EL MECHERO BUNSEN

La generación inexistente / Elección del tipo de amistad / Gerules, marcado por la tragedia

Quique, el Trampas  / Huelgas por el caso Vinader / Escribir simplón / El Carnaval de Vilanova

     No se agota la crónica de la “movida” en los últimos párrafos del capítulo anterior. Fue un fenómeno tan denso y trascendente –por lo que supuso a partir de entonces en mi vida- que el asunto daría para escribir varios libros. A modo de conclusión provisional considero que los punks fueron quienes dieron la cara y recibieron las tortas por enfrentarse a la moral reinante, por querer romper las barreras que frenaban el advenimiento de una nueva ola.  Fieles los punks  a sus principios se autoeliminaron y dejaron así el camino expedito a los madrileños glamourosos que conquistaron el cielo con un mensaje sólo estético.

     Tampoco la “movida” en la provincia de Tarragona se limitaba a la discoteca Hilarios. En Hospitalet de L’Infant también hubo cierta modernidad dadas las circunstancias que allí concurrieron: buen nivel de vida generado por la implantación de centrales nucleares, contacto asiduo con el turismo por ser una localidad costera, confluencia de gentes de otros lugares de España, y cierta filosofía de vida urbanita, porque los jóvenes estudiábamos en la capital de la provincia. Todo lo cual conformó una generación de jóvenes que sin quererlo –sólo el azar nos hizo nacer aquí- tuvimos que transitar del guateque a la discoteca, del pantalón acampanado y camisa de cuello grande al vaquero estrecho y chupa de cuero (el que podía comprársela), del bar aséptico con carteles de corridas del Cordobés y cabeza de toro amenazante colgada en la pared, al pub de diseño psicodélico con música cuanto menos de Triana. Uno de nuestros estandartesfue la canción “Qué hace una chica como tú en un sitio como este”, de Burnning. Una generación que, para desgracia de muchos, pudo acceder con facilidad a las drogas, para acabar sufriendo las consecuencias de su abuso.

     Por tratarse de un pueblo que no sobrepasaba los 3.000 habitantes pudimos comportarnos como unos jóvenes comunes, igual que los del interior más tradicional, Vandellós o Tivissa. Con todo, avanzábamos a los urbanitas de las metrópolis en ideas, en imagen vanguardista y en arrojo. No todos éramos conscientes del camino nuevo que estábamos abriendo, simplemente nos dejábamos guiar por nuestros impulsos hedonistas básicos. Yo de manera consciente me sentía el único punk de la facultad de Periodismo, cuanto menos, el más progre. Con decir que el más cercano a mi estética, Xavier Bonastre, solía vestir camisas a cuadros de leñador y mostrar un aire cumbayá…

     Éramos en Hospitalet un grupo anarquizante, y por ello los políticos que pilotaron la Transición, como el denostado Adolfo Suárez, traicionado por su propio partido político -tras su reciente muerte ha sido loado en un gran ejercicio de pura hipocresía- eran considerados por nosotros meros gestores cuyo deber era liquidar la dictadura franquista y dar paso a una democracia plena. Nos manteníamos al margen de la política porque nuestra edad era demasiado corta para tener conciencia política y sentirnos partícipes de la Transición; pero sobre todo, porque nuestra filosofía de vida iba por delante de ellos. Los caminos más vanguardistas que descubrimos, años más tarde se adoptaron como pautas regladas de uso generalizado. No veíamos ningún mérito en el esfuerzo de los políticos por lograr el tan cacareado consenso y los avances sociales, para eso se les pagaba bien y eran objeto de suficiente admiración. Nosotros éramos outsiders, éramos jóvenes frontera, carne de cañón de calidad. Por ello no esperábamos a los cambios que pudieran generarse en una sociedad que se desperezaba con lentitud. Nos la "refinflaba" el ritmo del progreso, hacíamos lo que deseábamos sin pararnos a analizar si era legal o no, sin valorar que atentara contra la moral imperante. En el pueblo éramos los reyes. Tampoco nos importaban los sucesos de magnitud planetaria, como el asesinato de John Lenon a manos de un loco. Me conmocionó más la sinrazón del hecho, la violencia gratuita, que la desaparición de esta figura clave de la música popular moderna. Lenon era un hippy, un pacifista, no estaba por la revolución, menos aún la permanente.


     Su protesta era demasiado tímida frente mi gran caudal de energía, de rebeldía juvenil. No le necesitaba como maestro para conformar mis propias costumbres, mis coordenadas espirituales, mi relación con el mundo.  
      Mi autosuficiencia era innata, poderosa y radical. Una revolución, a mi entender, que iba más allá de las propuestas de Lenon.
     Si bien, más que rebelarnos contra una sociedad normalizada, sistematizada, industrializada, aunque también se dieran tímidos cambios, lo que en realidad hacíamos era vivir al margen tanto de ese sistema como de los cambios, riéndonos de todo detalle pequeñoburgués. No confiábamos, ni tampoco lo pedíamos, en que los adultos nos  proporcionaran bienes y prosperidad.
     En lo musical, apenas existían opciones estéticas para un joven: o eras de los Beatles o de los Rollings. Lo dijo John Lenon: "La distancia entre los Stones y los Beatles radica en que ellos querían tirar el mundo abajo con su música, mientras que nosotros estábamos del lado de la vida".

John Lenon, pope del hippysmo
     Una tercera vía eran los Leño y compañía, pero el rock duro se circunscribía a los barrios obreros de las grandes capitales. No llegué a escuchar a La Banda Trapera del Río, de Cornellá de Llobregat, quienes al parecer fueron los precursores del punk patrio. Nuestra onda era más ecléctica.

     En una crítica al libro de César Galiano “La generación inexistente”, puedo leer: “El título puede llevarnos a engaño (…). Si hubo quienes no pasaron desapercibidos, en el final de los años setenta, fueron los grupos urbanos, nacidos del punk, amigos de las drogas, del alcohol, y de aquella música excesiva, y que caminaron, en buena medida, por los márgenes de la ley y de la vida”. Y sigue con acierto: “De estos grupos trata la novela de César Galiano, grupos previos a la “movida madrileña”, sin el barniz “cultural” que ésta tuvo, pero más pegados al barrio, a la tribu, a sus bares y discotecas… al exceso”. Mi generación podría llamarse: la que tuvo una semana de vacaciones cuando murió Franco, demasiado jóvenes para haber sido hippies y demasiado viejos para ser okupas.

      En algún momento de mi juventud hube de optar entre dos modelos de amistad: uno, integrarme plenamente en un grupo numeroso desde que saliera de casa, con la consiguiente pérdida de personalidad e independencia; y dos, tener pocos amigos de diferentes ámbitos socioculturales. Elegí de forma natural el segundo, para gozar así de mayor libertad, de más posibilidades de conocer gente, para no caer en la endogamia del primer modelo. Además de sentirme integrado en el pequeño grupo de Frank, Jesús Broto y Juan Carlos, disfruté de buenos momentos de un tipo de amistad más asilvestrada con el Gerules. No recuerdo cómo se inició, pues debíamos conocernos de niños, desde que llegué a Hospitalet de L’Infant con 12 años. Sus padres, de extracción humilde, fueron de los primeros y casi únicos inmigrantes que vivían en el pueblo antes de la llegada de las Nucleares. De manera incomprensible, la familia se vio marcada por la tragedia. Causó conmoción que su madre, una mujer grande y oronda, cayera por las escaleras con su bebé en brazos, perdiendo éste la vida en un accidente en verdad desafortunado. Poco tiempo después moría otro de sus hijos ahogado en la playa, en una jornada de mar de fondo y olas batientes, como las que yo tanto me encaraba, cuando todavía no existían las banderas en las playas anunciando el peligro. Más tarde, un tren arrolló a su padre, en lo que pareció un suicidio. Y cuando parecía que ya nada grave podía ocurrirle al resto de esta desdichada familia, el otro hermano, el Candi, sufrió un grave accidente de coche que le dejó trastornado física y al parecer mentalmente para el resto de sus días.

     El Gerules gozaba de una personalidad atractiva para alguien observador como yo, que me debatía entre la atracción por la anarquía que confiere vivir en la calle sintiendo su pálpito, y la obligada disciplina del ámbito familiar de origen castrense. De rasgos andaluces, aunque cabello rojizo y ojos claros, solía ponerse a prueba con tal de hacer reír a sus amigos, y como muchos de nosotros, mofarse de aquellos adultos o “puretas” que valoráramos poco respetables y ridículos. Nunca podré olvidar las masturbadas que le hacía a un dogo de Pedro, el gerente del pub Camel. No importaba que fuera un perro inmenso, pues éste se dejaba hacer inmóvil, sin temer el Gerules que en un arrebato el can le mordiera… bueno, era impensable, pues el dogo imagino que estaba encantado recibiendo placer… todos reíamos hasta que este Zeus, sacando su enorme lengua, orgasmaba con vigorosos chorros de semen.

      En algunos momentos de mi vida disfruté de la amistad de personajes así, primitivos, muy próximos al linde de la irracionalidad, prestos siempre a la risa incontenible, pero no maliciosa. Hay una cierta atracción recíproca: yo hacia esa cierta animalidad, valiente y desprovista de sentido del ridículo, ellos por mis aires de ilustrado, por aquella sabiduría que con seguridad echarían en falta ante más de una chica guapa o un adulto pretencioso.
     Una simbiosis en cierta medida lógica, pues se complementan. La razón con el instinto, el atrevimiento con la prudencia, el “seny” catalán con la “rauxa”.
     El prudente cultivado, es decir, aquel que ha decidido vivir indirectamente a través de la imaginación y la sensibilidad de los literatos o artistas, se siente atraído por el arrojo del iletrado y automarginado que de joven ya intuye que la vida le va a ofrecer pocos placeres, y sabe, por tanto, que tiene poco que perder, y por ello desea vivir con gran intensidad el presente, como un proyecto de vida tan solo a corto plazo.
 
     Con todo, quien vive al filo de la navaja gusta también de la mesura y la ponderación propias del inteligente, se siente atraído por el acierto de sus decisiones meditadas, y por esa sensación de seguridad siempre reconfortante, en definitiva, por el uso del sentido común –aunque castrante- que siempre es beneficioso.
El randa

    El randa es así frenado por el buen chico, quien en ocasiones puede atreverse a seguirlo. La admiración, que es la base de la amistad, era recíproca entre el Gerules y yo.

El Gerules

    Con él crucé las puertas de la delincuencia. Alguna noche en la que nos vimos sin un duro -y por tanto sin chocolate para fumar- nos dedicamos a arrancar faros antiniebla de algunos vehículos, muy apreciados por entonces, para su posterior venta. También una tarde rompimos la luna de un Mercedes con matrícula alemana, en la zona de parking de la playa del Torn. No recuerdo si había algo de valor en una mariconera que sustrajimos.

    Mi mejor recuerdo es cuando compartimos los efectos de secantes de LSD. A los pocos minutos de ingerirlos, debido al proceso de disolución de los jugos gástricos, nos generaba un cosquilleo interior tan fuerte y placentero que no podíamos dejar de reír sin razón aparente. Quizá nos partíamos de risa viendo las caras de incredulidad de los “puretas” en los antros donde recalábamos, antes de meternos en la discoteca Bang Bang. En medio del bar nos retorcíamos de risa durante minutos, sin importarnos lo que podrían pensar de nosotros. Pero, a esa primera expresión de sorpresa de los adultos seguía cierta indiferencia, acabando éstos ignorándonos, como siempre. Los dos sabíamos disfrutar, eso era lo más importante en nuestras vidas.

     A medida que aumentaba el consumo de drogas y éstas pasaban de los simples porros al speed, los ácidos o el caballo, las necesidades económicas eran mayores. Aunque Hospitalet tuviera un buen nivel de vida, algunos jóvenes ávidos de más y más droga decidieron dar un palo. El Rafa, hijo del guardagujas, el Manolo, un joven tranquilo de familia trabajadora y el Gerules, recortaron unas escopetas de caza y una noche atracaron a cara descubierta un puticlub de Cambrils. Con tal grado de torpeza, producto de la inexperiencia, que fueron detenidos al día siguiente. Les cayó una condena de 6 años que debían cumplir en la cárcel de Cáceres. A los tres años soltaron al Gerules, quien el mismo día que regresó al pueblo, imagino que feliz, quiso celebrarlo atiborrándose tanto de alcohol y drogas que a la mañana siguiente apareció muerto en casa de un amigo, ahogado en su propio vómito.

     En mi primer año en la residencia Muñoz Grandes me hice amigo de Quique, alias el Trampas, estudiante de 1º de Derecho, proveniente de Tarragona, hijo de guardia civil. La misma afición a los porros enseguida nos unió, en un ámbito de hijos de militares, en su mayoría conservadores, salvo algunos menorquines. Pronto se clarificaron nuestros roles: yo como el joven despierto y avanzado que ya lo ha probado casi todo, y él como aprendiz de todo, admirador de mi comportamiento hedonista y mi desparpajo frente a todo.

   Cada tarde fumábamos porros en mi habitación escuchando a Lou Reed, a Bob Marley, a los Rollings. Casi a diario comprábamos media barrita de chocolate al Seco, en la calle de San Jerónimo, por 500 pesetas. Fumando relajados en la habitación nos sentíamos jóvenes, inteligentes, atrevidos, con la sensación de comernos el mundo, aunque no del todo felices... es ley de vida que los jóvenes se sientan poco valorados, de alguna manera marginados por los adultos que dominan el verdadero mundo, el que realmente importa, la inapelable y trascendental existencia. Durante muchos años sentí como si mi juicio no valiera mucho, como si- al estar desprovisto de experiencia- la sociedad no me tuviera en cuenta para nada.
Bob Marley fumeta

      Pero ahora, haciendo balance con estas memorias, comparo mi experiencia durante la Transición  como un pez sirulo del pantano de Ribarroja, grande, amenazante, que se pesca con facilidad y enseguida se devuelve al agua, pues no es comestible.

     Quizá, a los 20 años, no era la edad adecuada para sentirse protagonista de la Historia, sino sólo un poeta sin poesía, un proyecto de escritor sin nada todavía por decir. En los bares me dedicaba a escribir diarios de vida efímera y poemas en exceso prosaicos. Aunque nadie me tuviera en cuenta, me veía como un artista rebosante de creatividad. Y en efecto, no creaba nada, sólo cuatro frases de ideas simplonas.

 

     La facultad de Periodismo, cuna de docentes de izquierdas, era un hervidero de reivindicaciones y protestas que buscaban ensanchar el cauce de la libertad de expresión en la incipiente democracia. Me impactan las asambleas en las que se defiende al periodista Xavier Vinader, exiliado desde hacía meses por razones de seguridad, acusado de inducción al asesinato por unos artículos que publicó en Interviú sobre la ultraderecha en el País Vasco, y que el juez relacionó con el atentado que costó la vida a dos de estos ultraderechistas. Vinader siempre se justificó diciendo que ETA conocía de sobra esos nombres. En 1981 regresó a España y fue condenado a 7 años de cárcel, siendo indultado por el gobierno de Felipe González tras intensas campañas de amplios sectores del periodismo. El juez que llevó el caso, Ricardo Varón, afirmó durante el proceso que “el periodismo ha llegado demasiado lejos, y hay que pararle los pies”. Es admirable la actitud solidaria de los profesores, como el periodista Guillem Díaz-Plaja, miembro de una saga de intelectuales, quien no obstante tenía tal aire de superioridad –tal vez era sólo timidez- impartiendo sus clases, que nunca miraba a sus alumnos, sólo a la pared del fondo de  la clase. Mejor así, no se daba cuenta de los porros que nos fumábamos ya de buena mañana.
    
Era habitual llegar a la Universidad y darnos la vuelta porque se sucedían las huelgas, por cualquier motivo, decididas en asambleas con votaciones a mano alzada. Si le añadimos las faltas de asistencia de los profesores, calculo que no llegábamos a recibir ni el 50 % de las horas lectivas programadas. Ir a la facultad era como ir de excursión al campo; tomabas un tren para salir de la ciudad, y una vez en Bellaterra decidías si te quedabas en el bar o te tumbabas en el césped del campus, o si asistías a una clase interesante que por casualidad se impartiese. No ha habido ni habrá en España una época más libre que la Transición.

   En realidad decidí estudiar periodismo para ligar más. No es una “boutade” como las de mi época infantil, de hecho,esto mismo lo he oído decir a más de un reconocido periodista. Antes de matricularme apenas había escrito, mi redacción era ingenua, sin gracia, la propia de un adolescente común. Conservo una entrevista que hice a Alberto Vergés, compañero de residencia y de facultad, para la asignatura “Redacción Periodística I”.

 

Xavier Vinader fue todo un referente

para los estudiantes de Periodismo

durante la Transición

      Escribí a modo de presentación: El entrevistado es un joven alto, delgado, natural de Mallorca. Tiene el pelo largo y viste de sport, generalmente con americanas y gabardina larga. Es introvertido y poco hablador y se le ve habitualmente rodeado de la misma gente”. Parece la redacción de un niño. Las preguntas tipo encuesta eran vulgares. Por suerte, el chueta era ingenioso.

Pregunta: Dime un libro y un autor preferidos.

Respuesta; “Escupiré sobre vuestra tumba”, de Boris Vian. Como autor preferido, William Burroughs.

P: ¿Cómo te ves a ti mismo?

R: De una forma más o menos normal, más maduro que muchos y más incompleto que bastantes.

P; ¿Tienes muchos vicios?

R: Los corrientes entre la gente de mi edad…” (no quiere especificar)

P: ¿Te cae mal la gente?

R: La inmensa mayoría.

P: Dime un pensamiento con el que te identificas.

R: “¿Es el hombre un error de Dios o Dios es un error del hombre?” (Nietzche)

 

     Otro ejemplo de mi redacción simplona es un texto que escribí “in situ” en el parque Vil.la Amèlia, cerca de la residencia de estudiantes. Son mis impresiones sobre una joven que se encontraba allí, el esfuerzo por definir cualquier experiencia, por naif que fuera. Seguro que me fumé un porro:

     “Atracción a través de miradas largas, escurridizas a veces, que reflejan claramente el deseo que se lleva dentro. Miradas jóvenes, puras, llenas de vida, que hacen escapar sonrisas. Mientras, las palomas juegan al difícil ritual del apareamiento. La joven, enfrente, cuida de que la ligera brisa no levante demasiado sus faldas, pues eso ya sería unir el sentimiento con el sexo, sería transformar la limpia mirada a los ojos en la visión de la carne. Mientras, una anciana disfruta viendo a una niña tirada en el suelo. Hay mucha diferencia de edad, pero ha habido vida entre ellas, que es lo único que vale. La anciana ha tenido una vida larga que ha de pasar a la niña”.

     Reconozco que no sabría escribir un libro, pero sí podría decir sobre qué escribiría un libro. Si pudiera ordenar los cientos de ítems recopilados pacientemente, tales como ideas sobre el hecho de escribir, pinceladas de mi existencia, información cultural, bosquejos, instrucciones, curiosidades, frases de sabios, y otros engendros inclasificables.

     En febrero de 1980 me acerqué a los carnavales de Vilanova i la Geltrú, los primeros que se celebraban tras la Dictadura. Mi estado de embriaguez impidió el recuerdo lúcido, salvo una sensación de felicidad primigenia compartida con toda la gente que me encontraba por las ramblas. De éxtasis colectivo. Yo en particular no necesitaba alicientes como esta fiesta liberadora, pues no vivía embridado el resto del año. El exceso de alcohol y drogas lleva al abrazo con el desconocido, diluyéndose las diferencias ideológicas y sociales. Hay reminiscencias con la religión de Dionisio, el dios salvaje de lo orgiástico. En los días de Carnaval se transgreden las normas, se invierte el orden y los valores. Representa, por ello, un instante punk, pero yo era punk todo el año.


* Xavier Bonastre: Periodista, presentador del área de deportes en los noticiarios de la televisión pública catalana, TV3.