EL MECHERO BUNSEN

      Me encuentro en el cambio de la adolescencia a la juventud. Un periodo trascendental para la existencia futura. El niño sólo existe, como los animales, no es un ser pensante, no analiza nada, no reflexiona sobre sí mismo, sólo actúa, sólo se dedica a jugar, es incapaz de posponer la recompensa –ya sea en forma de placer, o de reconocimiento, o de autosatisfacción íntima- por el esfuerzo realizado… de lo contrario sería ya un adulto. Esto no quita que existan adultos incapaces de posponer la recompensa, son los drogadictos, los débiles de mente, los vividores o los psicópatas. Me resisto más de lo normal a este cambio de adolescente a adulto. Sigo priorizando mis actos en relación directa con el placer recibido.
     Ya lo insinuó mosén Barenys a mi madre en mi época del Seminario: con cierta delicadeza para no ofenderla, le sugirió que mi contínuo carácter irracional era propio todavia de un niño; que el paso hacia la madurez quizá me resultaba más difícil de lo normal por usar pantalones cortos, cuando ya ninguno de mis compañeros los vestía. Mi tutor espiritual consideraba que yo podría sentirme acomplejado u inferior a los demás, y que entonces tenía necesidad de hacerme notar ante todos, compañeros de estudios y adultos, como una forma de protesta y reclamo para conseguir pantalones largos. Craso error, no se trataba de que mis padres se negaran a esto; al contrario, era algo más práctico: no quería usarlos por la sencilla razón de que me sentía constreñido con ellos, limitado para el juego.
     Como ves, querido lector, me resisto más de lo normal a este cambio de niño a adulto. Sigo comportándome en relación directa al placer recibido. Para los exámenes sólo estudio la noche anterior, y a regañadientes.
     A los 17 años todo sigue siendo un juego para mí. Asistir a clases es ir a un lugar de diversión, donde hay ocasión de burlarse del profesor y de hacer chirigotas con los compañeros. Éstos sólo tenían que pedirme que hiciera o dijera alguna humorada para obedecerles, con el consiguiente castigo del profesor.

    Las notas del COU de Ciencias Puras, que es el ciclo que hube de seguir en el bachillerato superior para acceder a la Academia de Marina, son desfavorables, y debo repetir curso. A esto contribuye que a mitad de curso me da la vena de actor y me apunto a los ensayos de una obra de teatro de Jaime Salom, en la Cooperativa Obrera de la calle Fortuny. “Qué bonito es pronunciar… Par-ra-ma-ri-bo… recitar la tabla de multiplicar del dos…”.
 Aparecía yo en escena pronunciando esta frase cursi cogido del brazo de mi novia, a quien debía darle un beso sentados en un parque.

                              MI SER HUMORÍSTICO

     Como no dejaba de ser embarazoso el gesto, nos sentíamos cohibidos y el director llegó a enfadarse hasta tal punto que gritó lleno de ira algo así como. “¡¡¡Joder ¿pero que es esto comparado con una monja que en un escenario se masturba con un crucifijo?”!!!. La obra al final no se representó –no soy el único que deja las cosas sin acabar- , y justifiqué las malas notas de COU por perder el tiempo con estos ensayos.
      Mi ser humorístico llegó a su culmen con la actuación de final de curso en el salón de actos del instituto Martí i Franqués. Formando pareja con Pedro Perez del Pino, mostrábamos sobre el escenario una serie de skechs con dos personajes que cruzan repetidas veces el escenario para encontrarse en el centro, y se saludan de diferentes maneras, o se preguntan absurdeces: “Perdón, ¿sabe a que hora sale el tren de las tres?”, y el otro respondía: “No, lo siento, no lo sé”. También: “Oiga, ¿tiene hora?”, y respondíamos: “Sí”, y nos alejábamos los dos con actitud normal. Yo recité lo que llamo “ Evangelios”*. Siempre he afirmado que si no hubiera fumado tantos porros en mi juventud, habría llegado a ser alguien como Alfonso Arús –con quién coincidí en la Universidad.

Cooperativa Obrera, en la calle Fortuny

     Dada mi hiperactividad, mis deseos peremnes de provocar hilaridad, mi natural ansia de comunicación. Pero el hachís me orientó hacia un estado del alma pasivo, más dado a la reflexión que a la acción, en fin, a la autorepresión antes que a la expresividad.
     También con Pedro P. P. participé en un concurso de disfraces celebrado el sábado de Carnaval en la discoteca Long Play de Torredembarra. Nuestro disfraz era bien original y gracioso, merecedor del primer premio consistente en un viaje para dos personas a Londres.  Pero volvió a aparecer la injusticia en mi vida, ya que el resultado estaba amañado de antemano. Pedro iba vestido de niñera, con un conjunto perfecto creado por sus hermanas, un vestido negro con delantal y cofia, zapatos de tacón, peluca, y un dispositivo bajo una falsa teta que si se la apretaba salía disparado un chorro de leche. Yo era llevado por la criada en un gran carro de bebé antiguo, vistiendo un simple pañal por donde sobresalían los testículos, botas de militar y un chupete. Nos dedicamos toda la noche a recorrer la discoteca, ganándonos a la gente con nuestras interpretaciones de criada picantona y bebé travieso. La gente se moría de risa conmigo y con la leche de la teta de la niñera. Era uno de los primeros carnavales permitidos en España tras la prohibición durante la dictadura.
     Nos sentíamos ganadores, pero el método para decidir el ganador era a través de un aplausómetro. Fuimos con diferencia los más aplaudidos, más que los ganadores del concurso, un conjunto de drácula, hombre lobo, fantasma y alguno más que portaban un féretro. El presentador del evento era el célebre Carlos Peiso, un showman argentino de radio, quien me dio en la presentación de nuestro disfraz un plátano y la gente estalló en carcajadas. Años después, el locutor tuvo un tórrido romance con mi hermana y un litigio con mi padre, pues éste le avaló la compra de un coche que Peiso no llegó a pagar. Para compensar la pérdida económica, mi padre se apropió de parte de su fabulosa colección de discos de vinilo y libros.

     Dije al principio de estas insulsas memorias que iba a cantar la palinodia –quien no sepa qué quiere decir esta palabra que vaya al diccionario… yo he ido muchas veces, aunque no sé si me ha servido del algo. También aquí voy a expresar sin reprimirme todo aquello que a lo largo de mi vida he considerado injusto, aunque en juego hubiera una simple canica. Uno de los ganadores del concurso tongado regenta una tintorería en la calle Rovira i Virgili, me lo encuentro a menudo en la cervecería del barrio. Me vienen siempre deseos de espetarle: “¿Qué? ¿Fue guapo el viaje a Londres que os regalaron?”.
     Conozco con exactitud la fecha de los hechos que voy a relatar por tratarse del día más violento en la ciudad de Tarragona desde la última guerra civil. A comienzos de 1976, tras la muerte del dictador Franco –qué paradoja, un hombre bajo, gordo y de voz aflautada llevó al paredón, sin pestañear, a miles de personas que no pensaban como él- la vida social española estaba presidida por un anhelo generalizado de libertad. Los acontecimientos políticos se desarrollan a tientas, con timidez e inseguridad, pero se suceden vertiginosamente. Todavía existe una dictadura brutal con sus grises, sus Tribunales de Orden Público (TOP), su tortura en las cárceles, su censura. Resuenan las últimas condenas a muerte de tres miembros del FRAP y dos de ETA.
     Pero la sociedad despertaba y perdía el miedo. En paralelo a la tímida apertura política discurría el denominado destape, en revistas y cines, que van sustituyendo a los viajes a Perpignan para ver El último tango en París y la famosa mantequilla en el ano de Marlon Brando. Mi madre cuenta que en Perpignan se asustó al ver carteles de “Franco asesino“. Para ella, como para millones de españoles, el dictador era poco menos que un santo. Cuando supo e su muerte, mi madre se arrodilló y rezó por él.
     A mediados de enero de 1976, el pontífice Pablo VI excomulga al esperpéntico papa Clemente, cansado ya de su heterodoxia fascista, mientras Lazarov triunfa en la televisión pública y única con su zoom mareante. Cantautores como Raimon, Joan Manel Serrat y Lluís Llach desde años atrás ejercen de profetas laicos e irreverentes de los nuevos tiempos. Sus recitales, pidiendo la amnistía, crean un clima de insurgencia.
    
Algo empezaba a cambiar, pues 36 años después de su producción, la película El Gran Dictador de Charlot se estrenaba en España, y los Rolling Stones eran aclamados en Barcelona por 12.000 jóvenes. En aquellos días se sabía de qué escapábamos, pero no dónde llegaríamos. El grupo musical Jarcha, con el beatífico y conciliador himno electoral "Libertad sin ira", fue el símbolo de la irresistible ilusión de un pueblo súbitamente sabio que, después de todo, sólo quería vivir su vida, sin más mentiras y en paz.

     Los hechos que relataré ocurrieron durante el mandato de Carlos Arias Navarro como presidente del gobierno, un ejecutivo todavía franquista, en el que Manuel Fraga ostentaba la cartera de Interior. Yo era todavía un sujeto sin conciencia política, mostrándome indiferente a la muerte de Franco, y disfrutando de una plácida adolescencia, sólo preocupado en arrimarme a la jovencita de turno bailando El Jardín Prohibido, del italiano Sandro Giacobe.

    La tarde del 5 de marzo me encontraba jugando a fútbol sala en el patio del Instituto  Martí i Franquès.
El Papa Clemente        Joan Manel Serrat

     No había ningún tipo de vallado que protegiera al edificio, rodeado de campo en su mayor parte. Por el lateral que daba al río Francolí comenzaron a aparecer trabajadores de la refinería ataviados con su mono azul y casco –no les importaba ser reconocidos como tales-, acarreando con bolsas de plástico de los supermercados “spar” llenas de piedras tan grandes como puños, una imagen que nunca me he quitado de la cabeza. Todavía me pregunto cómo esas frágiles bolsas podían aguantar tanto peso. A uno de esos obreros lo conocía de Hospitalet de l’Infant, donde yo vivía. Era Angel Broto, una persona con principios, hijo del administrador de la Central Nuclear de Vandellós –comenzó a trabajar allí pero fue expulsado por negarse a cortarse la melena tal y como le ordenó el director Carlos Fernández Palomero. Desde que lo ví pasar con bolsas llenas de pedruscos, Angel fue para mí un héroe, y no me importó servirle gratis todos los cubatas que –eso sí, con cierto descaro, pero con gracia- me pedía en la barra del pub Camel donde trabajé un verano.
    
En la pista de balonmano del instituto se concentró un grupo de unos doscientos   trabajadores y un piquete les dirigió unas palabras, de las que sólo recuerdo una, por ser nombrada de manera errónea: “porque nuestras reindicaciones…”, decía. El caso es que preso de gran excitación seguí a los trabajadores del mono azul Rambla Nova arriba.
      La huelga que frenó los trabajos de construcción de la refinería se convocó para protestar por cinco muertes ocurridas dos días atrás en Vitoria. Los trabajadores alaveses llevaban meses movilizándose para conseguir mejoras laborales pero también para acabar con el sindicato vertical franquista. El 3 de marzo la huelga en la capital alavesa es seguida por toda la población obrera. En la iglesia de San Francisco se realiza una gran asamblea de más de 4.000 personas. Hacia las 5 de la tarde la policía rodea la iglesia e impide salir a los de dentro y entrar a los de fuera, y acaba lanzando gases al interior. Según la gente va saliendo asustada y sin orden los policías van disparando, con un resultado estremecedor: 5 muertos y más de 100 heridos, 20 de ellos graves, todos por disparos de bala. Puro terrorismo de Estado.

La prensa local, mostrándose escéptica, indolente, durante esos convulsos días

     Dos días después, los valientes trabajadores de la refinería alcanzaban la Rambla Nova para enfrentarse a los temidos grises. Los piquetes cruzaron vehículos en la calzada e improvisaron barricadas. Pronto se pusieron a gritar “¡Vitoria, hermanos, nosotros no olvidamos! ¡Policía asesina!”. En el ambiente se intuía la llegada de la violencia. Por el centro de la Rambla, desde el monumento a los “Despullats”, aparecen varios Land Rover –lecheras, se llamaban entonces- llenos de policías, pero recibieron tal lluvia de pedruscos que enseguida recularon y desaparecieron. A los pocos minutos volvieron a aparecer, esta vez con las ventanas protegidas por rejillas metálicas. Se bajaron a la altura de la calle Hermanos Landa (actual carrer Unió) y persiguieron a un grupo que corrió calle abajo. Yo reculé y me quedé en un lateral de la Rambla, asustado ante tantas correrías. 
    
Cuando me asomé por Hermanos Landa vi como varios grises metían a alguien en la parte trasera de una lechera. Se trataba de un joven llamado Rodrigo Knajo que, según dijeron algunos "in situ", fue alcanzado por una bala de goma disparada por algún miembro de la policía cuando éste cruzaba de un balcón a otro, precipitándose al vacío. En la acera quedó un gran charco de sangre. Un manifestante indignado, que vio como el manifestante caía, agarró una piedra y gritando con odio “¡hijos de puta!”, la lanzó con todas sus fuerzas contra el cristal de la Caja de Ahorros de Tarragona, aunque no hizo apenas mella en él. Otra imagen impregnada para siempre en mi retina. Qué duros son los cristales de los bancos.   

     La Rambla se llenó después de gases lacrimógenos y de policías antidisturbios, que entraban en todos los bares buscando trabajadores con monos azules. Esa tarde el centro de la ciudad adquirió un aspecto irreal, lleno de humo y de rabia contenida. Los tiempos ya están cambiando. 

* LOS EVANGELIOS:

    “Estando Jezú en el huerto de lo olivo, y desimo huerto porque estaba guerto d’espalda, vinieron los soldao al mando de Poncio Pelota y su ejcuadrón d’aguilucho y le ijeron:

- ¿Ere tú Jezú el Nazareno, alia el Mesía?

- Zi zeñó, er mimmo que viste y carza…

- Pues l’has cagao macho, venimo a prenderte a cruzificarte y a escupirte…

- Y una mierda que oj comais tós, ¡Pedro, corta la oreja y da la guerta al ruedo, y luego me la traes pa que la pegue con pegamento imedio!

 

Primer Misterio: Jesucristo no asiste a la Cruz e inventa la campana.

2º Misterio: Moisés, cuando la plaga, se hincha a langostas.

3º Misterio: Poncio Pelotas salta la valla y pierde el apellido.

4º Misterio: Jesucristo se cae de la Cruz e inventa la hostia.

5º Misterio: Pedro y Pablo venden la barca y se van de putas a Cafarnaún.

6º Misterio: La Virgen María va a dar a luz y se le funden los plomos.

Último Misterio: Jesucristo, al bendecir el pan en la Última Cena, dijo: -“¿Quién ha puesto pan Bimbo en la mesa? ¿Tú, Pedro?” – “No, Maestro”. –“¿Tú, Juan?”. – “No, Maestro”. – “¿Tú, Judas?”. – “Sí, Maestro”. – “Pues, venga, los cromos…”