya era suficiente el escarmiento que me estaba infligiendo la ofuscada madre.

     El instinto de supervivencia me fue acercando hacia la entrada del pasillo, y por él me escabullí corriendo sin miras atrás, con el corazón acelerado al máximo, y la adrenalina ardiéndome la cabeza como una falla valenciana. Crucé algunos vagones en dirección a la cola, y el convoy -por fortuna- comenzó a aminorar su marcha porque llegaba a la estación de Tarragona. Abandoné el tren todavía en marcha y como un fugitivo desaparecí, con el cuerpo aún tembloroso, atravesando con saltos atléticos los más alejados andenes.


Postdata: Título alternativo a esta eroticrónica: "No follé en Fallas".
Subtítulo: "Fué un fallo quedar atrapados en el lavabo de un tren".


                                            DIONISIO CASCANTE (Copyright, 2010)

¡Qué difícil era hacer el amor en un tren!