EL MECHERO BUNSEN

Pepe "El Carreto" / Ligón de playa / Caza del guiri / Cómics y fanzines

     Llego a los veinte años en estas memorias y me quedo bloqueado, abrumado por tantos temas que abordar , apremiado por tanta documentación que debo reunir, y emocionado por recordar tantas experiencias únicas en esos años de excesos y muerte. Me ha tocado vivir en un momento histórico donde se evoluciona de la prohibición más absoluta al libertinaje más irreverente. Este es mi tiempo, la época en la que se forjó mi espíritu rebelde. Unos años en los que se yuxtaponen el consumo de alcohol y drogas con las necesidades sexuales, el aprendizaje universitario con las experiencias a pie de calle, los veranos idílicos en un entorno turístico de playa con las sistemáticas juergas nocturnas, y las peleas de los más rudos del pueblo con los más atrevidos guiris. Cada noche era una historia nueva.

     Son años en que parecía no ocurrir nada más allá de mi reducido grupo de amigos. O lo que pasaba a nosotros nos importaba un huevo. Sólo nos interesaba aquello que nos producía placer y risas, como el ridículo de algún pureta trasnochado que fumara porros con nosotros y se hiciera el hippy, como el contraste entre lo tradicional, la España profunda que se extinguía en Hospitalet y la modernidad que se abría paso a trompicones. Una madrugada Frank y yo saboreábamos el final de la noche sentados en el alféizar de la tienda de pinturas Bruguer, en la encrucijada del pueblo, cuando vimos pasar a un grupo de jóvenes extranjeros, seguidos a unos cien metros de un insomne Pepe "el Carreto", con una estaca amagada en su espalda. Le preguntamos qué ocurría para estar tan excitado y nos explicó, desencajado, sintiéndose el sheriff del pueblo, el protector de la moralidad general, que había visto cómo ese grupo de jóvenes se bañaban desnudos en la playa. No entendimos hasta que, antes de seguir persiguiendo al grupo, lanzó una amenaza que es metáfora de aquellos años de desafueros: "O follamos todos o no folla ninguno". Estas son las extravagancias o absurdeces, por usar un eufemismo, que nos hacían la vida más feliz.

     Con el verano llegaba la sal en el cuerpo bronceado, las noches compartiendo ciegos con los amigotes, los intentos de seducción a las guiris. Vivía en un mundo feliz, con cierta sensación de inmortalidad, con derecho a perder el tiempo. Cuántas horas me habré pasado en los sofás de la discoteca Bang-Bang, solo o con alguna joven. Llegábamos a competir por ver quién seducía a más chicas en una noche. Te sentabas junto a una francesa, le pasabas un dedo por su espalda y sin más se giraba para unir nuestros labios y lenguas vibrantes, henchidas de deseo.

     Durante el día ejercía sin quererlo de ligón de playa. Si me fumaba un porro me excitaba sobremanera, y no podía evitar ir a la caza de una mujer. Con poco éxito, todo hay que decirlo. Tampoco mi actitud era la de un desesperado. Siempre me quedaba el consuelo de la masturbación. En esa época las mujeres, como me dijo la primera prostituta de Barcelona a la que acudí en mi vida, igual que se lee en el libro  La Señora Rius al desnudo. Confesiones de una madame, “las mujeres hacen el amor sólo por dos motivos, o por dinero o por amor”. Como no pretendía enamorarme ni tener una relación de pareja que me cortara las alas, ni estaba al alcance de mi bolsillo ir de putas, me consolaba con la esperanza de conocer a alguna extranjera liberal, mejor si eran francesas, porque me expresaba bien en francés y porque éstas tenían asumida una idea ya convertida en slogan que ponían en práctica antes de tener sexo con un español: “Pour les vacances…”

     Mi patria, más que mi niñez, era la playa de arena ardiente de Hospitalet. Recuerdo en especial a una francesa de 27 años, que a mí me pareció una mujer, pues yo no pasaba de los 20, que sola en la playa tomaba el sol en top less. Lucía un homogéneo moreno de piel y un largo cabello negro. Se mostró receptiva cuando me acerqué a ella con decisión, pero yo tremolaba por ser consciente de que había posibilidades de poseerla. Trabajaba como recaudadora de impuestos, y parecía hacerle gracia mis bromas típicas sobre su profesión. Nos fumamos un porro, lo que aumentó mi excitación. Estuvo mucho tiempo tumbada boca abajo para resguardar sus preciosas ubres de mis ojos lascivos, hasta que me gané su confianza. Sus generosos pechos gozaban del mismo moreno bronceado que el resto de su macizo cuerpo. Le propuse hacer de guía y fuimos en su coche a divisar la playa nudista del Torn desde lo alto de la montaña. Filmó las vistas con una cámara súper 8. Y cuando volvimos a montar en el coche la besé mientras le acaricié su coño ya húmedo. Excitada tanto o más que yo, me sugirió ir a un sitio más escondido. Regresamos a Hospitalet para coger la carretera a Vandellós y nos desviamos por el primer camino de tierra sin tráfico, hasta aparcar al socaire de un olivo, donde ahora se encuentra el cementerio nuevo, donde mi padre ya descansa en su merecido sueño eterno. Todo sucedió demasiado rápido. Dispusimos un asiento en posición horizontal, me subí encima de ella --con todo mi ser exhudando puro morbo- y la penetre con tanto deseo que en pocos segundos orgasmé. Sentí cómo de súbito me desinflaba, hundiéndose en la indiferencia mi interés por ella. El hombre presenta dos caras frente a una mujer que no se ama pero sí se desea: una radiante, amable, creativa, cariñosa, idealista, leal, ética, antes de orgasmar, y otra después de lo que los franceses con acierto denominan "la petite morte", desabrida, apática, amargada, vacía, agresiva, desazonada, tragicómica, patética. Nos despedimos sin efusividad y acordamos vernos por la noche en el pub Camel. De manera incomprensible esa noche, que iba a ser -y lo sabía- igual que las cientos, incluso miles de -probablemente aburridas- noches de verano de las que iba a gozar a lo largo de mi vida, preferí estar con los amigos de siempre. Vaya idiotez, perder a una mujer de esa talla. Puro instinto de autodestrucción.      
     Con otra francesa también fue para recordar. Joven y voluptuosa, de grandes labios rebosantes de frescura, largo cabello rubio y rizado, toda una mujer que, sin embargo, no llegué poseer. Tan solo nos fundimos en apasionados besos, apoyados en la pared, junto a la puerta del Camel. Tan placenteros eran esos besos, tanto me hicieron perder la razón, tan embriagados estábamos los dos, que nos fuimos deslizando sin dejar de besarnos hasta caer al suelo, mientras los amigos reían y nos tiraban piedras y colillas. Ella me pedía que no me despegara de su cuerpo -no sé si por vergüenza o por el gozo del momento, o por las dos cosas juntas- sin dejar de mover su lengua junto a la mía, en un combate de dulces espadas, una persecución de carnes y almas, una búsqueda del sentir absoluto. Soy un Don Juan moderno porque deseo hacer el amor con todas las mujeres de la tierra. Mejor, un Casanova, pues creo que el primero era un misógino disfrazado de galanteador, y el segundo trataba con respeto a sus amantes. Qué envidia de Casanova, seductor, ilustrado, viajero y aventurero... una vida a caballo entre los sentidos y el uso de la razón, un canto al placer y al conocer, mi modelo a seguir.

     Pero aquí no quiero cantar la palinodia. A lo largo de mi vida sólo he querido encontrar lo mismo que los poetas: los grandes enigmas como el amor en su discutible relación con el sexo, el paso del tiempo, y la muerte en su oposición a la aventura de la vida. Las noches de verano en Hospitalet de l'Infant son horas de hedonismo puro, de baile en la discoteca frente a los bafles para desconectar del mundo mientras el cuerpo y la mente vibran en armonía con bellos sonidos, la excitación propia de los narcóticos, el tiempo de la disbauxa. Es fácil asistir a una pelea dentro o fuera de la discoteca Bang-Bang. La causa principal era la afrenta que significaba para los del pueblo que un extranjero se mostrara más chulo de lo normal en la pista de baile, y no digamos si éste conseguía seducir a una española. Saltaban como un resorte el Pelotes y sus colegas hacia el coche -donde un rato antes habíamos hecho botellón de JB a palo seco- y cogían del maletero palos y cadenas para escarmentar al osado guiri. 

Makoki, héroe generacional, hijo de Gallardo, Mediavilla y Borrallo

     Me he visto agarrando taburetes en el aire justo antes de ser lanzados al enemigo, más imaginario que real. La violencia gratuita comenzaba su expansión paralela a la nueva democracia.

     Mis amigos no son violentos pero leen "Yonki" del escritor beat William Burroughs, a quien admiran por tratarse de un colgado que mató a su esposa de un disparo imitando a Guillermo Tell. Su héroe es el personaje de cómic Makoki, un loco drogota escapado tras una rebelión en el frenopático. Convertido en icono contracultural años después, a finales de los '70 era un personaje marginal sólo apto para gamberros y punkis. Siempre lleva los cables de electroshock pegados a la cabeza, que usa cuando se queda sin drogas, para colocarse electrocutándose. Con su basca, Makoki busca emociones fuertes, igual que nosotros, que nos alejen de la cutrez en la que vivimos. Nos identificamos con la marginalidad de Makoki, y con los rasgos que ya forman parte de nuestras vidas: drogas, alcohol, violencia, rock, en suma, irracionalidad. A mí me atraen más los dibujos de Robert Crumb, me identifico con su fijación hipersexual por los cuerpos voluptuosos de mujeres lascivas, sus devaneos con el LSD, que aviva la desvergüenza, su nihilismo y su actitud crítica con el decadente anglosajón.

     En esos años también surge un fenómeno nuevo, los fanzines, poco más que cuatro hojas fotocopiadas -muchos de pretendida estética cochambrosa-, sin más intenciones que hablar de la música y de cierta manera de vida radical. 
Clásico fanzine de la edad de oro
     Una posibilidad para la expresión independiente con la filosofía del háztelo tu mismo. En Barcelona aparecen como las setas, pero algunos no pasan de los primeros números. Sus nombres son ya una declaración de principios, unos por su escatología: Escorbuto, Licantropía, 32 imbéciles, Error Genético, N.D.F. (Niños Drogados por Frank Sinatra); otros por su Dadaísmo: La Banguardia, Lubriconic, Exóticas Nuevas (propugna el No-Arte Total); y otros por su pretensiones artísticas o poéticas: Mechero Bunsen, Villa Triste (fanzine de neosofías). Algunos juegan con la violencia y la auto destrucción, en la línea punk del momento. Troya (fanzine eufrastético), en su sección de "pensamientos abdominohisterotómicos", aboga por el suicidio. En Villatriste se habla con sorna de un deporte con gran aceptación en nueva York: arrojar a la "gente a la vía del metro justo cuando el metro está a un metro".

     En Hospitalet colaboro con un par de burdos collages en varios fanzines ideados por Frank, el del alma artística. Hay en ellos burla, rechazo al conservadurismo, fraternidad con los iguales, en el fondo, amor a la existencia. Los fanzines son hijos de la Transición, entendida ésta como nueva vida dentro de la vida, como una renovación completa, una ilusión nueva que se iba a sumar a la propia de la juventud. Aunque somos conscientes de que la Transición consistiría en un cambio a mejor, de que vivimos un momento trascendental de la historia de España, aún queremos más de lo reconquistado con la idolatrada Transición. En realidad nos era indiferente coincidir con un periodo de nuestro país que todos calificaban como trascendente .Sólo buscábamos ser inmortales viviendo el instante, a tope, en el filo de la navaja.

     Planeaba sobre el mundo de los fanzines y sus autores cierto malditismo, en un cóctel que incluía drogas y violencia. En diciembre de 1983, Miguel González, guitarrista del grupo Los Desechables, atracaba con una pistola de juguete una joyería de Vilafranca del Penedés. Amenazó a la esposa del dueño, y éste, que se encontraba en una habitación contigua, le disparó causándole la muerte. Iba a actuar con su grupo en los próximos días en la sala madrileña Rock-Ola. Adicto a la heroína, vivía en una desoladora casa sin apenas mobiliario: una cama, una pequeña mesa, una grabadora, unos casetes y unos carteles de Robert Crumb e Iggy Pop. De ahí en adelante la Parca se va a cebar con los heroinómanos. Como decía el fanzine Troya en su portada: "El desengaño de la existencia y el triunfo inexorable de la muerte".

Anexo:

     Es también la época dorada de los cómics que alimentaron nuestra imaginación, como el Víbora, Tótem o Cairo, si bien la pionera fue la revista Star, aparecida en 1974, la primera dedicada al cómic underground, de contenidos contraculturales y una aire abiertamente libertario. A mediados de 1975 publicaron un especial sobre el Gato Fritz, de Robert Crumb, que fue secuestrado y después la cabecera suspendida por un año. La reaparición en 1976 les significó un nuevo cierre por "posible" escándalo público. Gracias a Star se supo de grupos como "Los Ramones" o escritores de la Generación Beat (Kerouak o Ginsberg), la obra de un tal Andy Warhol y la existencia de la mítica banda Velvet Underground y su líder Lou Reed. Entre sus colaboradores se encontraban Isabel Coixet, Nazario, Mariscal, Ouka Lele y Alberto García-Alíx.