EL MECHERO BUNSEN

Primeros días en la Residencia de Estudiantes

Incidente con los veteranos /  La limpiadora Dolores

De "fachas" y rojos / Dos registros lingüísticos

De las manifestaciones estudiantiles y la memorable paliza a garrotazos

     Un nuevo horizonte aparece en mi vida. Me matriculo en la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Autónoma de Barcelona (Bellaterra). Nunca me había planteado estudiar en una universidad –oh, templo de la Sabiduría- y me siento excitado. Aunque, sin ánimo de ser vanidoso, hasta mi madurez ha sido normal que cada dia me ocurriera algo especial, anormal o inesperado, en definitiva, placentero. Intuyo que no va a ser difícil aprobar las asignaturas de Periodismo, ya sea estudiando o copiando, y me matriculo también en la facultad de Derecho, Universidad Central, en la avenida Diagonal. Me tira la política.
     Viviré en la residencia de estudiantes Muñoz Grandes, para hijos de militares, sita en la calle Capitán Arenas, barrio de Sarriá (Barcelona). El coste de la estancia es prácticamente cero. Las clases de periodismo son por la mañana, y deberé coger sobre las 8 AM los Ferrocarriles Catalanes en la estación Reina Elisenda, a unos diez minutos a pie de la residencia. A las clases de Derecho, en horario de tarde, podré ir andando.
      Me asignan una habitación individual con vistas a Capitán Arenas. En el comedor somos servidos por camareras. Hay una peluquería, a cargo del Pepe, quien alardea desde su cuerpo ya enjuto que de joven era capaz de pegar siete polvos seguidos, hasta hacerse sangre en el pene. Al otro lado del área del televisor hay un pequeño bar donde sirve el Luis, un tipo socarrón. Se paga con talonarios de vales cuya importe se carga en la cuenta de los padres. La dirección del centro corre a cargo de un comandante del Ejército de Tierra. Cada día nos limpian las habitaciones.

     En cuanto me instalo en la habitación fumo unos porros para disfrutar del momento. Llega la noche y recibo la visita de una decena de veteranos dispuestos a darme una divertida, escabrosa y escatológica bienvenida. Imagino que las novatadas no serán tan duras como en el Colegio de Huérfanos de la Armada. Tengo la suerte de que mi hermano estuvo alojado unos meses el curso anterior, y se ganó a todos con su don de gentes. Me lo  van a recordar durante años: “Tu hermano es un tío cojonudo… tú no eres como él”. Con todo, me interrogan y registran todas mis pertenencias, hasta encontrar el librito de papel de fumar. Amenazan con enseñárselo al director y, recordando el episodio también en relación al hachís ocurrido hace solo un año en el CHA, comienzo a ponerme muy nervioso…intento recuperarlo, no puedo aceptar otro problema y expulsión a causa del hachís y me acerco al ataque de nervios, pero ellos no saben de mis experiencias anteriores, soy sólo un puto novato, una simple página en blanco. A cada nueva amenaza relativa me desespero más…  tratan de agarrarme y reducirme en la cama, pero ya me he convertido en un manojo de miembros agitándose sin orden, gimiendo, gritando, la mente en blanco, sólo animalidad, luchando por mi supervivencia en un mundo donde parece que sólo sobreviven los más fuertes. Es la única vez en mi vida que pierdo la razón.
     Los estudiantes se dan cuenta de mi histeria y tratan de calmarme con buenas palabras. Deciden irse pronto y no vuelven a molestarme ni a hacerme novatadas nunca más. Supongo que por haberles inspirado cierta pena, mostrándome un ser débil, tanto por fumar porros como por  haber afrontado la amenaza de chivatazo como una histérica. He adoptado la actitud más fácil, el lloriqueo extremo, el refugio en la respuesta desmesurada e irracional. La habitación queda deshecha y yo exhausto, tanto que no voy a clase el primer día… bueno, no voy a la Universidad durante el primer mes. Fumar porros hasta altas horas de la noche me impide levantarme temprano. El hachís me produce pereza física y mental. No asisto ni a una sola clase de derecho en todo el curso.
     El segundo día encuentro una nota en mi habitación, junto al cenicero lleno de colillas de los veteranos, escrita por la mujer que limpia en mi pasillo, Dolores: “A ver si no ensucias tanto, guarro”. Me excuso ante ella y le explico la razón de tanta suciedad y desorden. En los próximos años, voy a ser su residente favorito, el único con quien ella establecerá una conexión especial, como una amiga, confidente y madre. No sólo mi habitación va a ser el lugar de reunión de todas las mujeres que limpian, también seré el único estudiante del que Dolores se va a fiar y va a entrar sin llamar estando yo dentro, ya sea despierto o durmiendo. Una gran mujer que quedó viuda demasiado joven, atractiva y empática, que con su confianza me halagará cada día y me proporcionará un recuerdo maravilloso que me alentará cuando baje la autoestima.

   Del centenar de estudiantes, destaca un núcleo duro de fachas, liderado por un tal Palmer, alto, rubio, buenos modales, glamuroso, que alardea de coche descapotable. Eterno estudiante de primero de Derecho, siempre se rodea de acólitos a los que adoctrina con sutileza. Cuando conoce de mi deriva a la izquierda me tranquiliza asegurándome que él en particular no me va a acosar, y que sólo lo hace por el buen recuerdo que tiene de mi hermano. Hay otros fachas de perfil más agresivo, como el que llaman “el Muerto”, quien debe presentarse una vez al mes en Comisaría por haber pegado fuego a una sede de Comisiones Obreras. O el estudiante de Derecho Juan de Dios Heredia, de Tarragona, un fetichista de la parafernalia militar y nazi, también violento. No pasará mucho tiempo para verle nervioso tratando de preparar una falsa coartada tras ser identificado en una de las habituales razzias de fachas en las que apaleaban a estudiantes de Derecho. También abundan los niños pijos de derechas, de Lacoste y Levi’s Strauss etiqueta roja. Y los mallorquines, sabios, moderados, siempre reservados en sus manifestaciones políticas.Por suerte hay un grupo de rojos, sobre todo menorquines, y algún gallego, a los que me sumo de manera natural, aunque al siguiente año se van a ir todos y voy a quedarme prácticamente solo frente a una camada de dóbermans. Sintiéndome respaldado por mis amigos rojos en los conflictos internos, cometo la osadía de poner en evidencia a Palmer en un enfrentamiento con gritos y amenazas entre ambos grupos, fachas y rojos, y los primeros se encargarán de recordármelo en el futuro.

    Las principales carreras están representadas en el Muñoz Grandes. Abundan los estudiantes de Derecho, de Arquitectura, de Medicina, o de Farmacia, expertos en las anfetaminas de curso legal. Comienza también periodismo Alberto Vergés Aguiló, chueta (descendiente de judíos conversos que se quedaron en Mallorca tras la expulsión), alto, gran nariz aguileña, que ya ha escrito una pequeña obra teatral, “Racón ha muerto”. Demuestra la sabiduría y sagacidad propia de los judíos comentando con sorna y risa sardónica cada gazapo que aparece en la televisión, y también eligiendo en Tercero de carrera la rama de Publicidad en vez de la opción de Periodismo. Supongo que con esta decisión busca mejores perspectivas económicas.

     Aunque mis padres me dan dinero para gastos y puedo sisarles algo con la falsa excusa de que necesito comprar libros, decido trabajar en cualquier cosa para disfrutar de un dinero extra. Primero ofreciendo puerta a puerta cursos de informática, la que ya era profesión del futuro, pero sin sueldo fijo, todo a comisión. Vendo un miserable curso en unas semanas. Más tarde, lo intento con las enciclopedias Larousse, y lo mismo, sólo coloco una en una vivienda de trabajadores de la Zona Franca.

     En mi deambular por el magma de edificios sin orden que representa Barcelona –salvo el Eixample- me topo con un edificio singular que me fascina. Más que a vender me dedico a pasear por sus pasillos, algunos llenos de plantas, y me embeleso oteando el área metropolitana. Se trata del laberíntico Walden 7, obra del ya prestigioso arquitecto sin título Ricardo Bofill. Originalmente denominado “Ciudad del Espacio”, por definición se unen en él la filosofía y la arquitectura, y pretendía simular una pequeña ciudad en vertical con viviendas autogestionadas. La intuición no me falla porque enseguida percibo que el edificio alberga un profundo halo estético y ético.
     Consigo dinero extra yendo de vez en cuando al “vampiro” , que así calificábamos el donar sangre: por medio litro te dan 2.000 pesetas y un bocadillo con una fanta para reponer fuerzas. Intenté donar también mi semen, en una institución, el Banco de Semen, gestionada por el prestigioso doctor Simón Marina, quien se excusó confesándome que mi semen no era suficientemente rápido para una exitosa inseminación artificial. Aunque no infértil, como pude comprobar en la práctica poco tiempo después. La causa tenía que buscarla en el consumo de hachís.

      Acabé mi etapa como comercial vendiendo unas enormes cajas de cerillas para ARANS (Asociación para la reeducación auditiva de los niños sordos), que no era más que un timo, vaya. Con esto sí obtengo ganancias, sobretodo, cuando tras ir a buscar más género, decido quedarme todo el producto de mis ventas –los jefes no insistieron mucho en que les diera las ganancias-, que es copioso sobre todo cuando imito con éxito a un sordomudo, pidiendo además la voluntad, en las casas pudientes de Sarriá y la Bonanova.
     No eran trigo limpio estos de ARANS, así que sólo se trató de robar a un ladrón. Si un día me quedo sin dinero, agarro unas cuantas cajas y en un par de edificios obtengo lo suficiente para ir a la calle de San Jerónimo a comprar chocolate. 

La última cerilla de la última caja...

    Todavía guardo una caja donde queda una del total de 1000 cerillas... me recuerda a la aguja de piedra que hay en la antigua cantera del Médol, cercana a Tarragona, respetada durante siglos por los constructores romanos como muestra del nivel excavado y de sus deseos de eternidad.
    Soy un universitario pero también aprendo de la Universidad de la Calle. Suelo regresar a casa de mis padres en Hospitalet de L’Infant cada dos o tres semanas, en función de mis necesidades económicas. Un fin de semana descubro que mis amigos se han metido heroína por primera vez. Esta ausencia casual en el primer pico del grupo de amigos evitará por siempre que entre en el trágico mundo de la heroína, unido a mi condición de estudiante. Seguiré con ellos, pero sólo como observador de sus descensos a los infiernos, incluso alguna vez les ayudaré bombeándoles la sangre con la chuta.

      Será ésta una dualidad que me acompañará en los próximos años: puedo pasar una tarde de domingo con mis amigos yonkis y delincuentes en el pueblo, y a la mañana siguiente, por mi propia e innata curiosidad, en la Facultad puedo intervenir en medio de la clase o charlar con algún profesor. Mi capacidad de asombro es universal, no tengo problemas de timidez –de algo me sirvió ser de niño el payaso de la clase- y me adapto bien a los cambios de registro lingüístico y de -digámoslo así- profundidad temática. No es una pose, es una actitud natural ante la vida. Todo lo que veo me atrae, me obliga a pensar, a buscar la conclusión más satisfactoria. Pensar es un  placer comparable a otras actividades. No puedo dejar de pensar. Me llena si aprendo algo gracias a operaciones lógicas o a la intuición. Me siento recorriendo el camino de la Ciencia y del Arte. A veces mis pensamientos propios coinciden con los de grandes artistas o filósofos y, aunque evite mostrarlo sobre todo a los amigos asilvestrados del pueblo, en mi interior se produce una continua ebullición, un deseo todavía mayor por aprender. Mejor dicho, un deseo de experimentar, pero sin renunciar por ello al goce de los sentidos. Lo que pretendo a partir de ahora es unir conocimiento y diversión. Entiendo la Existencia como un continuo aprender, jalonada de experimentos de un sesgo lúdico. Intentando unir vida y saber, o vida y literatura. Que lo consiga o no es un buen asunto a dilucidar. Todo con humildad socrática. 
     Mienten aquellos que aseguran que la Transición Política fue un modélico proceso sin apenas violencia. Es un mito erróneo la idea de una Transición pacífica gestionada por meritorios estadistas. Si bien Adolfo Suárez destacó por su honestidad y valentía. La Historia con mayúscula ya le reserva un gran espacio.
      Pero la recuperación de las libertades suele ser en buena medida conquistadas por el conjunto de la sociedad, no por algunos prohombres, y prueba de ello es que sólo el pueblo es quien acaba pagando esos cambios con su sangre. Al margen de los asesinados por ETA, más de 100 personas mueren víctimas de una violencia política de origen institucional, que por encima de todo trata de mantener el orden establecido. A pesar de la reincorporación a la vida pública de los partidos políticos –gobierna UCD al mando de Adolfo Suárez- la violencia estatal, parapolicial y ultraderechista de la Transición se ceba, de modo especial, en los jóvenes que pelean por la ruptura democrática.
     A principios de 1977 tuvieron que morir asesinados cinco abogados laboralistas, a manos de militantes neofascistas, en su despacho de la calle Atocha (Madrid), para que fuera legalizado el Partido Comunista. Éste no es quizá el texto adecuado para hacer un listado de todos los asesinatos que jalonan la Transición. Sólo recordaré algunos a modo de contexto para evidenciar que ir a una manifestación en aquellos años no era un juego de niños. Mi experiencia en enfrentamientos con la policía era pobre, debido sobre todo a mi corta edad. Como explico en el capítulo XI de estas memorias, me impactó la violenta manifestación sucedida en marzo de 1977 en Tarragona, donde a punto estuve de ver la muerte del manifestante Rodrigo Najo, quien se precipitó al suelo desde un una altura de cuatro pisos, al parecer tras ser alcanzado por una pelota de goma cuando huía saltando por los balcones.
     También asistí en Tarragona a una concentración que pedía el Estatut de Autonomía, antes de su votación el 25 de octubre de 1979. Fueron años convulsos, de continuas huelgas y manifestaciones. Lo que voy a relatar me sucedió en un contexto de huelgas de Transportes, de Correos y funcionarios de Justicia y, por supuesto, de Centros Docentes. Estaba en proyecto la Ley de Autonomía Universitaria (LAU). Incluso hicieron huelga los repartidores de butano. De enero a octubre del ’79 se contabilizaron 1.539 huelgas, un 23 %  más que el año anterior.

     Participé en concentraciones en la plaza Universidad de Barcelona, donde se hacía necesario ser ágil y veloz para que no te alcanzaran las porras de los temidos “grises”. Si el prototipo de policía amparado por la dictadura franquista era un individuo que imponía un gran respeto, por su impunidad en el uso de la fuerza de manera arbitraria, los integrantes de las fuerzas especiales antidisturbios, seleccionados de entre los más altos y fuertes, nos provocaban un terror atávico.
     Con todo, era muy excitante correr sintiendo pocos metros atrás el aliento de los grises dando porrazos, con el riesgo de tropezar con otro manifestante o con una moto aparcada.

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¡Qué excitante era correr ante los grises!... pura adrenalina

    
    
Caer al suelo producto de la mala suerte era sinónimo de ser bien apaleado. Similar a correr delante de los toros en San Fermín. El gran periodista y fotógrafo de guerra, Gervasio Sánchez, amigo de estudios desde el bachillerato, también fue en estas fechas compañero de carreras y adrenalina. Se trataba, por un lado, de experimentar una placentera emoción por superar una difícil prueba, que tanto gusta a los jóvenes, aunque por otro lado, el hecho de ser atrapado, golpeado y represaliado te llena de pavor hasta el tuétano.

CADA MANIFESTACIÓN CON SU MUERTITO
Unos meses antes, el 3 de junio de 1979, Gladis del Estal muere en Tudela a causa de un disparo de un guardia civil mientras permanecía sentada en el suelo, durante una concentración con motivo del Día Internacional contra las Centrales Nucleares. Se archiva el caso.El 13 de septiembre, Jose Luis Alcazo, de 25 años, licenciado en Historia, sin filiación política, es asesinado a golpes por un grupo de “fachas” en el parque del Retiro, cuando paseaba con sus amigos. En una acción de las llamadas “hostigamiento contra los rojos, drogadictos y homosexuales”, se lanzan contra él con cadenas y bates de béisbol grabados con la frase “viva el fascio redentor”.

 
La cantante Marina Rosell

    
     Entre los agresores se encuentra Fernando Pita de Veiga, sobrino del almirante y exministro franquista, que dimitió como Ministro de Marina cuando fue legalizado el PCE. No puedo asegurar que tal ilustre criminal fuera el mismo con quien coincidí en el Colegio de Huérfanos de la Armada un año antes en mi etapa de aspirante a Guardiamarina, aunque sí deberían ser familares.
     El 13 de diciembre, tras una manifestación estudiantil contra la legislación laboral del gobierno Suárez y contra la LAU, mueren a consecuencia de los disparos efectuados por la policía los estudiantes José Luis Montañés Gil y Emilio Martínez Menéndez. Han confluido sendas manifestaciones de obreros y estudiantes cerca de la Glorieta de Embajadores, donde los primeros levantan barricadas para impedir el paso de los vehículos policiales. Al parecer, uno de estos se ve rodeado por los estudiantes, y sus ocupantes salen de él disparando sus pistolas y subfusiles. En este caso, por primera vez en la Transición, se procesa a tres policías como presuntos autores de un delito de homicidio. La reconstrucción de los hechos del juez difería de la versión oficial dada por la Dirección General de Seguridad. El sumario cuestionaba las roturas que presentó el vehículo, ya que pareció preparado para simular un ataque con piedras. Los policías presentaron piedras, pero luego se comprobó que procedían de un río.
     Los medios de comunicación de aquellos años, todavía temerosos del Antiguo Régimen, tomaban partido por los representantes del orden. Televisión Española repite que al estudiante José Luis Montañés se le ha encontrado una bolsa con 70.000 pesetas; luego se aclara que el dinero es fruto de su trabajo como cobrador en la agencia de viajes Marsans. La Vanguardia de Barcelona, en su línea conservadora, apuesta por la versión policial. En una rueda de prensa, el portavoz del gobierno, Josep Melià, mantiene que “la policía tuvo que disparar, ante la situación de extremo peligro que corría”.
     Al día siguiente, las asambleas de las facultades en huelga convocan en Barcelona una nueva manifestación para protestar por estos sangrientos sucesos, por supuesto desautorizada. Uno de los puntos de encuentro es la facultad de Filología de la plaza Universidad. En el antiguo claustro nos reunimos una veintena de jóvenes, de donde emerge la figura de la cantante Marina Rosell, quien con el puño en alto canta a capela “Els segadors”. Reina un silencio de duelo y de preparación para la acción, estamos allí para expresar nuestro dolor por unas vidas segadas irracionalmente. No hay explicación ante tales flagrantes hechos. El Poder no duda en usar toda la fuerza contra sus propios súbditos cuando se siente perturbado, no digamos amenazado. No es ésta la Democracia que quiere la ciudadanía. Es obvio que el tiempo necesario para enterrar una larga dictadura nunca puede ser breve, pero está siendo costoso en vidas humanas. Quien opine que fue pacífico, que se lo pregunte a los padres de estos y otros muchos ciudadanos muertos.
     Salimos de la Facultad y subimos por Paseo de Gracia en pequeños grupos acompañados por los grises, también a pie, que tratan así de impedir la formación de un gran grupo de manifestantes. A la altura de la Diagonal, los más violentos, que con toda seguridad no son estudiantes - ¿acaso hay que presentar el carnet de universitario para protestar contra la violencia de Estado?- arrancan el escudo franquista del monolito dedicado a la Victoria del ’39, y obligan a maniobrar al conductor de un autobús, consiguiendo cortar el tráfico.

     En otras calles se consigue montar barricadas con los contenedores de basura y en pocos minutos se organiza una amplia y maravillosa manifestación. Miles de estudiantes juntos nos sentimos vigorosos y audaces. En el frente se despliega una gran pancarta: “Castigo a los asesinos, libertad a los detenidos”. Surgen los fotógrafos de todas las esquinas por arte de magia. Habíamos burlado la prohibición del gobierno y podíamos expresar nuestra repulsa a la violencia. Éramos unos 5.000, dueños de las calles del Ensanche, unidos como un gran magma arrollando obstáculos.
     La inocencia dura poco tiempo. Rompen la armonía de la masa las sirenas de una decena de lecheras, que acometen por la retaguardia de la manifestación. Por tanto, todos huimos en dirección a las tres calles restantes, al frente, a la derecha y a la izquierda. Yo inicio la carrera con soltura, seguro de mi forma física, pues mantengo un cuerpo ágil y aeróbico, acostumbrado al deporte. Decido girar a la derecha. Pero las lecheras giran también a la derecha y a mitad de la manzana ya me han adelantado, haciéndose imposible llegar al siguiente cruce de calles. Me siento ya atrapado. Por inercia, igual que otros, entro un edificio y comienzo a subir las escaleras. No he superado el entresuelo cuando por el tragaluz del portal distingo a fornidos y altos grises que exclaman: ¡A por ellos! ¡Venga, ya los tenemos!
     Sigo subiendo pero ya sé que he perdido. No habrá escapatoria. Los grises nos persiguen decididos, les siento satisfechos, seguros de su victoria en este lance. Sólo me da tiempo a recordar que llevo una barrita de hachís en la cartera, y no me va a dar tiempo a deshacerme de ella. Ya llegan los ejecutores, contra los que no hay salvación posible. Son inmisericordes, no tienen sentimientos, son máquinas de agredir que actúan de la misma manera contra todos individuos.
     Las piernas llenas de adrenalina siguen subiendo pisos, pero ya estoy derrotado, sólo será cuestión de segundos que me alcancen. Llegando al final de las escaleras sueño con que esté abierta la puerta de la terraza. Ya sólo oigo mis jadeos de perdedor, arriba está oscuro y me muevo casi a tientas, sin fuerzas, de manera mecánica... ya no importa llegar más lejos, los grises me van a atrapar con seguridad. Siento pena de mí mismo, porque es probable que cuando me detengan e informen a la Residencia de mi participación en un acto ilegal, y también de mi posesión de hachís, acaben por expulsarme… tan sólo dos meses después de iniciarme en la Universidad. Qué disgusto para mis padres, otro más que les doy en mi desaforada vida.
     En el ático acierto a ver cómo los primeros perseguidos consiguen alejarse saltando por los tejados, pero a mí no me da tiempo, y me abandono a los policías. Ahora se trata de bajar las escaleras, con tan mala fortuna que me toca ir el último, justo delante de un gris que comienza a darme porrazos en la espalda. “¡No me pegue! ¡No me pegue!”, le ruego. “¿Qué no?” ¡Te voy a matar!”, responde el enemigo sin rostro. Estoy recibiendo un buen correctivo. No es para llorar, pues aunque todavía joven, estoy ya curtido en emociones atípicas. Más que dolor, siento temor a las represalias y a lo que me harán en la comisaría de Vía Layetana, famosa por las palizas que dan a los incautos que como yo caen en las manifestaciones. Siempre, por cálculo de probabilidades, cogen a algún incauto. Es como el tiburón que se adentra a comer en un banco de peces, o el cocodrilo que ataca a los miles de ñus que atraviesan el río Masai-Mara. En esta ocasión me ha tocado a mí. Suerte fulana.
     Al llegar a la planta baja, exhausto, fuera de mí, convertido ya sin alma en una animal, voy a recibir el último golpe: un certero y brutal porrazo en la nuca, justo en su centro, en un gesto inmaculado, perfecto, estético en su ejecución, que me llena la visión de un blanco cegador. No veo las estrellas, sino un conjunto de galaxias. El dolor, cuestión baladí en un trance casi místico,  apenas se siente… la adrenalina me ha cauterizado todo el cuerpo. Casi pierdo la consciencia, pero mantengo cierta verticalidad, con el precario equilibrio de un borracho.
     Disipada la luz, vislumbro que en la calle me esperan más policías dispuestos en semicírculo junto a un furgón abierto. A medida que paso delante de ellos me van dando patadas, pero éstas son caricias comparadas con los porrazos que he sufrido bajando desde el ático. El último agente del cordón se apresta a darme la patada que va a rematar la paliza tirándome al suelo, pero todavía me resta algo de dignidad y destreza, y consigo evitar el golpe por milímetros. Comprobar que no me van a detener me ha llenado de alegría, y no me importa recorrer más de veinte metros hacia la oscuridad redentora, a punto de caer al suelo a cada paso irregular. Mi cuerpo se tambalea como un pelele de trapo, al límite de mis fuerzas,  humillado aunque libre, abatido pero ya fuera del alcance de los Señores.
     Ya en mi habitación de la Muñoz Grandes, frente al espejo, miro relajado las huellas rojas que ha dejado la porra en mi cuerpo, pero estoy satisfecho, me siento un joven afortunado. Pocos días después decido participar en otra manifestación, pero antes de llegar unos policías me piden la documentación con tal malas vibraciones que por instinto decido no volver a arriesgar mi vida enfrentándome a las Fuerzas del Estado.

FÍN DEL CAPÍTULO 15