EL MECHERO BUNSEN

Maneras de perder el tiempo / La única metáfora de mi vida

Afición a guardarlo todo / Concierto de Lou Reed ’79

Primera prostituta / Embarazo de Marusiña

El lenguaje limitado /  La discoteca Hilarios de Salou 

     La causa más probable de lagunas en mi memoria, y de la pobreza vital e intelectual de lo que aquí escribo, es los miles de porros que he fumado a lo largo de mi vida. También podría ser que no he vivido tantas experiencias dignas de contar como siempre he creído. Al final, a pesar de revolverme tanto contra ello, sólo pertenezco a esa legión de periodistas fracasados que sólo tienen cuerda para contar burdamente las cuatro experiencias de su juventud vividas en su pueblo, y ahí se acaba su carrera literaria. Siempre me he preguntado si merezco calificarme como periodista, mucho menos como escritor. Por fortuna, soy persona muy crítica, y mis carencias en la memoria las puedo sustituir con mi gran capacidad de análisis, y descubrir así las claves de mi pasado.

     A esta relación entre recuerdos y hachís se unió un extremo hedonismo intrascendente, y la consiguiente pérdida de tiempo buscando un placer sin sustancia, tan sólo sexo por sexo. Tras su ejecución nada más queda un gran vacío. He perdido muchas horas, días enteros persiguiendo a las mujeres por la calle… las deseaba tanto que buscaba cualquier oportunidad de seducirlas si la ocasión era propicia, pero en el fondo era un caballero. Mi deseo por las mujeres voluptuosas era cegador,  parecíame que el cerebro se me llenaba de testosterona y no había otra salida que dejarme llevar por los instintos más primarios.  En la mayoría de los casos ni se percataba la mujer de mi seguimiento. En otras ocasiones, tras un saludo discreto por mi parte, ella me indicaba su rechazo con un gesto de indiferencia o una actitud contrariada. En la práctica, nunca conseguí apareamiento con mujer usando este método.
 Miento: una noche yendo en coche por la calle d'Orosi, cerca de la estación de tren de Tarragona, divisé dos mujeres rechonchas, una muy bajita pero de enormes curvas. Al pasar a poca velocidad por su lado les grité: "¡Guapas!", y la pequeña me respondió: "Gracias".

Hice la vuelta a la manzana, pasé de nuevo por delante de ellas y les invité a tomar algo, a lo que accedieron. Volvimos a vernos los tres una tarde, y paseando por el espigón me pidieron que me decidiera por una de las dos. Lo hice por Mary, la bajita. Durante casi diez años estuvimos viéndonos de tanto en tanto en mi casa para tener sexo por sexo, también cuando ella tenía pareja.

     Asimismo, en mi vida he perdido mucho tiempo drogándome, principalmente con el hachís, divirtiéndome con los amigos o simplemente viendo una película en casa. Y por último, también puede considerarse una pérdida de tiempo mi ansia de un saber disperso, irregular, con una actitud anárquica en cuanto a la planificación de mi vocación o aficiones. Propia de alguien sin objetivos laborales claros en la vida, o con el objetivo de no marcarse objetivos, con una amplia horquilla de libertad para aceptar todos los cambios profesionales o vitales.

     Por comodidad, por aprovechar al mismo tiempo mi ansia de placer y de saber, mi actitud ha sido siempre mantenerme a flote, y dejarme llevar por un río de abundante caudal -el conocimiento y el placer-, en un amplio cauce -la existencia. Sólo he nadado para, en ocasiones, agarrarme a algunas ramas de la orilla -una experiencia concreta o un vicio-, recobrar fuerzas y soltarme para  ser de nuevo arrastrado por la corriente. Ésta es la única metáfora que he creado en mi vida. Me he sentido siempre como un laboratorio de pruebas, lo que he conseguido hacer -con mérito- por mi innata capacidad de esfuerzo, por cierta fortaleza mental frente a una vida que desde mi juventud imaginaba que iba a ser poco agraciada.
     Por el ansia de abarcar un saber enciclopédico, y la lógica falta de tiempo para lograrlo, por un carácter inquieto contrario al esfuerzo rutinario, nunca he profundizado en algo. No me he especializado profesionalmente, siempre he sido un pobre aprendiz.
     Tengo suerte porque mi afición a guardar todo lo que ha tenido un vínculo conmigo, no digamos emocional, me puede ayudar a partir de ahora a recordar y a expresar más vivencias de lo que creía, si bien nunca serán grandes experiencias pues en este caso me acordaría de ellas sin necesidad de apoyarme en estos recuerdos físicos. El interés de estos pequeños recuerdos dependerá de mi talento para extraer aquello que tengan de paradigmático y universal. No es necesario tener una gran vida para crear algo bello. El artista sobre todo debe mirar a su interior, para expresar su estética particular  y enriquecedora de su existencia.

     Guardo en una caja desde hace tres décadas paquetes del tamaño de un puño que contienen todo tipo de pequeños objetos, papeles con frases, tickets, tarjetas, todo aquello que me gustó y que acerté a pensar que en el futuro me daría placer recordarlo.
     Sentiría un gran pesar por abrir esta caja y desmenuzar los paquetes –quizá ya se los han comido la legión de pececillos de plata**, un insecto urbano mitad sardina mitad ciempiés, gran devorador de papel de periódicos. El acto de descubrir estos paquetes deviene mágico porque es único, nunca volveré a repetir algo similar. A no ser que esperara 30 años más, y siguiera con mi afición a coleccionar ese -digamos- acopio de materiales más propios para un collage o un mertz. No sé el motivo por el que hace ya muchos años dejé de elaborar los paquetes y guardarlos.  Quizá lo sustituí porque empecé a guardar otras cosas, más frases o ideas que objetos, lo que yo llamo “ítems” o unidades de información: ideas literarias, proyectos personales, aforismos, curiosidades. También con la llegada de la madurez, y un mínimo poder adquisitivo, puedo atesorar objetos más valiosos como libros, películas, láminas para encuadrar, fotografías…

      Por ejemplo, la entrada al primer concierto de música que experimente en mi vida, el que dio Lou Reed el 4 de octubre de 1979 en el Palacio de los Deportes de Barcelona. No recuerdo qué fue primero, si llegar a nuestros oídos canciones contundentes como Heroin –un himno del rock, prohibido en España hasta 1976-, o que mis amigos comenzaran a flirtear con la heroína. El músico neoyorquino nos parecía un ángel malévolo y apocalíptico, portador del mayor de los vicios, la voz de los automarginados y drogadictos –como nosotros-, alguien que venía de la calle.
     Su poderoso rock y su transgresora imagen, aunque no entendía sus letras, me transmitían una atractiva autodestrucción, un sordo sufrir, la excrecencia de la ciudad, en fin, una dolorosa liberación. Era el Príncipe de la Oscuridad, que regresaba del infierno ofreciéndonos el conocimiento de lo terrible. Fue durante mi juventud más salvaje el cronista del lado peligroso de la vida. Décadas después supe que mi ídolo de juventud vivía en pareja con Raquel, un travesti mexicano.

     Con todo, Lou Reed era para mí un mito viviente. En cuanto apareció en el escenario –me situé lo más cerca posible- al tiempo que se oían los acordes de Sweet Jane, una de mis canciones fetiche, sentí una emoción total, y mi grito liberador de placer se unió al de miles de jóvenes cómplices. Ehhhhh!!! Estaba viendo a una decena de metros al creador de la música que potenciaba el placer de las drogas que consumía. Es un tópico, pero juro que largos escalofríos recorrían mi espina dorsal. Fueron instantes maravillosos, en una comunión colectiva, bajo el manto de unas canciones que transmiten poesía, rebeldía, fuerza… arte vivo. Con el himno “Heroin” sonando al máximo de decibelios mi cuerpo vibra y mi mente se revuelve en un mar de sensaciones a cada nuevo punteo de guitarra y cambio de ritmo. Difícil saber si Lou Reed pretendía dar ejemplo, si era consciente de que podía incitar al consumo de una droga nefasta, por no decir mortal. No era un sádico que disfrutara con el mal ajeno, sólo un artista que reflejaba, eso sí, un aspecto desagradable de la vida, una cruel realidad, y no procede la censura.

Heroína, vas a ser mi muerte

Heroína, eres mi mujer y mi vida

porque una dosis en mi vena va directamente al centro de mi cabeza

y entonces me siento mejor que muerto

     Aparece en escena vistiendo un estrecho pantalón vaquero y una sobria camiseta color tierra, que realza una generosa barriga. No parece un drogado moribundo como algunos quieren verlo. Ya está de vuelta de todo y su autodestructiva imagen de heroinómano cadavérico parece archivada. Ha escapado de un siniestro laberinto personal, de años de fuego y sordidez; cuando roto por el alcohol y la heroína tenían que sacarle en brazos a los escenarios; cuando estuvo “muriéndose” –decían- varios años.
     En un palacio de los Deportes a rebosar se le ve pletórico, lleno de energía positiva. Pero sigue siendo un provocador y, tras el descanso, comienza a dirigir a los músicos como si fueran una orquesta, interrumpiéndolos a menudo. Micro en mano, se sienta en el borde del escenario para cantar a capela o recitar con sencillez sus canciones, que en realidad son poemas. No era cuestión de cansancio, más parecía sentirse inspirado, frente a unos pocos amigos, con una voz insinuadora como único instrumento –quizá no eran necesarios más sonidos-, susurrando dramas urbanos, relatando la miseria y decadencia en lo profundo del hombre occidental.
     No me sorprende su pose de artista, pero intuyo que su comportamiento no es normal, que algo no funciona. Lou Reed es un héroe eterno que dignificó el Rock and Roll. Llevaré su música incrustada en mis neuronas para siempre, conformando la estructura de mi cerebro, y por tanto, mi actitud ante la existencia.

     Para unos fue un concierto magistral, para otros, una tomadura de pelo. Desorientados los cronistas bien pensantes de la época, afirmaron en sus relatos: “Observamos a Lou Reed muy en plan de director de orquesta. En todo momento daba directrices a los miembros de su banda, a quienes, aunque eficaces, se vio muy atados a lo que Lou deseaba en cada instante”. La versión oficial fue que en el intermedio se tomó unos vasos de vino tinto de garrafa. Lo cierto es que algo se tomó que alteró su mente y le provocó esa actitud indolente y desafiante. Actitud que no desentonaba con la filosofía de los jóvenes vanguardistas de la época. “Recibió pitos y aplausos, según el hombre estaba más calmado o bien le daba ritmo a la cosa”, dijeron los periodistas musicales.

     Mi tiempo de ocio en Barcelona transcurría, sobre todo, a ambos lados de la Rambla de les Flors. En el barrio del Raval, donde iba a comprar sexo y chocolate, y en la plaza Real, cuando salía de fiesta. Bajaba la Rambla desde la Font de Canaletas hasta el mosaico de Miró, entraba por la calle de Sant Pau, giraba a la izquierda por la calle de Sant Ramón y en la calle las Tapias aparecían las lumis esperando en las aceras. Allí tuve mi bautismo de fuego con una prostituta. Te acercabas, negociabas el precio, informándote de los servicios que ibas a recibir –daba mucho morbo preguntarle si también la chupaba-, y subías a una pensión de mala muerte donde tenías que pagar por usar un rato un catre con las sábanas ya usadas, en habitaciones separadas por finas paredes, si las había -a veces eran simples plafones, incapaces de procurar un mínimo de intimidad. Fui en menos ocasiones de las deseadas, dada mi precaria economía por no ser más que un estudiante. En esa época me resultaba muy difícil ligar con una chica, y menos disfrutar de su cuerpo sin engañarla ni comprometerse a una relación de pareja. O tenías novia o ibas de putas. Por ello me masturbaba varias veces cada día, vaya, que me mataba a pajas…

     En una ocasión me quedé absorto con una lumi madura y obesa, de largo pelo negro rizado, de exótico aspecto racial, donde destacaban sus grandiosos pechos, que fueron los que me decidieron pagar por disfrutar de ellos. Era tal mi deseo que una vez en la cama, sin pensarlo me afané en chuparle su coño como si fuera virgen, como un poseso. No he podido olvidar unas manchas oscuras que tenían sus labios mayores, supongo causadas por tanto uso. Ella se dejó llevar, gimiendo cada vez más, mostrándose como un ser humano. Si alguien lee esto pensará que fingía, pero no tenía sentido que se prestara a ello, no estaba obligada a dejarse chupar y menos a simular que gozaba. Yo me sentía un triunfador dando placer a una profesional del sexo, a una mujer en principio fría, habituada a copular varias veces cada día, con hombres distintos, desconocidos, como un mero trabajo, a reprimir sus deseos y así mantenerse en forma a la espera del siguiente cliente.

Foto: Colita

     Había olvidado su deber como prostituta de procurarme placer, y yo me sentía cada vez más lujurioso. Tras los sonoros gemidos que acompañó al orgasmo me dispuse a recibir una inolvidable felación en compensación a mi entrega sin escrúpulos. Pero se impuso la sórdida realidad, con un gesto de gran egoísmo me exigió que copuláramos para orgasmar con rapidez.
     Las prostitutas, en especial las más adultas, son bastante limpias. Le lavan a uno y se lavan ellas antes y después del acto sexual. Después de una felación hacen gárgaras con vinagre. Pasan sus revisiones médicas periódicas, no pueden permitirse averiar su instrumento de trabajo.

     Una noche fui a ver a un grupo teatral que se presentaba en un local cercano a las Atarazanas con una obra vanguardista. Sobre las nueve de la noche, a la altura del tramo de los pintores de la Rambla, entré por la calle Santa Mónica, que estaba a oscuras. Sin poder evitarlo tres individuos corpulentos me rodearon junto a la pared y uno de ellos, con cierta crueldad, preguntó quién me sacaba la navaja. Me enseñaron una de hoja pequeña, pero suficiente para que les diera las 2.000 pesetas que llevaba para ver a la Fura. Tuve que esperar 15 años para verlos por primera vez en el refugio nº 1 del Moll de Costa de Tarragona, en una performance primitiva y surrealista nominada Manes, donde unos tipos bajaban del techo colgados como si fueran larvas…
      Nunca tuve miedo de recorrer las calles de Barcelona aunque fuera de madrugada. A esas horas la Rambla era digna de observar. Ya sólo quedaban prostitutas, drogadictos, travestis, borrachos… y los kioskeros. Después de salir de copas por los bares de la plaza Real, como el años más tarde afamado Sidecar, regresaba siempre andando a la residencia Muñoz Grandes, a falta de transporte público. Habituado a correr largas distancias desde niño, los escasos seis kilómetros de distancia los cubría en solo una hora. Recorría las Ramblas henchido de vida, cruzaba la Plaza Universidad, zigzagueaba por el Eixample hasta dar con la calle Urgell, seguía por la avenida de Sarriá, giraba por el paseo de Manuel Girona y ya estaba en Capitán Arenas. Tan solo un ejercicio físico.

     Cada dos o tres semanas visitaba a mi familia en Hospitalet de l’Infant, en buena medida para sin rubor pedir dinero a mis padres, sabiendo que parte de él lo destinaría a la adquisición de hachís. En uno de esos fines de semana en el pueblo, en una noche de torinales en el pub Camel, conseguí seducir a la Marusiña, una amiga gallega que se vio atraída por mi grupo de amigos desinhibidos. Aunque era delgada, su mezcla de timidez y cierta atracción por la irracionalidad, me inspiraba bastante morbo, así que en una ocasión nos tumbamos a folgar en un olivar bajo la Luna llena, y otro día tuvimos sexo en una casa en ruinas cerca del pub, junto al cauce seco del río Llastres. Me senté sobre un muro de piedra y ella se clavó en mi pene. Recuerdo estar muy erecto, y ver aparecer del glande el líquido pre eyaculatorio, así que por carecer de un condón no orgasmé dentro de ella, haciendo la marcha atrás.

     Nunca fui un joven tan alocado como para no tomar precauciones. Mi padre, que era un hombre parco en palabras, por ello mismo contundente con las cosas que me decía, me aconsejó cuando encontró un condón en mi pantalón: “Debes tener cuidado con dos cosas: con las enfermedades venéreas y con…”, dibujó con un gesto la curva de un embarazo. Marusiña se quedó preñada.
     Pero no había amor, ni siquiera atracción, sólo deseo, así que enseguida acordamos que debía abortar. Tener un hijo para mí hubiera supuesto abandonar la carrera que justo iniciaba, y no ser feliz en el caso de que compartiera mi vida con ella. Estando embarazada se acercó unos días a casa de su hermano en Barcelona. No era muy atractiva, pero tenía un cuerpo de modelo. Era delicioso hacerle el amor, y parecía gustarle clavarse en mi pene. Una tarde que fuimos a un cine del Paseo de Gracia nos calentamos de tan manera viendo la película que entramos en el lavabo para hacer el amor. Hay una época prístina que todos pasamos en la que no disponemos de un lugar donde tener sexo y debemos echar mano del ingenio para encontrar un lugar discreto y cómodo. Cuando salimos del wáter había acabado la película y cerrado las puertas. ..Marusiña encontró sin mi ayuda una clínica clandestina de Valencia donde pudo abortar. La he visto varias veces paseando por Tarragona con sus dos hijas… siempre me ha invadido cierta pena, ahora que no tengo hijos. Un aborto es siempre un fracaso. Te va minando la propia ética, te sientes un asesino toda la vida.

Lenguaje limitado

     Me pregunto qué interés tiene para un lector desconocido explicar este hecho escabroso. Ni siquiera aunque estuviera escrito con arte, con un innovador estilo literario. En principio escribo para mí, pero no voy a ser hipócrita diciendo que no deseo conseguir con este relato una obra digna de publicarse. Me juego con estas memorias saber si soy capaz de escribir bien, si tengo talento, si poseo la riqueza temática y estilística necesaria para escribir. Soy un crítico despiadado conmigo mismo. No acepto un mínimo de vulgaridad. Detesto la mediocridad. Al menos no soy un ingenuo. Soy tan perfeccionista que voy siempre con el freno echado, y eso me produce inseguridad. Tengo muchas neuras o miedos frente al hecho de escribir. Una de éstas es que considero que el lenguaje es un instrumento limitado, y que su combinatoria puede llegar a hacerse repetitiva. Que hay más experiencias e ideas que recursos estilísticos posibles, por lo que llegaría un momento en que me repetiría. También intuyo que no me queda suficiente vida para expresar todo lo vivido y pensado, y me horroriza la idea de que un lector avezado pueda un día descubrir en mis textos alguna palabra o frase ya utilizadas. Le tengo pánico a esta posibilidad, pues significaría toparme con el techo de mi creatividad, de mi inteligencia, mi muerte literaria, un trágico final a mis deseos innatos de explicar cosas. Cuanto menos, sería tomar conciencia de que las artes tienen un límite, de que un día se agotará la literatura.
     En un solo libro es fácil variar el lenguaje, pero ¿en toda una obra literaria? Sería un fracaso estrepitoso acabar repitiéndome, aunque lo hiciera 30 años después de mi primer libros. Cuanto menos, si no me repito a mí mismo, algún día repetiré a otro autor, y creerán que le he plagiado.
     Si bien los poetas, a los que admiro, parece que demuestren una riqueza de lenguaje sin fin. Que por muchos poetas que surgen en las próximas centurias las metáforas, la expresión de ideas, sensaciones, las habilidades artísticas van a ser inéditas. Pero es una verdad empírica que jugar con no más de 2.000 palabras tiene un límite. Aunque la fórmula matemática sea “combinaciones de 2.000 elementos elevado a la 2.000 potencia”. ¿No se ha agotado la música clásica, el Rock, y se está agotando el Cine? Llegará el día, aunque tarde mil años, en que la Literatura será repetitiva, si no en los temas o su contenido –pues habrá cambiado la sociedad y la mente humana-, sí en cuanto a los recursos expresivos.

     Dejémonos de divagaciones. Antes que preocuparme por la finitud del estilo debería preocuparme por la finitud de temas que puedo relatar. El siguiente y último asunto de este capítulo es el referente a la discoteca Hilarios de Salou. Fue tan sorprendente y excepcional su existencia, que me cuesta creer que realmente existió. Me gustaría conversar con alguien que también la recuerde. Siempre he mantenido la tesis de que la modernidad –es decir, la movida, no limitada ésta a un movimiento centrado sólo en Madrid- comenzó en la discoteca Hilarios a finales de los ’70. Fue coetánea del Rey del Pollo Frito, Ramoncín, un caso aislado en realidad precoz, pero inasimilable por los más avanzados. Recordemos que allá donde tocaba era recibido con el lanzamiento de huevos. Hilarios funcionó antes que la Zeleste de Barcelona pasara por su tamíz de modernidad, y antes de que Almodóvar cantando travestido y Alaska vulgarizaran y -por tanto- traicionaran, la ética punk.

     En un vistazo somero, lo que nos unía a los jóvenes que recalábamos en la Hilarios eran el sexo, las drogas y el rock and roll, lo primero demasiado escaso, para mi gusto. La famosa canción de Ian Dury definía nuestra generación. No cargábamos con el peso de un pasado gris, casposo, tenebroso, y nos sentíamos espíritus libres. Deseábamos conocer nuevas músicas, exigíamos vanguardismo a todo lo que nos afectase. No mesurábamos el riesgo de probar nuevas drogas, aceptando ese precio con tal de ser libres. Hachís, LSD, anfetamina, heroína, speed, cocaína… No teníamos prejuicios sexuales –un amigo hetero se metió en el lavabo de la Hilarios para probar la felación de otro amigo de tendencia gay. Ensanchando la mente…
     Del grupo yo me mostré siempre el más moderado -quizá por ello ahora puedo contarlo. Nunca, como sí hacían mis amigos, me puse un pendiente o piercings, ni me pinté los ojos, ni me dejé una cresta en medio de la cabeza. Tener una chupa negra de cuero era un lujo, me conformaba con una bomper negra.
     Recalábamos en la Hilarios menos de lo deseado, pues Salou se encontraba a 20 kilómetros y nadie tenía carro. No desmerece un relato el hecho de reproducir textos de escritores o periodistas. Cuanto menos es un merecido homenaje. Al fin y al cabo, desde las pinturas de Altamira, todo lo que se ha hecho después en Arte ha sido un plagio..    
     Como deferencia a alguien que también vivió aquellos años de ideales y excesos, César Galiano**, autor de una novela enmarcada en el contexto de esta discoteca, “La generación inexistente”, voy a transcribir unas líneas suyas que expresan mejor que yo el espíritu de aquella movida: “Era un local muy especial. Allí acudíamos los miembros de todas las tribus, los que detestábamos las discotecas tradicionales y concebíamos la música como un fin y no como un medio para ligar. En Hilarios había punks, pops, skás, mods, pijos rebeldes, mariconas exageradas, tíos realmente peligrosos, traficantes y muchos más elementos de la noche urbana. Unos llevaban los pelos de colores, otros tenían las chupas llenas de chapas, otros iban rapados y otros, bueno, yo qué sé. El caso es que nos llevábamos bien, o al menos nos soportábamos. Hilarios era el reducto de los marginados, de los chalaos y de los amantes de las cosas raras”.

* Pececillos de plata (lepisma saccharina): insecto alargado y de aspecto metálico, coetáneo a los dinosaurios, por lo que podría considerársele un fósil viviente. Vive en lugares húmedos y oscuros, donde haya libros y papel. Es muy longevo, pudiendo alcanzar los ocho años. Uno de sus depredadores naturales es la tijereta.

* *Ahora entiendo porqué a finales de 2013 no respondía desde Facebook a mi deseo de comprarle este libro… falleció en 2012. Descanse en paz.

FIN CAPÍTULO 16