EL MECHERO BUNSEN

De los inicios en la discoteca Bang-Bang /  Del paso efímero por el Hippismo
Del hedonismo y el punk / De los ruegos de mi padre al profesor Quintero
De mi interpretación magistral en el examen de Lengua / De las pruebas de Selectividad
Del chivatazo del Tendero a la Guardia Civil
 

    Entro de lleno en la dinámica del ciego o colocón diario. Salgo todas las noches de los fines de semana y veranos hasta ya entrada la madrugada. La diversión se va a fundamentar, gracias al alcohol y a los estupefacientes, en sentir el dulce hormigueo que se expande por el cuerpo para relajarlo, en el cerebro inundado de un placentero ardor, y en preparar al sexo para la excitación morbosa. El lugar de encuentro con los amigos será la discoteca Bang-Bang, junto al cauce siempre seco del riu Llastres. Unos porros y algún cubata de licor 43 con coca-cola, música de los Rollings o de Bowie para bailar y alguna deseable joven a la vista, es todo lo necesario para sentirnos en la cresta de la ola, llenos de vida y dueños no sólo de nuestros cuerpos, también incluso del mismo pueblo. Porque fuimos los jóvenes más golfos, los más atrevidos probando drogas, más libres y divertidos, más modernos y rebeldes, trasnochadores y transgresores.

     Frank tocaba la guitarra y pintaba cuadros surrealistas donde se harían evidentes los efectos del caballo. Jesús versionaba a los clásicos, Led Zeppelin, Pink Floyd… Nuestra época hippy transcurrió muy rápido, pero fue suficiente para cimentar nuestras maneras libertarias. Enseguida nos enganchamos a la estética -ética, para algunos ingenuos como yo- del movimiento Punk.
     Reconozco que primero viví una época hortera, aquella de los pantalones acampanados, camisas de cuello grande y mucha melena. En un par de meses fagocité la colección de LP’s de los Beatles de mis hermanos mayores, haciendo lo mismo con una antología de Elvis Presley. Poco después me dejaba cautivar por el sonido diabólico de los Rollings. Enseguida encontré ñoños a los Beatles, con una música que me parecía más propia de guateques de los años ’60, a los que nosotros por la edad nunca fuimos. Los cuatro de Liverpool eran vagamente rompedores, simples niños bien haciendo travesuras en colegio de pago; no fueron valientes o revolucionarios como los golfos drogotas Hendrix o Lou Reed.
    

     Cantantes como Julio Iglesias o Pablo Abraira nos parecían subnormales.
     Y confieso que mis primeros bailes fueron con canciones de Bonie M., pero pronto adopté como canción fetiche “Serenade”, de Steve Miller Band. En cuanto la pinchaban en el pub Camel saltaba a bailar a la pista como un resorte, aunque estuviera vacía. No importaba que no entendiera la letra, su ritmo me recordaba que era joven, y sus sostenidos ohh y ahh me hacían soñar en un futuro inmenso esperando para disfrutarlo. Me  sentía poseedor de una secreta clave para conseguir el máximo placer, el receptor del fuego de Prometeo, el recolector de los frutos del árbol de la Ciencia… me refiero a las drogas excitantes, a la química que nos abriría la mente, los ansiolíticos que mezclados con un cubalibre nos emborracharían de golpe, la heroína que a los amigos les haría orgasmar por cada poro de su piel.

     Somos hedonistas, vivimos ya sólo para la explosión de los sentidos, compartida con los amigos. Todo era positivo en el presente y creíamos que lo sería en el futuro, aunque la máxima punk que adoptamos fuera “no hay futuro”.

     El bachillerato está tocando a su fin. He repetido COU pero suspendo la asignatura de Química y no acudo por dejadez al examen final de Lengua Española. Necesito aprobar todas las materias en junio y superar la Selectividad,  indispensable para opositar a la Academia de Marina. Mi padre se ve en la tesitura de rogar al profesor de Química, el carismático militante comunista Quintero, que me apruebe aún sin merecerlo, le pide que haga trampas, que deje a un lado su ética profesional. Este se muestra inflexible, y mi padre debe rogarle una y otra vez que me apruebe para no truncar mis sueños de guardiamarina. Si los padres dan todo por los hijos, el mío dio más de lo normal, hasta soportar la auto humillación. Los disgustos que le provoqué en mi juventud pudieron acentuar sus problemas de corazón.
     En cuanto a la asignatura de Lengua, la profesora, a pesar de conocer bien las excentricidades de mi mente dislocada, accede -con reservas- a examinarme a mí solo, frente a frente en una clase vacía. Yo apenas he estudiado y me preparo unas chuletas que no podré sacar a dos metros de ella. Tengo que jugármela. Está en peligro todo el bachillerato, muchos años de instrucción, el fruto del esfuerzo de mis padres, mi futuro en una actividad como profesional. No recuerdo si lo tenía planeado, el caso es que me puse a toser como un descosido, exagerando las expectoraciones, auto desgarrándome la garganta, compungiendo la cara. La profesora seguía impertérrita, expresando más desconfianza que curiosidad por mi repentino achaque, mirándome con desdén, supongo que recordando mis chanzas que jalonaron todo el curso. Pero de algo debió servirme que ensayara teatro un año atrás, y ser desde la niñez un consumado narrador, al menos de mis escarceos como ligón de playa. Llegué a interpretar que me asfixiaba y le pedí si podía ir un momento al lavabo. La docente se lo pensó un rato mirándome fijamente, recordando la tensión que hubo entre los dos todo el curso -aunque no exenta de cariño --y al final hubo de acceder. En el wáter saqué la chuleta correspondiente, me  aprendí la respuesta en un periquete, regresé a clase y aprobé el examen.
     En las pruebas de Selectividad también me ocurrió algo sorprendente. No respecto al hecho de copiar -habitual en mi etapa de estudiante, también en la Universidad- en la prueba del bloque de Ciencias, cuando cogí con descaro el examen del alumno que dejó en su mesa delante de mí, tras abandonar éste el aula. Me refiero a la prueba de Letras, al comentario de texto que debía versar sobre el sistema educativo español: me dio por criticarlo sin miramientos. No creo que mi redacción fuera deficiente, considero que era correcta para mi edad. Pero el contenido del escrito era muy crítico, no sé bien por qué me obsesioné en ello. Quizá tenía una dolorosa crisis de migraña y me sentía rabioso.
     Me puntuaron el ejercicio de Letras con un simple 2,2 y no fue casualidad que sumado a la nota del apartado de Ciencias, donde saqué algo más de un 6, más la media de los cursos de 5º, 6º y COU,  me daba un aprobado justo, un 5 sin decimales. Estoy convencido de que los examinadores quisieron penalizar mi atrevimiento con ese análisis tan ácrata de la Enseñanza, pero no hasta el punto de suspenderme la Selectividad. Siempre me he auto convencido de que éstos -son cosas que no se olvidan nunca- no se atrevieron a suspenderme por que se habrían extralimitado en sus funciones de meros correctores, sin derecho a enjuiciar políticamente a un alumno.

      En verano, los jóvenes ociosos de Hospitalet intentábamos trabajar en algo, pero en invierno apenas manejábamos viruta, y cada día debíamos esforzarnos en reunir 500 pesetas para comprar media barrita de chocolate. Solíamos reunirnos el Frank, el Jesús, el Juan Carlos, el Tendero (se llamaba así de apellido), el Flores, y el redactor de estas memorias. La media barrita sólo daba para cuatro o cinco porros, que nos fumábamos con fruición a escondidas, ya fuera en la playa en tiempos de bonanza, en una obra en construcción al resguardo del huracanado mistral, o en un apartamento franco que tenía el Flores en la urbanización el Arenal, del que recuerdo unas bragas negras de encaje que tenía colgadas de la pared.

     Unas caladas de estos primeros porros de nuestras incipientes vidas debían ser suficientes para colocarnos, pero siempre había alguien que quería uno más antes de ir a dormir, acabar de fumar y despedirse de todos. Esto me hacía intuir con disgusto que se trataba de un exceso que en el futuro podría pagarse. No había que ser tan vicioso, sino moderado en el añadido goce extranatural que nos producen las drogas. Aquellos que ya entrada la noche querían a pesar del colocón fumar un último porro antes regresar a casa, fueron a la postre los que acabaron trágicamente su vida a una edad temprana. El cuerpo y la mente primero avisan, y por ello no perdonan…
     Los primeros camellos de Hospitalet de l’Infant fueron un par de trabajadores andaluces que llegaron al pueblo para la construcción de la central nuclear Vandellós II. Era lógico viniendo del Sur, donde más hachís se fuma de España y Europa por su proximidad con Marruecos, el país que alberga en la región de Ketama –para nosotros un nombre mítico- las mayores plantaciones de cannabis del mundo. En plena Transición se permitía fumar porros en los bares y en la calle, ante las narices de la propia policía, pero se perseguía hipócritamente al traficante, aunque sólo se dedicara al “menudeo”. Con los años, aquella ilusionante tolerancia se desvaneció igual que la Transición; sólo se produjo por que tras superar la Dictadura las fuerzas de seguridad del Estado no querían ser señaladas como continuadoras del anterior Régimen represor.
     Un tipo de Miami-playa -que siempre me recordaba al humorista Joe Rigoli- también nos vendía costo de una calidad aceptable. El Tendero, estigmatizado por una vistosa peca negra sobre su boca, era el tonto-gracioso del grupo; no se sabía si hacía uso de un humor y ademanes insulsos por tener esa gran peca, o si le había aparecido la peca por su rudo y vulgar comportamiento tan dado a la burla. Si bien, se le admitía en un grupo siempre ávido de risas. Un día fue a parar al cuartelillo de la Benemérita, no recuerdo bien por qué, y de manera ingenua y temerosa, a las preguntas sobre un robo acaecido en una granja de conejos, en el que no tenía nada que ver, quizá para dejar contentos a los picoletos, el Tendero confesó los nombres de sus colegas fumetas y del camello de Miami-platja.
     Tuvimos que pasar todos por el cuartel, excepto el Jesús, quien tenía tal neura por la policía y las represalias de sus padres, que prefirió exponerse a un castigo más grande antes que cagarse de miedo entre las siniestras paredes del cuartelillo. Yo simplemente aguanté un pequeño interrogatorio y acabé en buena armonía con el joven sargento, quien ya no representaba esa imagen dura, intolerante y agresiva de la España fascista. Al verle más presto al diálogo que a la amenaza, mucho menos a la sanción, me atreví incluso a pedirle que este desliz no empañara mis intenciones de opositar para oficial de la Marina.
     El Flores no aceptó tan bien que el Tendero se “chotara” y lo primero que hizo fue rajar las cuatro ruedas de su coche. Éste, asustado, decidió alistarse voluntario en la Legión y no dejarse ver por el pueblo durante unos años.
     En plena juventud, el Flores murió en un suceso violento engendrado por su propia violencia, y dos de mis amigos cayeron víctimas de las drogas duras y el Sida. Pero no fueron perdedores, sólo tuvieron mala suerte. Yo nunca fui líder del grupo, ni el más simpático o valiente. Sólo fui el más cuerdo, y por eso puedo contar estos años de paseo por el lado oscuro de la vida. Chu, churu churu, chuchuruchu…

FIN DEL ESPESO CAPÍTULO 12