EL MECHERO BUNSEN

De la imposibilidad de vivir el presente / De mi primer ácido

Del examen para Guardiamarina / De la decisión de estudiar Periodismo

De la vuelta a España con Frank / Salvado in extremis de un registro por drogas

 

     Estoy entrando en la juventud con vitalidad y espíritu lúdico, y comienzo a acumular experiencias placenteras. Me sumerjo en un reino de sexo, drogas y rock and roll. Pero siempre sentiré que me falta algo para ser plenamente feliz. A causa del hachís estoy conformándome como un ser más reflexivo que activo, y necesito aprehender esas felices –en apariencia- experiencias, me obsesiona constatarlas y registrarlas, conseguir pruebas de ellas, ya sea la misma entrada de un concierto de Lou Reed, para archivarla con el fin de su posterior revisión y goce contemplativo. Pero no se puede interrumpir el instante de placer para decir “soy feliz”. O una cosa u otra. Los animales ni siquiera piensan; los humanos podemos darnos por satisfechos de que al menos a posteriori somos conscientes de lo vivido. La felicidad auténtica sólo se aprecia a toro pasado, y por ello vivo esperando el futuro, pero sin frustración, con ilusión, sintiéndome inteligente, válido para la sociedad que con las garras afiladas espera mi torpe irrupción en ella.

     A pesar de que me digo en todo momento que siempre estoy pensando, continúo con la vanidad de la acción sin freno. Una contradictoria simbiosis que va cambiando mi esencia. La vocación de marino, que siempre me hizo ver un solo horizonte, un océano azul y más allá los países exóticos, se está tambaleando, en parte por las opisiciones tan difíciles, en parte por las drogas, que me están abriendo la mente a una vida más compleja. No intuyo mi existencia como un anónimo transitar por el mundo, limitándome a sentirme un simple ser vivo. Comienzo a distinguir de entre la realidad boscosa una cierta estética, los atisbos de una belleza que vale la pena expresar de alguna manera.

     Una inolvidable noche de primavera cae en mi boca un ácido. Voy a experimentar el primer viaje sin moverme del pueblo, voy a transgredir lo establecido, junto a Frank, Jesús y Juan Carlos. Ellos lo han probado antes y me siento arropado en caso de que me venga la neura ante desconocidas sensaciones. Después de una hora de risotadas sin motivo aparente, sin poder detener esa felicidad convertida en carcajadas cómplices, ese monumental cosquilleo en el estómago –ocurre que se está deshaciendo el secante con los jugos gástricos-, llega la fase de alucinación visual, de alteración de la percepción natural. Pronto nos alejamos de los bares buscando la instintivamente la armonía de la Naturaleza. Andando por la playa siento que los pies se hunden en un mar de arenas plateadas. Mirando al frente, distingo un solo plano vertical, sin profundidad, como un lienzo vivo, y los coches en la lejanía parecen juguetes animados que rasgan el cuadro.  Los sentidos se trastocan, la realidad se distorsiona hasta confundirse con el arte.
     Jesús se pone nervioso porque distinguimos el jeep de la guardia civil recortando por la mitad el plano único. Buscamos refugio en la piscina de Hifrensa, envuelta de una paz utópica.

       La luz de las farolas y el silencio de la noche son densos, parece que se puedan tocar. Todo es intenso, cada segundo siento experiencias diferentes, las sensaciones parecen materializarse. Puedo oír la luz y ver el silencio. El verdor del césped es una alfombra maravillosa. Los olivos adquieren vida, parecen mover sus troncos retorcidos, al ritmo de una brisa de acogedora melodía. No hablamos, sólo nos miramos llenos de felicidad. Alzando la vista al cielo estrellado surge entonces la verdadera magia, la alucinación pura: perfectas líneas de todos los intensos colores unen a las estrellas, que brillan doblemente. La bóveda celeste se asemeja a un inmenso caleidoscopio natural. Ya sé lo que es alucinar.

 Sinapsis afectadas por el LSD

 
    

     La mente se separa de mi cuerpo, inerme junto a la piscina, y mi conciencia parece iniciar un viaje en una nave a través del Espacio. La sensación es como si observara la Tierra desde una gran altura. Me siento un astronauta, en armonía con el Cosmos.

     En la mayoría de seres humanos su temerosa vida transcurre sin saber lo que es alucinar, yo lo estoy experimentando ahora mismo. Desaparecen las coordenadas espacio-temporales, el tiempo parece no transcurrir, pero ya han pasado horas. Finalmente, entro en la fase metafísica: ¿Para qué he venido al mundo, para sufrir o para gozar? ¿Cómo va a ser mi futuro? ¿Debo sólo plantearme disfrutar de la vida, o aprovecharla aportando algo a los demás? ¿Hay vida tras la muerte? ¿Somos eternos o existe un final absoluto?
     De regreso a casa, tras deslizarme con sigilo por el pasillo a oscuras, todavía disfruto tumbado en la cama con el cuerpo en dulce ebullición.

 

      Ya voy de bajada, y escucho el rock suave de Neil Young, o canciones de los Rollings como “2000 light years from home”, acorde con el psicodélico viaje del que acabo de regresar:   


El Sol gira con un grácil movimiento

Despegamos con una suave explosión

Con destino a una estrella con océanos ardientes

Es tan solitario, estás a 2000 años luz de casa

    
     En el grupo reina la hermanad. Somos jóvenes libres, dentro de nuestras posibilidades,  somos los más avanzados, nos sentimos fuertes, sin recursos pero ricos en juventud y vida. Con las drogas podemos acceder a un nuevo mundo durante toda una noche por poco dinero. Nos reímos de todo y de todos. A nuestro alrededor solo hay restos de un viejo régimen, todo nos parece anticuado, menos la música de los Sex Pistols. Nuestros padres son “los viejos”. Bueno, en particular no me gusta que llamen “viejo” a mi padre. Estamos creciendo en un nuevo orden, la ideal Democracia. Hemos llegado a cantar el Cara al Sol en las escuelas pero sólo éramos niños sin conciencia, interesados exclusivamente por el juego, por supuesto obligados por unas normas ultraconservadoras. No concebimos la existencia bajo una Dictadura.

  Tenemos la fortuna, al contrario que nuestros padres, de pertenecer a una generación que le va a tocar disfrutar de los frutos del Paraíso, un lugar utópico que sólo puede estar en la Tierra. No creemos en las patrañas de los curas, hace años que dejamos de confesar nuestros pecados. Somos la avanzadilla de una nueva Era, aunque nos importa poco este hecho, sólo nos importa gozar de los placeres más intensos. Estamos abriendo caminos a las generaciones venideras. Antes de nosotros no existían las discotecas, ni el consumo de drogas, ni el rock, ni el sexo fácil, apenas había turismo, cero libertades,… antes de nosotros la vida era en blanco y negro, con nosotros llega el color, las risas, el colegueo, la “marcha”, el ciego absoluto, el mogollón.

     Vivimos el momento, a los punks no nos interesa el futuro. Somos cigarras, contrarios a las hormigas. Cada nuevo día representa otro cebollón, una nueva sensación o goce. Los cuerpos aguantan bien porque son jóvenes, son máquinas recién activadas, diseñadas para funcionar a pleno rendimiento.

     En junio me presento en Madrid para las pruebas de la oposición a la Marina. Apenas he estudiado, sólo viajo para agradar a mis padres. Consigo buena puntuación en las pruebas físicas, sobre todo en natación. En las pruebas teóricas, aburrido por no tener nada que escribir, avergonzado de irme nada más comenzar cada examen, me dedico a escribir garabatos y alguna tontería. Sin valorar su trascendencia, expreso mi repulsa contra quienes se chivaron de mi afición a los porros, y llego a amenazar diciendo que como me entere de quién ha sido le voy a pegar un navajazo… Aquí finaliza, es evidente, mi futuro como Oficial de la Marina surcando los mares en busca de excitantes aventuras. Siento mitad pena, mitad liberación. Todos mis estudios desde niño estudios se enfocaron a esta vocación genética, hasta ahora incuestionable.

     Un gran abanico de posibilidades se abre ante mí. Mis hermanos mayores estudian en la universidad y, aunque haya sido  mal estudiante, me veo con el derecho de optar yo también a estudios superiores.

     Se me ilumina la mente y pienso en la posibilidad de matricularme en Periodismo. No soy aficionado a las letras pero al menos gozo de una curiosidad sin límites, de una gran capacidad de sorpresa, de deseos por viajar y conocer el mundo. Me atrae el periodismo como forma de vida antes que como profesión. Veo al periodista un ser activo, valiente, que vive en la cresta de la ola y, sobre todo, un tipo que puede ligar con más facilidad.

     Mi relación con la prensa había sido sólo un artículo de Lluís Permanyer que recorté del diario La Vanguardia titulado “¡Pobres toros!”, que todavía guardo como una reliquia digna de enmarcar. Pues dada mi obsesiva afición a recortar y archivar artículos, noticias y reportajes desde entonces, éste fue el germen, el espermatozoide-si así puedo llamarle- de mi vocación periodística. No había leído apenas libros, acuciado siempre por la adrenalina y otras drogas artificiales. Aparte de los libros de lectura obligada durante el bachillerato, sólo tuve paciencia con los libros de los Hollister o Los Cinco, -fantásticas las descripciones de los desayunos: tostadas de mermelada y mantequilla, magdalenas, zumos naturales, pasteles…- y alguno de Pearl S. Buck (Viento del Oeste, viento del Este) o del austrohúngaro Lajos Zilahy. Debía, pues, comenzar a culturizarme si quería ser un gran periodista. El primer libro en esta nueva etapa universitaria fue “Los perros de la guerra”, un best seller típico de Frederick Forsyth sobre mercenarios y golpes de estado en países exóticos, que comienza así: “Aquella noche, sobre la selvática pista de aterrizaje no lucían las estrellas ni la Luna; sólo la oscuridad del África Occidental envolvía a los grupos desparramados, como una cálida y húmeda capa de terciopelo”.

     Como cada verano, busqué un trabajo para alimentar mis ansias de diversión, y lo encontré en la discoteca Azahara, en la urbanización Casalot de Miami-playa. Estaba regentada por Fabrini, un italiano alto y elegante, envuelto siempre por una aureola de mafioso. Años después su nombre apareció en noticias del extinto diario El Observador, referentes al asentamiento del hampa italiano en este tranquilo tramo de la Costa Dorada.

     Tras mi primer sueldo, en pleno agosto, dejo tirado a Fabrini y me fui junto con el Frank a dar una vuelta a España.

Estado ruinoso actual de la discoteca Azahara

     Es un viaje iniciático, con el mejor amigo. El viaje con más libertad de todos los realizados en mi vida. Primero cogimos un autobús desde Tarragona hasta Bilbao, para dormir en casa de un tío del Frank. Nos sorprende mostrándonos una escopeta que esconde bajo la cama, preparada para defenderse de las fuerzas represoras del Estado español. Son días de mucho terrorismo, y es normal oír sirenas de vehículos de la guardia civil o la policía.

     Recalamos una noche en Lekeitio, donde sufrimos un percance que pudo habernos costado la vida. Nos dispusimos a pasar la noche al raso en la isla de San Nicolás, separada del pueblo por un espigón que atraviesa la playa. Como somos mediterráneos, vivimos junto a un mar donde no existen las mareas, cuando fuimos a cenar al pueblo la subida de la marea nos cogió en mitad del espigón, y hubimos de agarrarnos de las manos, hacernos fuertes con el paso de una primera ola que casi nos tira, y correr hasta alcanzar la arena de la playa. Qué hubiera ocurrido si ese súbito aumento del nivel del mar nos hubiera tirado al agua, en plena oscuridad… probablemente nada, sólo un buen remojón y un susto. Sólo quedó en un peligro, que nos unió más que nunca. Hubimos de pasar la noche mojados en unos soportales, pues las mochilas se quedaron en la isla –creo recordar que unos vecinos nos dejaron unas mantas.

     Nuestra próxima parada fue Bayona (Pontevedra), donde pasamos unos días con Marusiña, una joven amiga que visitaba Hospitalet por vacaciones. Nos dejó un trastero para dormir. Días después llegamos andado a Portugal cruzando por un puente metálico el río Miño, que hace de frontera natural, a la altura de Valença do Minho. Haciendo auto stop visitamos Porto, Coimbra y Lisboa, donde cogemos un tren directo a Sevilla. Allí dormimos en un camping pero al raso, sin poder descansar debido al fuerte calor y a la luz cegadora desde buena mañana, junto al ruido del aeropuerto. Decidimos buscar la brisa del mar pero necesitamos una tienda de campaña.

Playa de Lekeitio, con el espigón en primer plano

     Subimos a la sexta plata del Corte Inglés de la capital hispalense, a la sección de Campo y Playa. No necesitamos decirnos nada. Sacamos cosas de una mochila para meterlas en la otra, y el espacio libre de la primera lo ocupamos con una tienda. Salimos silbando de los almacenes. Cogemos un tren dirección Cádiz y solos en el compartimento disfrutamos desplegando el botín del robo. Nos sentimos héroes.

     Llegamos a Cádiz de madrugada y nos basta con dormir en un banco del paseo marítimo. Nos acercamos a Algeciras para visitar a mis primos.

     Como no disponíamos de mucho dinero decidimos que sólo uno –me tocó a mí- iría a Ceuta a comprar hachís. El tiempo necesario para acercarme hasta el barrio El Príncipe, al parecer uno de los más peligrosos de España. Me adentro en un hormiguero de callejuelas vacías, hasta que encuentro a un joven y le pregunto si sabe cómo conseguir chocolate. Me pide que le acompañe a un callejón sin salida, levanta una pequeña tapa del alcantarillado y me ofrece una buena tableta por sólo dos mil pesetas.

     Quise coger un barco de regreso antes de la hora marcada en el billete y unos policías que me vieron titubeando en la puerta de embarque, creyendo que mi indecisión era producto del miedo, me llevaron a una habitación para registrarme. Vestía una camiseta raída y calzaba unas simples chanclas. Guardaba la barra de chocolate del tamaño de un mando de televisión en el bolsillo derecho de un corto pantalón vaquero deshilachado.    

     Portaba en una bolsa de plástico una chilaba barata que me compré para hacer tiempo y para justificar el viaje en caso de tener problemas como los de ahora, y también unos libritos de papel de fumar para mi colección. En cuanto vieron el contenido de la bolsa y comprobaron en el billete que el viaje era solo para unas horas, se frotaron las manos seguros de que me habían cazado. En sus caras se dibujó una gran satisfacción, ya se veían con el frescor del atardecer fumando hachís gratis en la terraza de su casa. Me hicieron bajar los pantalones para mirarme el ano –cuando me agaché aprecié por el reverso del pantalón cómo destacaba la forma de la barra de chocolate- y me dispuse a rezar.
Barrio ceutí del Príncipe Alfonso

Me pidieron que pusiera sobre una mesa todo lo que tenía en los pantalones y, al mismo tiempo que iban metiendo la mano en los bolsillos para confirmar que lo había sacado todo, me preguntaban "¿No te has dejado nada por aquí?"...Meten la mano en el bolsillo de la izquierda, meten la mano en los bolsillos de atrás, y ya sólo les quedaba buscar en el bolsillo donde tenía el barrote de hachís. Cuando algo se me iluminó en la mente, puro espíritu de supervivencia, y exclamando de súbito, sin apenas sentido, grité: "¡Ah, se me olvidaba, tengo unas monedas aquí!!", y metí la mano en el bolsillo pequeño del vaquero, entorpeciendo así la búsqueda del policía con sus manos, quien milagrosamente ya no buscó en el último bolsillo que quedaba por registrar. Salvado in extremis...

     Luego, en el trayecto en barco que me llevaba de regreso a Algeciras, dudé si tirar por la borda el chocolate o volverme a arriesgar en la aduana. Corté la barra en varios trozos, unos los pegué con chicle detrás de las orejas, bien ocultos por la larga y rizada melena que entonces tenía, y el resto lo oculté bajos los testículos. Nadie de la policía de Algeciras sospechó de mí. El resto de las vacaciones las disfrutamos en un apartamento que la madre del Frank tenía en una playa de Alicante, fumando buen hachís y riéndonos de esta pequeña aventura.

 

* Los medicamentos psicodélicos o alucinógenos, al contrario que la cocaína y los opiáceos (morfina y heroína), no producen adicción, ya que actúan específicamente sobre la conciencia. Aldous Huxley, el creador de un mundo feliz, quiso morir con una dosis de LSD.