EL MECHERO BUNSEN
 

LA REPRESIÓN DEL TRAMPAS

Viaje a Amsterdam / La represión del Trampas / Sólo ante el peligro “facha”
Trabelos en Talleres Tejeda / La niñera de los vecinos 
 

 

      Estas memorias no son más que un simple correlato de hechos personales que a nadie interesan, y por eso no me gustan. Creo que transmito en exceso un cierto sentido vital de estas ocurrencias, como si necesitara continuamente justificarme de lo que hice, pretendiendo hallar un sentido a todos los sin sentidos que viví en mi juventud. Precisamente, la buena literatura es explicar con metáforas lo que yo reflejo con hechos. Todo ese significado que expreso con palabras debe descubrirlo a su manera cada lector. Porque si esas metáforas son poéticas, en su descubrimiento se hallará el placer de la lectura. Debo intentar explicar precisamente lo que no es evidente, lo que no se ve, pues eso es el arte, lo que se llama el zen, lo inexplicable, lo que sólo se puede sentir, pero …¡bella contradicción pretender explicar lo inasible!. A pesar de mis carencias artísticas, seguiré con esta descripción de hechos, con este interés por la cantidad antes que centrarme en la magdalena de Proust.

  Acaba el primer curso de la facultad de Periodismo sin pena ni gloria porque apenas voy a clases. Para qué, si cuando me esfuerzo en ir suele haber huelga, o el profesor no aparece sin dar explicaciones.
     Aprovechando las vacaciones de verano hago un viaje a Amsterdam con el Trampas. Vamos en su coche, un Renault 5. Nos vamos turnando en la conducción, pero al final del viaje, en un momento de catarsis que ahora explicaré, Trampas no supo llevar bien verme conducir con soltura y a una velocidad demasiado rápida para su gusto. Hacemos noche en París. Y al día siguiente cuando llegamos a Amsterdam lo primero que hacemos es buscar tripis… ese era quizá el motivo principal del viaje.
 
Amsterdam, paraíso de los fumetas
     Los coffishops famosos donde se fuma hachís en libertad no nos interesaban pues de eso ya íbamos bien provistos. Es difícil encontrar buen género alucinógeno.
     Nos limitamos a deambular por la ciudad, y por la noche visitamos las famosas estanterías donde se exhiben prostitutas. Me impresionan por su belleza, su accesibilidad, pero no me podía permitir el lujo de pagar por sus servicios. Una frustración, vaya.
     Descubro en este viaje algo importante que nunca olvidaré, siendo consciente para el resto de mi vida de lo que significa reprimirse. Así es, mi amigo Trampas es un reprimido, o se está reprimiendo en este viaje. Por eso estoy aprendiendo lo que es la represión.
     Supongo que potenciado por los porros, me doy cuenta a mi pesar de que Trampas no camina a mi lado sino tras de mí, apenas habla, no comenta nada, y menos siente sorpresa por algo, solo me sigue, con semblante serio, quizá asustado. No puedo evitar comparar este hecho con mis amigos Frank o Juan Carlos, que moviéndonos por cualquier sitio nos peleábamos por entrar el primero en un bar u otro lugar. No nos cortábamos por nada. Al contrario, siempre estábamos deseosos de encontrar una situación o un momento para demostrar nuestra vitalidad arrolladora, nuestra simpatía, nuestro buen rollo, ya fuera con un indigente o con un músico famoso.
     Me pregunto por el origen de esta represión de Trampas ¿quizá por tener su culo caído y balanceante en exceso? Sólo sabré la razón de su represión, o una de las razones, en un momento de catarsis al final del viaje.
     Cansados de vagar varios días sin rumbo fijo por la ciudad de los canales, tras comprar unos ácidos que no parecen malos, decidimos… bueno, más bien decido yo, pues Trampas parecía no tener ni fuerzas para proponer algo, ir de un tirón a Niza, a tomarnos allí los tripis. 
     No recuerdo el porqué de esa decisión, quizá era más barato pernoctar allí y así ya recorríamos buena parte del viaje de regreso a España.
     En cuando llegamos a Niza, ya de noche, nos tomamos los tripis, pero en mí apenas hicieron efecto, no tuve alucinaciones, tan sólo recuerdo ver algo más saturados los colores y más brillantes las luces de la Promenade des Anglais. El viaje ya estaba echado a perder. Así que a la mañana siguiente regresamos a Tarragona, pero apenas nos quedaba dinero para gasolina. Habíamos calculado mal el presupuesto. La única opción era pedir dinero a alguien. Como Trampas era hijo de Guardia Civil y yo, buen conocedor de la hermandad que reina entre los miembros de las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado, le pedí a mi amigo -en verdad, casi le exigí- que en el primer cuartelillo de la Benemérita de España, es decir, en el de Figueres, se presentara como hijo del Cuerpo para que nos prestaran dos mil pesetas. Se negó al principio, y tampoco propuso una salida, así que insistí hasta mostrar mi cólera. Entonces Trampas estalló y sus ojos se licuaron, y se dispuso a hablar, casi a gritar, con desgarro, rabia e impotencia.
     No venía mucho a cuento, pero al parecer algo de lo que le avergonzaba en su incipiente vida era el motivo de su auto represión: era hermano de un chico con síndrome de Dowm y su madre, habiendo agotado todas las vías para intentar recuperarlo de esa minusvalía incurable, asistía con su hijo a sesiones de sanadores, que engañaban con falsas promesas y les sacaban dinero. No sólo le dolía tener un hermano así, también parecía afectado por la ignorancia que demostraba su madre con esas vanas ilusiones.
     Trampas pareció liberarse tras explicarme estas íntimas desazones, y seguimos hablando con una normalidad que no hubo durante el viaje.
     Fuimos al cuartillo de Figueres, nos dieron el dinero sin problemas y antes del anochecer divisábamos en su skyline rojizo -debía soplar mistral en las comarcas del delta del Ebro- la vetusta catedral de Tarragona.
     Durante el viaje tomé algunas notas en una pequeña libreta, titulada “Notas del viaje con Q.”. Comparando los recuerdos del viaje con estas notas descubro cierta imprecisión, un exceso de mitificación, y en lo literario mucha candidez y ausencia de estilo. Q es Quique, alias Trampas.
“Notas del viaje con Q.”
 
24/09/1980 (jueves)
9:50 mn: Espera a Q. Lo único que puedo hacer es pensar. Como dijo mi hermano J.C., un acuario relaja al contemplarlo. Todavía debo pasar la noche en casa de Tarragona, solo, prácticamente desligado del sistema institucional y moral en el que me muevo. Durante estos días próximos gozaré de más libertad (entendida ésta como “el hacer algo y no tener que rendir cuentas a nadie”).
¿Me como el “ajo” esta noche?
 
 
10h:20 mn: Q. me llama para decirme que acaba de salir del trabajo (lo han retenido hasta el último momento: luego va diciendo que es un “mafia”).
10:40 mn: El pez grande del acuario.
10:50: Ya está aquí Q. La espera toca a su fin oyendo a “Ziggi Stardust”. El miserable de mi hermano me llamó a las 6 de la madrugada para decirme que no me deja la cámara de hacer fotos.
14h:20 mn: Salida de Tarragona.
16h.30 mn: Pasamos por San Jerónimo (calle de Barcelona donde solíamos comprar hachís)
“Da la impresión de que este viaje va a ser suave”.
 
25/09/80 (viernes)
11h: Hemos despertado tras dormir en la carretera y seguido camino. Café au lait en Toulouse.
Tiempo nublado y carretera gris, bosque. Francia se muestra como un país diferente. La Garonne: río ancho de agua verte. En el asiento del coche se apalanca uno. Música: lo último de los Rollings.
 
26/09/80 (sábado)
Hemos descansado en un hotel de París. A las 8:30 mn hemos salido a dar una vuelta por Saint Germain des Pres. Paris, la nuit.
A veces me da la impresión de que Q. es una carga: “pasa” de dar la cara, por lo que la tengo que dar yo casi siempre…
Estoy descubriendo una faceta nueva en Q.
 
27/09/80 (domingo)
8h: Hemos salido de París, dejamos atrás una maravilla. “Qué mundo tan diferente es”.
Viaje a Amsterdam a través de oscuras carreteras; estamos muy lejos de nuestras casas.
“La vida es como un viaje: una sucesión de situaciones o hechos nuevos”.
Diálogo:
Yo: Es la cuarta noche que estamos fuera.
Q: Sí.
28/09/80 (lunes)
10h: He despertado después de haber pasado otra vez la noche en la carretera.
Vacas.
Llegada a Amsterdam. Busca de Droga: palo.
Por la noche, salimos de Amsterdam muy tocados. Dirección Nice.
 
29/09/80 (martes)
Otra noche pasada en la carretera. El viaje es “ya” de vuelta.

 
Yo en un hotelito de París
- “Tú eres un vacila de la carretera”, me ha reprochado Q. injustamente.
- “Tú eres un reprimido… cuida y alimenta tu personalidad”, responde mi amor propio herido (ya son varias veces en las que me siento solo, pues si falla el amigo -¿mejor compañero?-no queda nadie unido por un interés común).
Conversación y bronca (creo que positiva).
Carretera y más carretera.
 
30/09/80 (miércoles)
Hacia la Costa Azul, por Lyon.
Descanso por la tarde en una pensión de Nice.
Film de yonquis, con música de Bowie.
Noche de descontrol con las luces del paseo marítimo de Nice.
- “Vámonos a casa”, preocupaciones con respecto a si llegaremos con la gasolina que queda.
 
1/10/80 (jueves)
De vuelta a casa se piensa que lo que resta del viaje son las experiencia. Aparte de conocer lugares y personas (lógico dentro de cualquier viaje) me queda la espinita de lo que ha sido la relación personal con Q. y el grado en que ha afectado a la sucesión de acontecimientos. Sería digno de analizar, aunque parezca traicionero, por criticar defectos de las personas.
     Llegamos a la frontera, pero nos tuvimos que buscar la vida y, tras un poco de bronca, convencí a Q. para que pidiera dinero en un Cuartel de la Guardia Civil.
     A las 9h llegamos a Barna y pasamos por San Jerónimo, antes de ir a la Residencia. No nos dejaron entrar en las habitaciones y volvemos a dormir en el coche.
 
 

 
     
Muchos asesinatos quedaron impunes en la Transición

     En 1980 pareció no ocurrir nada, parecía que de un momento se iba a dar algún suceso importante, pero al final no pasaba gran cosa. A esa edad todavía me resbalaban los acontecimientos políticos y sociales. El terrorismo adquiere más protagonismo, no sólo en España, ensangrentando el mundo. Hay terrorismos nacionalistas (vascos, palestinos, corsos, kurdos…), religiosos-culturales (irlandeses y palestinos), revolucionario (alemán e italiano), contrarrevolucionario o contra nacionalista (israelí). En España el azote del terrorista es brutal, pero parece algo normal, asimilado a la vida diaria. 
    Ya nada sorprende desde el asesinato de Carrero Blanco, todo un presidente de gobierno, siendo éste suceso la vara con la que medían los terroristas sus continuas acciones. Para los jóvenes era algo asumido, ya existían los atentados cuando adquirimos nuestra conciencia. Sólo valorábamos si eran más o menos cuantiosas las víctimas. Era de alguna manera normal que ETA secuestrara a un general y que éste apareciera muerto a los pocos días. La Transición, que ya podía darse por terminada, estaba siendo sangrienta si contamos a las víctimas del terrorismo.¿Pero no era también terrorismo que el 28 de marzo de 1980 los ultras mataran a Jorge Caballero Sánchez por llevar en la pechera la chapa de una A anarquista?
     Ese mismo mes los militares asesinan al arzobispo de San Salvador Óscar Romero. Reagan es elegido presidente de Estados Unidos. En Alaska muere en un accidente de helicóptero el gran naturalista y divulgador Félix Rodríguez de la Fuente, un héroe televisivo. Y en Francia fallece el padre del existencialismo Jean Paul Sartre, un héroe intelectual. Los marqueses de Urquijo son asesinados en extrañas circunstancias.
     En la sede de UCD de Barcelona se produce un atentado y son detenidos 30 militantes fascistas del Batallón Catalano-Español. No me extrañaría que alguno de éstos residiera en la residencia Muñoz Grandes. El primer año como novato me uno al grupo de simpatizantes de izquierdas, de una decena de estudiantes, similar en número a los más activos de extrema derecha.
     De vez en cuando hay enfrentamientos, aunque solo verbales, y soy yo uno de los portavoces más aguerridos. Mis afines son sobre todo menorquines, y un gallego veterano que vivió tiempos pretéritos más duros. Es célebre que años atrás, un izquierdista menorquín fuera expulsado a punta de pistola por el director, militar, por supuesto.
     Pero a partir del segundo curso voy a tener problemas por un cambio en la correlación de fuerzas. Dejan la residencia todos mis correligionarios de izquierda, por acabar sus estudios o por buscarse otra lugar de residencia, y los fachas devienen mayoría absoluta. Así pues me quedo solo frente a los ultras, que durante los siguientes cursos me acosarán hasta registrar tres intentos de agresión. Suerte fulana. Sólo comparte mis ideas un estudiante de filosofía de Lleida, catalán, pacífico, que procura pasar desapercibido. Yo en cambio, con chulería llego a pasearme por la residencia con una camisa rota como signo de rebeldía punk y una chapa anarquista. Imagino que los más fachas deseaban triturarme. No sé qué hubieran hecho conmigo de haber triunfado el golpe de estado del 23-F.

     Un menorquín que siempre llevo en mi recuerdo, Isasi, pelirrojo, también hijo de militar, pero emparentado con las destilerías del gin Xoriguer, de izquierdas aunque moderado, desapareció también de mi vida al segundo curso. Una de esas personas que dejan huella en tu vida sin una razón evidente. Creo que mi simpatía por él se debía a que era un joven atractivo y de familia adinerada, y a pesar de esos circunstancias tenía una actitud o ideología de izquierdas.
     Una noche de marcha fuimos a uno de los lugares más auténticos que he conocido en mi vida, los talleres Tejeda. Era un bar escondido tras la entrada a un párquing, decorado con sencillez, poco espacioso, con mesa alargadas y bancos de madera. Donde se reunía gente de la noche, camareros tras su jornada nocturna, travestis, yonquis, estudiantes sin complejos como nosotros. En la oscuridad de un callejón aprecié a Isasi, magreándose con una mujer espectacular, de copiosos pechos. Íbamos ciegos, por supuesto, y tardamos unos minutos en darnos cuenta de que esa mujer tan sensual y ardorosa era una transexual.
     Por esa época intenté trabajar de gigoló, contactando con una agencia que se ofertaba en prensa en los anuncios clasificados. Me respondieron que tendría trabajo, pero no para mujeres, sólo para hombres. Uno de mis referentes intelectuales de aquellos días era Eduardo Mazo, un poeta sudamericano que vendía sus libritos en la Rambla de Canaletas. “Hice mis sueños de asfalto y cemento”.
    La Transición podía darse por terminada. Con la Constitución en marcha, la Democracia debía comenzar su andadura de sucesión de gobiernos y de ideologías. En el ámbito cultural había escasez. Las Artes y las Letras en Occidente estaban a punto de presentar síntomas de necrosis o de cangrena.
     Casi todos los veranos trabajé en algo. No por necesidad, pues mis padres cubrían mis gastos de estudios y
algo me daban para salir, pero era insuficiente. Compartí con Frank el alquiler de patines en la playa Cristal,
de Miami-Playa. Era una ocupación estupenda, trabajábamos en bañador, a nuestro aire, sólo teníamos que
sacar y meter los patines en las aguas, y nos daba tiempo para ligar en la playa y fumarnos unos porros. No
teníamos un control excesivo de la facturación, de hecho no había ni tickets, y podíamos casi establecer
nosotros los emolumentos.
     Por desidia, algunos patines averiados y llenos de agua comenzaron a enquistarse en la arena, sin que
tuviéramos la decencia de desenterrarlos para tratar de mantenerlos operativos, así que por inercia una mañana
ya no nos presentamos en la playa. Una constante en mi vida, la de abandonar cosas y personas. Sobre todo
mujeres.
     En la vivienda contigua a mi casa trabajaba como niñera una jovencita de belleza no visible, con un cuerpo tendente a la obesidad, por lo que producía en mí unos deseos a duras penas controlables de poseerla. La espiaba a través de un ventanuco del lavabo que daba a su jardín, y ya me ves allí a menudo encerrado en el lavabo tratando de contactar con ella a través de sonidos y palabras furtivas, con una morbosidad casi física flotando en el ambiente.
     No recuerdo si llegué a masturbarme mirándola, lo cual hubiera sido normal en esos años de testosterona a raudales.
     Ella era consciente de mi mortificación, y aunque no me diera muestras explícitas de complicidad, tampoco
mostraba enfado o gestos delatorios. Con este acoso sin fuerza, sólo era acoso visual, eso sí, siempre respetuoso,
le daba a entender que quería tener sexo con ella pero sin un compromiso que derivara en noviazgo u otro tipo de relación. Creo que entendía que mi único interés por ella era sexual, que sólo pretendía encuentros fugaces y secretos.
    Alguna tarde coincidí con ella en la piscina de Hifrensa, y conseguimos adoptar una práctica sexual realmente original. En los ratos de menos afluencia, en la hora de la siesta, ella se situaba en una de las escalerillas de la
parte honda de la piscina y yo a unos seis o siete metros, al acecho, a una distancia prudencial para que nadie sospechara de mis tretas. Entonces ella descendía al fondo de la piscina ayudándose de la escalera y yo tomando
todo el aire que me permitían mis sanos pulmones –ya tenía el título de socorrista, obtenido con la prueba de
atravesar bajo el agua una piscina de 25 metros- buceando en diagonal descendente me acercaba, la abrazaba y la besaba, nos mirábamos con acuosa complicidad y sin tiempo para más retomaba la dirección contraria para emerger lejos de ella como un simple hijo de Neptuno.
     Así fue mi dorada juventud. De casa a la playa, de la playa a la piscina, todavía con arena pegada a los pies, de la piscina a casa a comer, y por la tarde vuelta a la playa y a la piscina. Noche tras noche, cuando me preparaba para hundirme en el sueño y echaba el telón sobre mis pupilas, sólo veía el azul del mar, del cielo y de la piscina, un azul soñador, cálido y voluptuoso. También veía el verde de los bosquecillos junto al mar, con esos pinos retorcidos por el violento mistral, y el verde húmedo de las marismas que pronto serían enterradas por nuevos chalets, y el verde
seco de los olivos, supervivientes de un pasado virgen y rural que jamás regresaría.

     A veces coincidía con mi padre en la playa. Era sobrio incluso en su baño estival, tan solo se acercaba a la
orilla como si de una ceremonia litúrgica se tratara, concentrado en sí mismo. Estiraba los brazos como si
antaño hubiera sido un nadador olímpico y sin espectacularidad se zambullía de cabeza en las aguas. Al emerger
se alisaba la poca cabellera que le quedaba, daba unas lentas brazadas con cierto estilo, demostrando así que
era un hombre de mar, y salía del mar satisfecho por el deber cumplido. Siempre los mismos armónicos y
lentos movimientos, el mismo número de brazadas, el mismo mar Mediterráneo, ya fuera en Los Urrutias,
en Guardamar del Segura o en El Arenal de Hospitalet de L’infant.

Fin del capítulo 19