EL MECHERO BUNSEN

     Mi infancia y juventud fueron felices, sin traumas ni tristezas que consignar, a pesar de que mi padre me pegara alguna vez, pero como me lo merecía el asunto hace muchos años quedó zanjado. Si haces algo incorrecto mereces una reprimenda, aunque los tiempos han cambiado y ya está prohibido el castigo físico a un niño. Fui libre y ejercí ese tipo de libertad -que por cierto no existe hoy- que consistía en pasar todo el día en la calle sin que mis padres, quizá por ser cinco hermanos, se preocuparan por mí. Era acabar de comer, levantarme para coger un plátano, la única fruta que comía porque es fácil de hacerlo, y desaparecer por la puerta del patio para no decir ni adiós. No tengo reproches para nadie cercano a mí, ni contra la familia ni contra los amigos. Lo malo de una infancia feliz es que en el futuro sólo se puede ir a peor. Las malas historias llegarían con la edad adulta, con mi incorporación al mundo laboral y con la competitividad o las envidias inherentes al lobo humano.
     Sólo existe una decepción en mi infancia. Un concurso de castillos de arena celebrado en la playa del Milagro de Tarragona, que considero merecí mejor suerte. Todos los niños hicieron el castillo clásico, cuadrado o rectangular, con almenas y perfectas torres en sus esquinas gracias a los cubos-molde, más o menos grandes y sólidos; mientras que yo hice uno diferente, a base de gotas de agua y arena, resultando un conjunto de aire gaudiniano, con torres cónicas estrechándose con la altura, envuelto por cierta estética fantasiosa. Creo que por su originalidad merecía al menos el tercer premio. Una cortedad de miras del jurado que siempre me ha perseguido, para recordarme en demasiadas ocasiones la imperfección del ser humano, cuanto menos su taruguez. Pero situaciones similares he padecido a espuertas en la edad adulta.

     En 1975 finalizó la construcción a las afueras de Hospitalet del llamado Poblado de Hifrensa*, que acogería a la mayoría de trabajadores de la Central Nuclear Vandellós I. Allí nos trasladamos con ilusión, para seguir disfrutando de los mejores años de nuestra vida. Cuanto más cerca está un pueblo de una central nuclear, más se deja seducir por sus contraprestaciones: buenos empleos, elevado nivel de vida, compensaciones económicas al ayuntamiento. Es el precio del riesgo. La excepción es Ametlla de Mar, quizá por ser un pueblo de honda tradición pesquera, que siempre ha considerado las compensaciones económicas como un chantaje. Curiosamente, no sólo continúa la pesca en la zona, con mayores capturas dada la mayor temperatura del agua que ha servido para refrigerar el reactor, a pocos kilómetros también pervive desde la dictadura una enorme y agreste playa nudista.
     Mi primer viaje como adulto -aparte del que me llevó al Arenal de Palma de Mallorca con los alumnos del instituto, y de los veraneos con la familia en Guardamar del Segura y Málaga, cuando vivíamos en Madrid- fue al pueblecito de Vilaller, en la Vall d’Arán, con los amigos de Hospitalet. Eran cuatro casas, a la sombra de la capital Viella, tan pequeño que si cruzabas un riachuelo entrabas en la provincia de Huesca. Nos atraía el intenso y limpio verde de los majestuosos valles que cubrían las montañas, donde nos revolcábamos gozosos. Nuestro ambiente natural era la playa y un paisaje de montes rocosos a pie de playa, pinos resistentes a la sequía, y una vegetación dura, resistente a los cíclicos incendios.

     Una tarde paseábamos por un camino y nos detuvimos a un lado para dejar pasar a un grupo de vacas lecheras, que al parecer se enfadan cuando son molestadas por muchas moscas. Un bóvido actuó sin razón aparente –quizá olió mi mala ralea-, movió sin brusquedad su cabeza hacia mí y sólo tuve tiempo de girarme unos pocos grados para ofrecerle mi trasero. Me embistió y volé fuera del camino, cayendo sobre unas zarzas, que amortiguaron la caída, golpeándome con las rocas del cauce seco del río Noguera Ribagorzana, fisurándome una rodilla.Aunque padecía un intenso dolor podía caminar, y no fue necesario interrumpir el viaje.

 

     Un niño goza de un cuerpo y una mente tiernos, se dice que es una esponja. Asimila bien las caídas físicas y la instrucción mental. Cuando vivía en la calle Marqués de Mondéjar de Madrid, nuestros vecinos sufrieron un susto de muerte. La madre Delfina cerraba la puerta del ascensor del cuarto piso con sus dos mellizos de cuatro años, cuando al girarse vió los pies de uno de ellos, Juan Ramón Martín Ibisate, desparecer por el hueco de la escalera. Bajó despavorida hasta el sótano - eran pues cinco pisos- y se encontró a su retoño con una sola contusión en la cadera. Un verdadero
milagro. **

  

El profesor Candela, de negro, y alguno de sus alumnos

     Tampoco interrumpí las clases de kárate que impartía en el gimnasio del Poblado el profesor Candela, un español criado en Francia, quinto “Dam”, entrado ya en la rechonchez de los ’40. Pero el dolor seguía y el médico me escayoló la pierna durante un mes. Tras mi regreso a las clases marciales asistí como cinturón amarillo a una de las exhibiciones públicas que solía organizar el maestro Candela para conseguir más alumnos. Se mostraban combates entre los alumnos y entre dos de éstos contra nuestro profesor. A mí me tocó combatir contra el Candela, junto al Pelechano, el que sufrió la caída de un pedrusco en la cabeza cuando subíamos a las cumbres de la Sierra del Mistral.
     La excesiva robustez del maestro Candela no podía competir con la agilidad de un joven deportista, y comencé a poner en evidencia su torpeza frente al público asistente. El profesor intentaba hacerme barridos con el pie, pero sin alcanzarme, y quedaba por un segundo desprotegido, momento que yo aprovechaba para marcarle una patadita en su trasero. Como la acción se repetía el maestro se iba enfureciendo y obsesionando por barrerme con sus patadas, pero insisto en mi agilidad, que es una cualidad fisiológica innata, no se aprende, se lleva desde la niñez de un hiperactivo criado más en la calle que en su casa. El Pelechano siempre se mantuvo asustado y al margen del combate. La cara del Candela devenía cada vez más roja, cercana al color morado. Para no dar muestras de cobardía me negaba a dejar de darle la patadita cada vez que erraba con su barrido. Y comenzó entonces a atacarme sin control, como un poseso. Sus barridos comenzaron a alcanzarme, y en los primeros tenía la delicadeza de amortiguar mi caía al tatami agarrándome el cuerpo. Yo seguía sin achantarme, por amor propio, poniendo en evidencia su falta de agilidad con mis patadas en sus rechonchas nalgas. Uno de los barridos me alcanzó de una forma violenta, pero el maestro ya no me ayudaba a caer, y sufrí un durísimo golpe en el codo derecho. Lloré sobre el tatami, y la asustada mujer del maestro se preocupó afligida por mi.
     Ahí se detuvo mi carrera como karateca. ¡Cómo un profesor de artes marciales pudo perder el control con un alumno! ¿Tanto le ofendía mi destreza y ánimo de lucha? ¿Pretendía, acaso, que me dejara ganar, que fuera menos ágil de lo que mi cuerpo de forma natural obedecía a la mente? Nunca entenderé ese suceso. Sólo encuentro una explicación: el Candela no era más que, por usar un eufemismo, un “garrulo chandalero”, un ejemplar de homo sapiens primitivo, puro instinto animal, cero inteligencia emocional. Durante los siguientes años apenas pude hacer fuerza con el brazo derecho, y desarrollé así la musculatura del otro brazo. Por ello nadie que no fuera zurdo me ganó nunca a un pulso con el brazo izquierd

                     El primer cigarro

  
Debería hacer una lista de todos los agravios sufrido en mi vida y las consecuencias de cada uno de ellos. No es cuestión baladí. Sin pretender que haya un ánimo revanchista, sólo deseo de justicia. A pesar de esos primeros golpes que me daba la vida –nunca mejor dicho- yo seguía siendo un adolescente libre y golfo, siempre presto a la diversión y la aventura.    
    Hacía tiempo que fumaba tabaco a espaldas de mis progenitores. Un día estando en el garaje con mi padre mirando el motor del coche, detectó algo y me espetó: “Échame el aliento”. Hube de hacerlo, me olió a tabaco y me dio un sonoro guantazo, siguiendo sin más con la reparación. Fue su forma de asimilar que yo iba a dedicarme a fumar en el futuro. De aceptarlo a cambio del castigo, y asunto zanjado. Pronto y con asiduidad comencé a fumar porros con mis amigos Frank, Jesús, J. C., el Tendero y el Flores.
Buque-escuela de la Armada Española J. S. Elcano

    Solíamos fumar escondiéndonos en algún edificio en construcción, o en la playa, o en un apartamento que tenía el Flores en el edificio Arenal, en la playa del mismo nombre. No importaba si hacía frío o rugía el huracanado viento de mistral, siempre había un rincón donde fumarse un porro con fruición. Ya desde el principio de este proceso -que es adentrarse en otro estilo de vida, en un estado corporal y anímico diferente al natural- algunos de nosotros mostraba más deseo de drogarse que otros y, en consecuencia, fueron estos últimos los que se dejarían la vida antes de la alcanzar madurez.

     Todavía no he hablado de mi vocación primigenia: oficial de la Marina, marino de guerra. La vocación no nace de la nada, tiene su lógica, unas raíces, aunque se trate sólo de un hecho concreto, una anécdota (no fue así en mi caso). No existe la página en blanco, ni para la imaginación ni para conformar el carácter del adulto. Si tiramos del hilo hasta la infancia entendemos el origen de nuestros anhelos, carencias y problemas de adulto.

     Mis sueños estaban inscritos en mis genes, por la herencia de mis antepasados, y se habrían nutrido en el hogar desde la tierna infancia. Herencia genética y entorno familiar. Nunca me planteé otra profesión, no albergaba dudas, ni hube de plantearme nunca otro tipo de estudios. Mis objetivos eran firmes, sin fisuras, rocosos. En mi infancia, junto al juego continuo, en mi horizonte sólo percibía el sueño de ser un guardiamarina, para sentir la libertad surcando los océanos en pos de aventuras. Lo importante en mí era el movimiento, mi mente púber ya no podía concebir una actividad sedentaria. Por eso me desplazaba corriendo adonde quisiera o tuviera que ir, acuciado por mis nervios y por la angustia de sentir que perdía el tiempo en las meras transiciones de un lugar a otro o de una actividad a otra. Mejor si eran actividades bien diferentes a la anterior. Espíritu disperso ya desde la adolescencia. En este moverse siempre con prisas creo que influyó que cuando veraneábamos en Los Urrutias, en la costa murciana, tenía que desplazarme corriendo desde el apartamento hasta la playa porque el asfalto quemaba mis pies desnudos.


El submarino G-7

     Mi padre se enroló en la Marina a los 17 años***, y cuando ascendió a subteniente mecánico sobre los 40 años decidió dar un rumbo mejor a toda la familia y nos trasladamos a Tarragona para que él trabajara en la central nuclear de Vandellós. Mi abuelo por parte de madre fue un militar de carrera, coronel del cuerpo de artillería que se acogió a la ley Azaña según la cual con la instauración de la II República en 1931 los militares podían retirarse sin problemas.

     De mi padre todavía guardo con afecto su chaqueta azul marino, con sus galones y sus grandes botones dorados, por la que siento un gran respeto y admiración. A pesar de la insistencia de mi madre por tirarla a la basura, algo muy dentro de mí se resiste a deshacerse de ella. Le dieron una medalla al mérito militar por su conducta intachable, su carácter servicial, su sacrificio por la Armada, lo que aumentaba mi devoción por él, rayana en lo religioso. De niño mi padre me parecía un santo, un ejemplo de vida; cuanto menos, un héroe a quien emular. Sus sentencias marineras me acompañan siempre -“Lo mejor que hay es la satisfacción del deber cumplido”-, lo que no quiere decir que las haya seguido.

     Comenzó de niño limpiando las bicicletas en el taller de su tío, en La Unión, – si se le olvidaba hacerlo le pegaba una paliza- y acabó como jefe de turno en una Central Nuclear, como el máximo responsable de la sala de mandos. Ya no existe gente que se hace a sí mismo, que se forja en años de penuria, sacrificándose sólo para sus hijos. 

 

Bocana del puerto de Cartagena en el siglo XIX

* Poblado de Hifrensa: Diseñado por el arquitecto Antonio Bonet Castellana, representó un ejemplo de ocupación racional del territorio y de preocupación por el espacio público. Habían zonas separadas de viviendas para los obreros, que eran bloques de varios pisos; un bloque para los peritos –donde vivía yo- que eran viviendas adosadas, unas con jardín, y otras en un primer piso; y chalets amplios para los ingenieros y el director de la planta. Su construcción supuso un elemento de convicción para la población local respecto a la ausencia de riesgo del factor nuclear. Incluía también una residencia para trabajadores solteros (aunque sólo había un par de ellos), el Club -con amplias salas de juego, sala de cine, de ajedrez, de lectura, biblioteca, bar-restaurante, gimnasio, una amplia y cuidada piscina, frontón, y dos pistas de tenis -junto a las viviendas de los ingenieros, claro. Y la escuela Áster, modélica por su arquitectura funcional y por identificarse con los postulados de la Associació de Mestres Rosa Sensat (escuela catalana, laica y activa), y con el sistema Montessori para los cursos de pre-escolar. “La Educación no debería ser sólo impartir conocimiento, sino un nuevo camino hacia la realización de las potencialidades".

 

** Milagro o puro cálculo de probabilidades de salvación, suelen darse casos de caídas de niños desde grandes alturas sin consecuencias físicas. El 22 de de noviembre de 1997 un bebé de 18 meses se cayó en Murcia desde un séptimo piso, rompiéndose tan solo un diente, si bien los cables de los tendederos amortiguaron la caída. Asimismo, el 8 de mayo de 2002, una niña de cuatro años resultó ilesa en Zaragoza después de caerse desde un sexto piso, si bien también un tendedero en el primer piso frenó el choque contra el suelo.

 

*** Buques en que estuvo embarcado Juan V. M., mi padre:

 

“Canarias”: del 26/03/1945 al 09/01/1946 (9 meses y 13 días)

“J. S. Elcano”: del 06/01/1947 al 31/07/1949 (2 años, 6 meses y 25 días)

“C. Castillo”: del 31/07/1949 al 13/04/1951 (1 año, 8 meses y 12 días)

Submarino G-7: del 25/04/1951 al 07/01/1953 (1 año, 8 meses y 12 días)

“Cervantes”: del 26/06/1954 al 21/01/1957 (2 años, 6 meses y 25 días)

Submarino GM: del 17/08/1957 al 18/06/1959 (2 años, 10 meses y 1 día)

Submarino G-7: del 18/06/1959 al 07/03/1960 (8 meses y 19 días)

Submarino D-2: del 7/03/1960 al 16/12/1960 (9 meses y 9 días)

Submarino S-11: del 16/12/1960 al 31/01/1964 (3 años, 1 mes y 15 días)