EL MECHERO BUNSEN

     “Españoles: Franco… ha muerto”. El presidente del gobierno Arias Navarro aparece en la televisión con cara simiesca, compungido y presto al lloro, para desvelar la muerte definitiva del dictador que durante 36 años a sangre y cuchillo mantuvo unido pero adocenado a un pueblo de naturaleza individualista y en parte ácrata. El fatal anuncio para millones de personas, que con la consolidación de la libertad cambiarían de ideología y sentimientos, me pilló bajando del autobús que me llevaba de Hospitalet de l’Infant a Tarragona a estudiar sexto de Bachillerato en el instituto Martí i Franqués (repetía curso tras ser expulsado del Seminario Pontificio). Fue bajar las escaleras del autobús y alguien anunció que teníamos una semana de vacaciones, y todos contentos nos volvimos a subir al autobús para regresar al pueblo. Todavía no había nacido en mí la conciencia política.
     Sí, en cambio, ya se me había revelado la conciencia sexual, las apetencias eróticas, expresadas con claridad una tarde de verano en la que bañándome con los amigotes en la playa del Arenal  seguimos a nado a una joven obesa en celo hasta la parte oculta de una zodiac anclada cerca de la orilla. De rasgos andaluces, era poco atractiva y tenia demasiado pelo negro, pero atesoraba unos enormes pechos redondos que flotaban en el agua salada como deliciosos pasteles. Yo fui quién más deseo mostró por ella, quien más perseveró, hasta acabar acercándome por su espalda y aferrándome con manos y pies a su enorme cuerpo. En ese momento, aunque el furtivo encuentro no pasó de unas refriegas, se me reveló que toda mi vida iba a desear poseer a mujeres voluptuosas de grandes pechos, que este fenotipo sería el que hirviera mi sangre y con más fuerza la bombeara al pene.

     Los amigos se reían de mis gustos, y ello me causó tal trauma que nunca he sido capaz de tener una relación de pareja con una mujer así, aunque tuviera sentimientos hacia ella. He deseado y poseído a muchas mujeres obesas, pero todas mis parejas poseían un cuerpo estilizado. Siempre he sido un hipócrita que me he dejado llevar por prejuicios sociales sacrificando la pasión amorosa.
  Una tarde me encontré en el edificio Tarraco con la joven de la zodiac y su hermano, un chaval con síndrome de down, a quien llamaban “Poncho”, que era -en verdad- simpático. “¡Poncho!”, le gritaban, y el respondía: “Prudencio”, que era su nombre de pila. Subimos los tres a la azotea del Tarraco, un lugar discreto donde nadie aparecería. Allí pude disfrutar acariciándo sus enormes tetas, pero no me gustaba que al mismo tiempo se comiera un bocadillo, como si no pasara nada. Por su parte, “Poncho”, ¡Prudencio!, no se molestaba en absoluto. Su familia provenía de una comarca malagueña, la Axarquía, donde se ejercía un cierto matriarcado. 

     Con los años, ella se unió al “Caballista”, un tipo racial, bregado, también del Sur, que como su nombre indica tenía una pequeña cuadra. La última vez que vi al “Poncho” -creo que no vivió más de 30 años- iba loco con un tripi que le dieron mis amigos Frank y Jesús Broto.
    
En los albores de mi periplo sexual también me atraia mucho una joven tímida de gruesas caderas, la T., a quien conocía por compartir el autobús que nos llevaba a estudiar a Tarragona. No parecía enfadarse cuando trataba de tocar sus nalgas o sus pechos -supongo que yo le gustaba. Alguna noche pude convencerla para ir a la desembocadura del río Llastres y escondidos entre los matojos intentar que al menos me masturbara, aunque lo hacía de una extraña manera, quizá porque era el primer pene que tenía entre sus manos: en vez de subir y bajar la piel, me frotaba con las dos manos por los lados del miembro erecto, perpendicular a él, lentamente, con expresión melancólica, pero así me daba poco placer, y no se vislumbraba el momento del orgasmo. Esta imagen siempre me ha remitido a la del cuello de una botella, y nunca he sabido el porqué de esta asociación.

     Para saber hasta dónde me encegó el deseo por la T. busco una escabrosa, zafia y malvada lista -quizá la primera lista de las muchas que he hecho en mi vida, soy un enamorado de ellas- donde en las abcisas ponía el nombre de las chicas y en las ordenadas las acciones llevadas a cabo con ellas, aunque abreviadas, con su significado en una lista de claves en el reverso de la hoja. Por ejemplo, MO significaba “morreo”, R “restregón”, MTR “meter mano a tetas con ropa”, MTP “meter mano a las tetas a pelo”, MCR “meter mano a coño con ropa”, y así sucesivamente.  F es evidente, “follar”, aunque aquí apenas había cruces. Al final hay una casilla “B” que si se pone la cruz significa que he quedado bien con la chica. Para acabar con una valoración del físico, puntuándolo del 1 al 10. Hice el promedio del físico de todas las chicas y era sólo de un 5,52.

     Nunca me puse alto el listón a la hora de ligar, pues lo prioritario siempre ha sido conseguir sexo, sin valorar en exceso el cuerpo de la mujer. Una de ellas destaca en la lista por tener todas las cruces y un diez en la casilla del físico, Héléne, una belga con la que viví un tórrido, aunque efímero, romance, que explicaré con más detalle siguiendo el orden cronológico de mis memorias.
    
Creía que había perdido esta irrespetuosa lista elaborada hace más de 30 años, pero uno si de algo puede alardear es de guardar de forma ordenada todo lo que conlleve un valor emocional, testimonial y periodístico. Si en algo soy único en España es en haber guardado con paciencia, día tras día durante décadas, todo tipo de noticias, artículos y revistas.    De todos los temas, pues mis gustos y mi curiosidad siempre han sido enciclopédicos. Todavía conservo el primer artículo que leí en mi vida, uno de Lluís Permanyer en La Vanguardia con el título “¡Pobres toros!”. Hace algunos años proyecté crear un libro con cientos de listas, desde las 12 tribus de Israel hasta los asesinatos famosos en España o las amantes de John Kennedy.    
    

     Pero la magnitud de lo abarcado y un perfeccionismo que me obligaba a ampliar más y mejor esas listas acabaron por engullir mis sueños de aprehender en un solo libro todo el conocimiento del mundo.
     Además del ajedrez, que practiqué con asiduidad durante muchos años, en mi juventud me ejercité en el cross, la natación –obtuve el título de socorrista-, el balonmano y, como todos los niños, el fútbol. Llegué a jugar en el equipo cadete de Hifrensa (Hispano Francesa de Energía Nuclear, Sociedad Anónima). Una tarde el Club de Fútbol Hospitalet, que militaba en Tercera Regional, organizó un partido con el Pratdip, un nuevo equipo que necesitaba jugadores, y a cinco de los jóvenes del Hifrensa nos incluyeron en el Hospitalet para que los de Pratdip nos ficharan por una temporada. El Jesús Martín, el vasco, el Tino –a quien le faltaban tres dedos-, el Juanan, o Jumilla–que era malísimo, pero se movía mucho y daba el pego-, el Pepollo y el que redacta.
     En el Casal de Partdip escribieron en una pizarra: “CINCO NUEVOS FICHAJES”. Nos sentíamos importantes, pequeños héroes al rescate del honor de todo un pueblo. Los habitantes de Pratdip nos miraban con admiración y nos trataban como venidos de otro país, pero no se equivocaban, el pueblo costero donde vivíamos, industrial –había centrales nucleares- y turístico, era más avanzado y más rico. Mientras que ellos, aislados entre las montañas, a pesar de estar a no más de 15 kilómetros de la Costa, todavía vivían de la agricultura.

          Equipo de fútbol cadete de Hifrensa                                  Castillo de Pratdip

     Las jóvenes nos animaban con sus gritos y nos lanzaban piropos. Éramos para ellas apolos venidos del nuevo mundo. Cada domingo nos recogían en una furgoneta para llevarnos al campo, ya fuera en Partdip o en otros pueblos de la comarca, y nuestro salario eran unos bocadillos y fanta de naranja tras el partido. En uno de los viajes de regreso a Hospitalet el utillero nos dejó ojear unas revistas porno, y nos excitamos tanto que fuimos directamente al club de la Pepi, la hija del Castellví, el del molino, y todos de cara a la pared nos sacamos los penes erectos y nos masturbamos.

     Una de nuestras fans pratdiptense, la Pepi, me atraía sobremanera por sus grandes pechos, su piel blanca, su cara rolliza llena de salud, su aura de madonna campesina, y quedé para vernos alguna noche de invierno, subiendo en mi vespino –a pesar del frío- desde Hospitalet hasta las paredes oscuras del castillo de Pratdip, con tal de disfrutar de sus besos lechosos y arramblarme a sus vírgenes ubres.

     También en este pueblo, que según la leyenda es tierra de perros –vampiro o dips (Pratdip: prado de dips) conocí a la primera chica con la que hice el amor, la Josefina, llamada también la “tiburón”, pues en vez de una tenía tres hileras de dientes. Era feucha, y mira que –como ya he señalado- no pongo alto el listón a la hora de seducir a una mujer. Pero sólo se trataba de copular, y así lo hice en un sucio lavabo que había en el Parc de les Granotes*, de Tarragona. Fue muy rápido, ponerme el preservativo para evitar el embarazo, notar un calor especial, una opresión placentera, dar unas cuantas sacsadas y correrme.

Dip del retablo de la iglesia de Santa Marina (Pratdip)

     Uno de los amigos de entonces suele explicar riéndose que al parecer ya desde el instituto, en la otra punta de la ciudad, me puse el preservativo, y que al llegar al balcón del Mediterráneo apareció éste en un calcetín.
      Con Frank y Jesús Broto mi relación se hizo cada vez más estrecha, hasta el punto de experimentar juntos los efectos de los primeros porros que nos fumamos en el altillo del Frankfurt. Nos invitaron –para luego poder vendernos hachís- unos andaluces que trabajaban como montadores en la construcción de la central nuclear Vandellós II. Los primeros porros –sólo los primeros- provocaban risas sin motivo, y nos llenaban de un relajante cosquilleo. Sentíamos en todo el cuerpo un dulce ardor y éramos felices, dueños de una vida en sus inicios, que comenzábamos a disfrutar potenciando los sentidos.  

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El lavabo donde perdí mi virginidad estuvo más de 30 años operativo… seguro que ha sido escenario, desde el Imperio Romano, de miles y miles de coitos. Allí mismo existe ahora un bar con terraza, de música chill out y vistas al Anfiteatro, donde los leones se comieron a los mártires Fructuoso, Eulogio e Hipólito.