EL MECHERO BUNSEN

De mi paso efímero por el CHA / Atrapado en el lavabo de un tren
De la ingesta de “torinales” / Del nudismo
Del uso de vehículos sin carnet y el enfado del sargento
De la belga ¿ninfómana? y las diversas formas de enfocar unos hechos 

     Fiel a mi vocación de marino, la única y primigenia asumida desde mi infancia por influencia paterna, una vez superados los escollos del COU y la Selectividad, en septiembre de 1978 me trasladé al madrileño Colegio de Huérfanos de la Armada, en la calle Arturo Soria. No era huérfano, por fortuna, sino que allí los hijos de militares y de exmilitares como mi padre, podíamos prepararnos a conciencia para superar la dura oposición a oficial de la Marina.
     Nunca se me pasó por la cabeza escribir como lo intento ahora vanamente, y menos dedicarme al periodismo u otro oficio relacionado con las artes. Pero alguna vena literaria ya debía albergar cuando al poco de instalarme en el CHA redacté una larga carta para mi familia donde explicaba mis penas. Por su comicidad e interés dentro del marco de mi biografía, transcribo los pasajes más interesantes de esta peculiar misiva:
                                                                    
                                                                        Madrid 22-9-78

     “Queridos todos:
    Como ya os habrá dicho Papá, aquí no me encuentro nada bien, y no exagero lo más mínimo, por que desde que entré hasta que escribo esta carta todo han sido “putadas”, y no os extrañéis por la palabra, pues no encuentro otra más apta para esta clase de novatadas. Desde que entramos hasta el 31 de marzo somos “capullos”, y por este nombre nos llaman en el colegio. De momento tenemos que obedecer a todo lo que se nos mande: limpiarles los zapatos, escribirles cartas en las que te insultan, ir a por recados de comprar cosas, que naturalmente tienes que pagar tú, llevarles la bandeja de la comida, etc., etc., etc.   
     Pero esto no es nada comparado a cuando nos llevan a una habitación después de comer o cenar, en la que está llena de veteranos (los que nos putean) y allí nos hacen humillarnos hasta lo máximo y no os las cuento por que no son para contar (la primera y la más floja era la de poner cara de grifo [os podéis reír]); vamos, que te dejan destrozado moral y físicamente, así que estoy todo el día cansado y no me dan ganas de hacer nada. (…)
     Pero han habido putadas de mal gusto, como por ejemplo: echar alcohol en los “huevos”, con un poco de polvos pica-pica y crema de afeitar, hacer el amor con una almohada, etc. (son mías). Estoy un poco bajo de moral, pero confías en que pronto pase todo esto, por que si no aguantas eres un marica (o un hombre que te enfrentas a ellos, pero esto es la perdición; os digo esto, pero no creo que lo comprendáis, pues para entenderlo hay que vivirlo).
     Me ducho mucho, pero no por que yo quiera, sino porque acabo siempre sucio, por ejemplo, de haber subido a los armarios de arriba y llenarme de yeso. Cada día tengo que ir a limpiarme el cuerpo de pasta de afeitar, de dientes, etc. El otro día me afeitaron una patilla, pero tengo que estar contento por que a otro capullo se la afeitaron casi el doble. No preocuparos nada porque esto ya pasará. Suerte que tengo el candado, porque si no, hubieran desaparecido más cosas, pues si entra un veterano en la habitación y ve el armario abierto y ve algo que le gusta, te pide si se lo dejas un momento y aún no me han devuelto nada.

     Cuando me fumo un cigarro, me lo fumo a gusto, pues es señal de que no me están puteando, menos un día que primero tuve que fumar por el culo y después por la boca. ¡Qué gracioso! ¿No? Pero hay putadas graciosas, por ejemplo, buscar un pez por el suelo, me dicen que lo coja; hacer la presentación, que es decir: “¡Aquí se presenta (dándote una torta en el ojo) el puto capullo Alberto Vicente Colomer!”, y si la torta no suena te lo hacen repetir. 

     El primer día dormí con dos veteranos, pero eso era una ofensa, y entonces me cambiaron con dos capullos. Son buenos chicos, de Cádiz, pero también los putean. Uno no fue a cenar ayer (estaba amargado) y el otro se quiere ir del CHA.

     Aquí lo que más abunda es de Galicia, después de Cartagena y por último de San Antonio en Cádiz (lógico). Solo oyes hablar gallego y se me está pegando el acento gallego [carállo]. En las listas he visto nombres como Pita da Veiga (un exministro de la Marina), hay un hijo de un vicealmirante, de capitanes de navío, etc. (…)
      Ahora dejo la carta pues tengo que ir a cenar y me duele un poco una llaga que tengo en el dedo (no es broma). (…) Me ha alegrado el que Papá me llamara.
Bueno: adiós.
PS: No hay”

      Tanta preocupación por mi supervivencia en el CHA no sirvió de nada. Con un coleguita de Cádiz, Antonio Vera López, salía los domingos por la tarde a la Casa de Campo a fumar algún porrito. No tuvimos en cuenta que la oposición en la que nos embarcamos no se limitaba al examen de junio, sino que se extendía a nuestro comportamiento particular, y claro, cualquier debilidad o infracción podía ser aprovechada por los competidores para eliminarte. Durante uno de los primeros exámenes aquí, un compañero se giró hacia mí con gestos nada discretos para reprocharme con aire chulesco mi intento de copiar. Algún alumno pudo descubrirnos un chivato o papel de fumar y no tardaron en informar a algún superior, en un régimen que ya era premilitar.

Entrada principal del CHA, en la calle Arturo Soria (Madrid)

    Así que un buen día mis padres hubieron de viajar en coche de Hospitalet a Madrid para recogerme tras ser expulsado del CHA de manera fulminante. Mi madre me contó que mi padre había estado llorando durante todo el trayecto de ida. Al parecer, el SIM (Servicio de Inteligencia Militar) nos siguió algún domingo hasta la Casa de Campo para conseguir pruebas de nuestro delito.
     No era la primera vez que me expulsaban de un centro educativo, pero a esas alturas ya era un joven valeroso y apenas me afectó el asunto. Como aún podía examinarme en junio próximo para Guardiamarina, comencé a recibir clases particulares con un profesor de Tarragona, pero apenas aprendía, me sentía empantanado, me preocupaba más colocarme con los colegas que aprender de unos libros inmensos de Física o Matemáticas. 
  
La tarde de la víspera de San José decidí con Frank hacer auto-stop y presentarnos en Valencia a tiempo de presenciar la Gran Cremá de la plaza del Caudillo. Daba pena ver quemarse a los tres grandes cisnes azules.

     Su efímera existencia me recordó que todos también seremos ceniza que abonará el humus de la Tierra. Luego nos reunimos con más colegas del pueblo y acabamos en un after house de la incipiente ruta del Bakalao, la Barraca. Horas más tarde montamos en un tren expreso de regreso a Hospitalet, ocupando un compartimento donde sólo había un soldado de reemplazo. De forma espontánea nos dedicamos a piropear a las chicas que pasaban por el pasillo. Una de edad virginal, pero cuerpo ya de mujer, morena, de rasgos andaluces y formas generosas, parecía gustarle nuestras bromas, y cruzó delante de nosotros más veces de lo necesario.
     La invitamos a entrar y, sin apenas mediar palabra, fuimos besándola uno a uno, excepto el militar, apocado ante nuestra súbita explosión de lujuria. Sentábamos a la inocente joven sobre nuestros muslos, le dábamos un buen morreo y la cedíamos al más cercano.
  
  Llegó el tren al pueblo y todos mis colegas tuvieron que bajarse pero yo debía seguir hasta Tarragona para ir a clase de matemáticas. Por instinto, ignorando al pobre soldado, propuse a la chica ir al lavabo y allí dentro, envueltos en el movimiento y el sonido cadencioso del tren, le bajé los pantalones hasta descubrir su sexo tembloroso todavía virgen. Sus pechos blancos y tiernos me encendían, y me dispuse a entrar en su deseado cuerpo y poseerla.

   Pero alguien llamó a la puerta y contuvimos la respiración. Volvieron a llamar. “¿Mari? ¿Estas ahí? ¡Mari! ¡Mari!...”
     Ella dijo: “¡Mi madre!. Nos vestimos en un instante y yo, atemorizado, le rogué: “Dile que has sido tú…”. Atrapados sin salida, tuve la cobarde idea de que ella se hiciera responsable para que el previsible castigo fuera menor. Las voces del revisor y otros pasajeros se unieron a los gritos de la madre, quien por sus fuertes golpes parecía enfurecerse cada vez más, convencida de que su hija se había encerrado con un sinvergüenza en una sucia letrina. “¡Mari, sal de ahí que voy a llamar a la policía!”.  Debíamos afrontar el triste sino. Solo por haber intuido un sexo tierno iba a enfrentarme a la ira de una madre ultrajada. “Sal tú primero”, le apremié con ruindad.
     La joven abrió la puerta sollozando. Su madre me pareció una gran mancha negra que se abalanzó con fuerza sobre mí, presa de la histeria, como un gato presto a morir.

      Me defendí moviendo los brazos frente a mi cara, pero no pude evitar que me llenara de arañazos toda la cabeza y el cuello. Nadie de los presentes en la sórdida escena intentó reducirme, debieron valorar suficiente castigo el que ejecutaba la ofuscada madre. Las gafas acabaron volando por los aires y no las volví a ver -no eran momentos para preocuparse de un simple artefacto.
     El instinto de supervivencia me fue acercando hacia la entrada del pasillo, y por él me escabullí, corriendo sin miras atrás, con el corazón acelerado y la adrenalina ardiéndome la cabeza como una falla levantina. Recorrí los vagones dirección la cola del tren, y por fortuna el convoy aminoró su marcha porque se acercaba a la estación de Tarragona. Abandoné el tren todavía en marcha y como un vulgar fugitivo desaparecí, con el cuerpo aún tembloroso, atravesando con saltos atléticos los más alejados andenes.
    
Son los días en que hacemos nudismo en la playa virgen del Torn, una de las pioneras en España, donde hasta bien entrada la Democracia abundaban los mirones escondidos entre los pinos. Pocos años antes los temidos grises saltaban a la arena para echar a los nudistas a porrazo limpio.

     Cómo ha cambiado la historia 40 años después: ahora existe un camping nudista y por las noches el bosque alberga la práctica del dogging. También es paradójico que tras la roca aislada que entra en el mar y la bella cala que cierra la playa, aparezcan dos centrales nucleares, pero los turistas las ignoran.

      Se acercaban las oposiciones a Guardiamarina, pero yo seguía incapaz de mostrar madurez, interesado en mi dosis de diversión diaria, ávido solo de placer inmediato, incapaz de posponer para el futuro la recompensa al esfuerzo. Comenzaba mi época gamberra. Sin carnet de conducir cogía el Austin Morris de mi padre, tipo ranchera de color verde, comprado al director de la nuclear, Fernández Palomero, buscaba a mis amigos y –no me explico ahora la temeridad- me dedicaba a derrapar por las curvas entre las montañas de Vandellós. También del garage sacaba con sigilo la Ossa 250 y disfrutaba dando saltos por circuitos improvisados de cross.

Hasta el día que me crucé por la carretera con un vehículo de la Guardia Civil, y el sargento, viejo conocido ya, en cuanto nos topamos por la calle me exigió presentarme en el cuartelillo con los papeles del coche. Fui pero con las manos vacías, y el sargento pretendió que firmara la multa que ya tenía rellenada, a lo que me negué, y sin insistir la rompió airado y comenzó a gritarme que había confiado en mí pero “se había pillado los dedos”, refiriéndose a que tras el chivatazo del Tendero no tomó la represalia de informar a la Marina. Verdad es que el sargento ya no me provocaba ningún miedo. Adiós a la época en que la pareja de la Guardia Civil imponía pavor, cuanto menos, respeto. 

Austin Morris, fabricado en Inglaterra

   LA BELGA ¿NINFÓMANA?

     Una tarde de Semana Santa, regresando de Tarragona en el autobús de línea, me encontré a una joven belga voluptuosa llamada Hélenè, con quien el verano anterior ya había intercambiado algunas palabras en la discoteca Bang-Bang. Le acompañaba una amiga de mayor edad, menos agraciada físicamente, que exhibía una dentadura podrida.
     Voy a transcribir primero el relato que hice de mi reencuentro con Elena -así la llamé yo en ese texto, pero en realidad se llamaba Hélène. Ésta es otra prueba más de mi afición, aunque tardía, al relato en sentido amplio. Eso sí, todo basado en vivencias propias que cimentarán mi futuro corpus literario. Señalar que la carta del CHA y el relato de Elena aquí transcritos, aunque cursis y sin estilo, son el germen de mi vocación periodística, igual que otros reconocidos comunicadores recuerdan la radio que montaron de niño con su padre y las horas que pasaron retransmitiendo noticias ficticias o partidos del Real Madrid, mientras su amigos jugaban a las canicas. 

     El texto sobre Hélène comenzaba así:

Hospitalet del Infante   11-4-1979

     Elena y yo
     Eran las 12 del mediodía cuando iba todo descorazonado al cuartel de la Guardia Civil porque me pillaron conduciendo el coche de mi padre, y no tenía el carnet; me paré un momento, porque venía el Gerules, miré hacia el supermercado del Manel Marqués, y entonces me pareció ver a una belga que estuve a punto de salir con ella hace dos veranos; por aquel entonces la tía me dijo que no quería salir conmigo porque le gustaría más de lo que ya le gustaba y cuando se fuera, lloraría, como lloró a su padre cuando lo perdió, y cuando me dijo esto, me dio un beso en la mejilla y yo me quedé bastante mal, pues la tía me iba; intenté salir con ella a costa de insistir, pero lo único que hice fue que ella se mosqueó y también su madre.

      Tenía su dirección y le escribí una carta, pero la perdí y más tarde la carta también; el pasado verano la ví y la saludé, pero es que me estaba esperando la gorda del Motel Vandellós, pues la dejé cerca de Cala D’Oques y había ido al pueblo a comprar condones.* Más tarde la ví [a la belga] en la discoteca Bang-Bang abrazada con un chico y quedé desconcertado, pues ella me dijo que no quería salir con ningún chico.
     Volviendo a la actualidad, ayer iba yo a Tarragona a clase de lo de Marina y mira por donde que la veo, iba con una amiga (más bien feilla); me puse muy nervioso, iban en el autobús, se sentaron por el medio y yo por el final. (…) Las ví pasar desorientadas y fui a ellas para decirles dónde se cogía el autobús. [me acerqué], un poco cortado, estuvimos hablando y me dijo que si quería ir a su apartamento esa noche y yo dije que sí. Estaba contentísimo. Esto es demasiado para mí ¡Acabo de encontrar la carta que le quise mandar! Pero no es tan grande como yo creía; es igual, se la enseñaré, aunque es muy ridícula.
                             
                                          TE AMO

     Bueno, voy a seguir con el relato amoroso. Llegué a las 11 y algo, y me decepcioné un poco pues había dos belgas y un español que trabaja en el restaurant Sant Jordi, pero que es muy peludo y me acuerdo que mientras yo hablaba con los belgas, que por cierto son unos capullos, él no se enteraba de nada; pero es un buen tío.
     Cada vez hablaba yo más con Elena, nos mirábamos, etc. Se fueron los belgas y en un momento que no decíamos nada, ella me puso la mano sobre la rodilla; yo temblaba como un flan, luego me cogió la mano, yo no sabía que hacer, hasta que al final cogí el diccionario y le enseñé la palabra “temblar”; ella se rió. Yo cogí su mano y empezamos a jugar con ellas, luego juntamos nuestras cabezas, nuestros labios, nuestras mejillas… Su amiga se fue a dormir porque iba cantidad de pribada y el español también se fue; o sea, que nos quedamos solos, nos besamos, hablábamos, luego se sentó en el sofá y estaba muy excitada, yo le dije de ir a la cama, ella me insinuó que sí, pero que iría si lo hacía por amor; yo le dije que sí y que iría a casa a dejar una nota diciendo que iba a dormir a casa de un amigo.    
     Cuando volví ella estaba acostada; yo apagué la luz, me desnudé y me metí en la cama; no voy a seguir, porque lo que sigue fue tan maravilloso que no se puede explicar; era la primera vez que hacía el amor por amor y cuando llegué a mi primer orgasmo tuve dos segundos de placer inimaginable; creí coger el cielo con las manos o algo por el estilo.  Palabras como “tómame otra vez”, “así, así, así”, “más adentro”,“más fuerte”, “te quiero”, “je t’aime”, un sinfín de palabras que me llenaban completamente, pues venían de la chica que quiero y que eran palabras sinceras y bonitas. Esto es maravilloso: Seguiré.

   Hasta aquí el texto que guardo como reliquia en mi carpeta más antigua. El presente capítulo de mis memorias lo inicié antes de encontrar ese relato, y lo que sigue es, por tanto, cómo iba a explicar lo ocurrido con Hélène:
     <<Una tarde de Semana Santa, regresando de Tarragona en el autobús de línea, me encontré a una joven belga voluptuosa con quien el verano anterior ya había intercambiado algunas palabras en la discoteca Bang-Bang. Le acompañaba una amiga de mayor edad, menos agraciada físicamente, que exhibía una dentadura podrida. El contacto en el autobús fue agradable, así que me invitaron esa misma noche a su casa, uno de los áticos del bloque Trianons.
Su padre –ya fallecido- había sido el arquitecto de este conjunto de apartamentos con los que se inició el boom turístico en Hospitalet. Cuando llegué a su casa la amiga ya estaba borracha, así que pronto nos quedamos solos la belga y yo diciéndonos palabras de amor y besándonos con pasión. Su cuerpo de formas generosas me excitaba sobremanera, acentuado por el hachís.  
     Esa misma noche hicimos el amor sin tregua. La testosterona a los 19 años me salía a borbotones por las orejas. En los siguientes días de Pascua se sucedieron coitos muy intensos, largas y luminosas felaciones, enérgicos embates hasta el fondo de su sexo inundado, inmensos orgasmos que eran viajes a la sinrazón, en los que alcanzábamos –nos decíamos- el cielo con las manos.

 

     En buena parte de nuestra relación nuestros cuerpos yacían unidos, apenas salíamos de su habitación. Si me levantaba de la cama ella se abalanzaba para chuparme el pene ya flácido. Comencé a verme como uno de mis personajes favoritos de cómics de aquella época, Paco Pito, un joven delgado, con gafas de miope, aspecto desaliñado, aunque con un gran cipote, que siempre huía de las mujeres que lo acosaban a toda hora y en todo lugar.

     Cuanto más hacíamos el amor mayor era mi deseo por Hélène, igual que una droga. Pero pronto comenzó a apretarme la espalda con sus manos hasta el mismo dolor, y en el momento del orgasmo mis jadeos de placer se confundían con los gemidos de dolor. Con sus mordiscos me llenó de heridas la piel que recubre las clavículas, y preocupado por mi integridad física –al cabo de una semana me sentía débil y saturado de sexo- le pregunté por qué me causaba tanto dolor mientras hacíamos el amor.      Sólo acertó a decir que no podía evitarlo.

     Fue maravilloso mientras duró, y aunque acabó mal, representó un hito en mi historial amoroso/sexual, una experiencia digna de contar al nieto favorito.>>
     He encontrado –pues nada tiro a la basura, y menos todo lo que he escrito en mi vida, a pesar de ser una minucia- dos inicios de un pretendido relato, creo que ficticios, basados en mi experiencia con la belga. Dicen así:
     Relato 1: “Estoy harto de tanto autobús, cada día debo recorrer 60 kilómetros para ir a estudiar al Seminario Pontificio. Estoy bien acomodado en los asientos traseros, dominando sin problemas una perspectiva llena de cogotes. A unos metros de mí siento la presencia de un halo y descubro a una señorita belga que veraneó hace unos años en el pueblecito donde vivo, pegado al Mediterráneo. Bon jour, ça va?, Oui, ça va.”
     Relato 2: “Ya no recuerdo la primera vez que vi sus ojos, sería en alguno de aquellos veranos barbilampiños en que comenzaba a frecuentar la Discoteca. Hélène era una joven belga que pasaba sus vacaciones en un pueblecito del Mediterráneo y, cuando se embriagaba de alcohol y de vida junto a su madre, viuda pero fuerte, cuántos mundos soñados destilaban sus chispeantes miradas.

     Lo que sí recuerdo con exactitud es el tacto frío del skay morado del autobús en el que, años más tarde, coincidí con Hélène** y una amiga suya, que venían a pasar semana santa a mi pueblo y me invitó a pasar por su casa a tomar algo. Yo estaba que estallaba de alegría, había conseguido…”
     Supongo que no continué con estos inicios al darme cuenta de la mediocridad de lo escrito. Al menos me reafirma en un rasgo verídico, verosímil, para un hipotético estilo futuro. Desde joven fui coherente a una idea: la imaginación no existe, toda creación se remite a la realidad. Por tanto, voy a intentar vivir experiencias intensas para después trasladarlas al papel. Que lo haya conseguido ha sido más difícil. Me ha faltado valentía para ser más libre todavía, para romper las cadenas que atan a las facturas de luz y agua de la casa. Siempre teniendo que elegir entre Libertad o Seguridad. Qué perro mundo.

* La gorda, con perdón, a la que me refiero, la conocí una tarde en la misma playa del Arenal, en la época en que más iba a bañarme a la caza de alguna mujer. Aunque la playa es un lugar demasiado evidente, donde las mujeres nos ven venir, la vi tan apetitosa, con tales inmensas pero redondeadas formas, que no pude evitar acercarme a ella para ganarme su aceptación. Al atardecer, de regreso a su alojamiento en el puticlub “Motel Vandellós”, donde limpiaba el bar y las habitaciones de las prostitutas, le hice el amor en el suelo de una semicueva escondida en el bosque. 

** Me sorprenden los desconocidos caminos de la memoria. Acabo de acordarme, 35 años después de mis días con Hélène, que de apellido se llamaba Lejeune.

FIN DEL CAPÍTULO 13