EL MECHERO BUNSEN

     Los adolescentes se creen eternos. Sienten que el tiempo apenas transcurre, que los veranos se antojan interminables. Somos pequeños dioses frente a un mundo por descubrir, en un espacio inabarcable abonado a inéditas experiencias. La libido arrecia ya con tal imparable fuerza que toda mujer es deseable. Soy un hombrecito de 15 años que comienza a imitar a los adultos.
     Aprovecho la época estival para trabajar en un puesto de verduras de la plaza de la Iglesia de Hospitalet de l’Infant. Es un trabajo duro cuando hay que montar el tenderete y desmontarlo, pero se compensa con la apropiación indebida de monedas y billetes del barreño usado a modo de caja del dinero. Suelo regresar a casa con los calcetines llenos de billetes doblados, y de vez en cuando hago con los amigos lo que llamamos el “cambiazo”, todo un clásico: un amigo viene a comprar algo, un kilo de tomates, pongo por caso, paga con un billete de 100 pesetas y yo le devuelvo el cambio de 1000 pesetas. Todavía sin vicios, el dinero que sustraía de la parada del pobre Carlos, q. e. p. d., me lo gastaba por las tardes invitando a helados a los amigos, y me compré unos walki-talki. No es vanagloria hablar de esto, al contrario, es un intento de redimir mi culpa. Me planteo si debo explicar la parte oscura de mi ser, que todos tenemos en mayor o menor medida.
     Comenzamos a ir al club de la Pepi, la hija del Castellví, el del Molino. El club era una simple habitación dentro de un garaje, con un tocadiscos y unas pocas sillas. Una tarde se conjugaron los astros y los deseos de los seis chicos y cinco chicas, para acordar que durante cada canción que pinchara el varón sobrante, se apagaran las luces y bailando nos morreáramos sin parar, cambiando de pareja en una orgía de lenguas a cada nueva canción de Sandro Giacobe –autor del popular “Jardín prohibido”- o de Julio Iglesias. De ahí pasamos al Gato Negro, un pub novedoso por su diseño pop, donde se reuniría la juventud “progre” del pueblo. Y de aquí dimos el salto a la discoteca Bang-Bang.

   Los compañeros de estudios en el instituto Martí i Franqués deTarragona eran en su mayoría hijos de guardias civiles y de militares. Con ellos cogí la primera borrachera, tras ingerir dos vasitos de moscatel.
     Ellos me encerraron en la clase de una chica que señalé que me atraía de manera especial, y se convirtió en mi primera novia, una relación romanticona sin coito que se desvaneció a lo largo del verano, cansado de trabajar por la noche en una panadería y por el día coger el tren a Tarragona a encontrarme con ella.    
     

 

     Además, por aquellas fechas trataba ya de seducir a jóvenes turistas francesas y holandesas por las playas. Esto me daba una clara ventaja con respecto a los amigos de la ciudad, más panolis en estos asuntos.
     Recuerdo muy bien que durante un guateque en un chalet de Salou, en una terraza transformada en discoteca, los amigos de la ciudad me rodeaban ávidos de explicaciones sobre mis escarceos amorosos o sexuales con las extranjeras. Explicar con admiración o sorna mis cuitas eróticas ha sido habitual en mi vida.
Allí bailé por primera vez en mi vida, y estando solo pensando en ello, tuve una de esas ideas vitales que se recuerdan siempre y marcan toda una existencia: que no es posible disfrutar de los momentos placenteros en el presente. Es tan efímero –el presente no existe, si me apuras- que sólo da tiempo para hacer una sola cosa: o disfrutar de los sentidos pero sin tener conciencia de ello, a través de un placer irracional, instintivo, animal –se sabe que los animales no sienten ni placer ni dolor-, o racionalizar mediante el pensamiento ese momento de gozo, reflexionando sobre las circunstancias que rodean esa sensación, pero ya a posteriori.

     En la oscuridad de ese patio apenas iluminado por las luces de colores, supe de la importancia de esta disyuntiva, y sonreí para mis adentros porque había experimentado un trascendente momento de lucidez. En realidad son dos concepciones del mundo, cuanto menos, dos maneras de vivir. Creo recordar que me sedujo más la opción del observador que estudia el mundo de los sentidos antes que la del ser instintivo que vive con intensidad, inmerso –eso sí- en el torrente de la vida, pero sin tiempo ni la instrucción necesaria para el goce intelectual. Creo que me había fumado un porro, lo que contribuyó a preferir una actitud más pasiva y contemplativa.

     El grupo de amigos de Tarragona, ente ellos el insigne fotógrafo de guerra Gervasio Sánchez, a quien apodábamos “el rata” por su avidez monetaria, solíamos hacer novillos para ir a beber y a comer a los bares del centro de la ciudad, como el Pepito o casa Paco. En el Pepito, ubicado en la Baixada Pescatería, hacían unos bocadillos enormes, y en casa Paco, en la calle Rebolledo, nos hacía gracia oír al camarero Paco cantar los platos con su voz ronca: “¡Marchando uno de huevos con patatas!”. Luego lo imitábamos hasta la saciedad. Éramos casi adultos pero seguíamos riendo de personajes como un pobre hombre de aspecto desaliñado, vestido con un oscuro abrigo, de andar nervioso, a quien gritábamos: ¡Lobo, lobo!, y él de forma automática, acostumbrado ya a hacerlo, se transformaba en un ser agresivo, lleno de ira ante la evidencia de nuestras burlas, y nos perseguía lanzándonos grandes piedras en mitad de las calles, acompañadas de sonoros insultos: ¡Cabrón, maricón, hijo puta…!
     Entrañable era una atractiva mujer madura, rubia de ojos azules, de cuerpo moldeado y marcado busto, en apariencia bien de la cabeza, que sin importarle en qué calle ni circunstancias la abordaras, le pedías una poesía que la recitaba sin inmutarse, y sin decir nada más seguía su misterioso deambular por la ciudad.

        En las clases de 6º de Bachillerato me resultaba difícil seguir el hilo del profesor cuando la asignatura no era de mi agrado. Si no había ocasión o motivos para romper la disciplina, me dedicaba a hacer crucigramas, lleguando a elaborar un listado de palabras típicas como “cerveza inglesa: ale, o “gorro militar”: ros-. O a organizar Campeonatos de Europa de fútbol, aparejando a 64 equipos cuyos resultados eran marcados por un simple dado. Como me faltaban equipos llegué a incluir el Torreforta -un barrio de Tarragona-, o el Hifrensa -el equipo de la central nuclear de Vandellós. Guardo 40 años después los resultados de uno de estos torneos en el que se alzó con la victoria el Milan, tras vencer en una disputada final al Valladolid.

A Cochise nunca lo atraparon, ni encontraron su tumba

     También fantaseaba dibujando emboscadas de apaches al Séptimo de Caballería entre minimalistas colinas. De ahí mi posterior devoción por los John Wayne, Cochise y los pistoleros del Far West.
     Como los profesores me conocían bien, en cuanto abría la boca me expulsaban de clase, sin darme opción a más bufonadas, pero cayeron en la cuenta de que echarme me beneficiaba, pues me iba al bar o me perdía por el campo hasta llegar al río Francolí, cerca del Hospital Juan XXIII (había cerca unos cerdos que se comían las gasas y otros desechos sanitarios). Decidiendo entonces encerrarme en una clase vacía, lo cual sí cercenaba mi espíritu transgresor. No hay mal que por bien no venga: la clase vacía y el tiempo enquistado activaban mi mente, aumentando mi amor por el pensamiento.
    
No por el estudio. Explicar las trampas que llevé a cabo en los exámenes merecerían un libro-guía aparte. Huelga decir que fui siempre un mal estudiante. Sólo me preparaba para un examen la noche anterior, bajo la presión de la falta de tiempo, como he hecho en todos los ámbitos de mi vida (ahora quiero dedicarme a escribir pero ya no tengo tiempo ni de aprender a hacerlo ni de explicar todo lo vivido y reflexionado). Pero no me estresa trabajar con el tiempo escaso. Es más un aliciente, un juego para ponerme a prueba y, por tanto, divertido.

     Las únicas clases interesantes para mí eran las de gimnasia, dibujo y sobre todo las de arte, porque se acompañaban con filminas – gran innovación pedagógica-, y en ellas se me desveló mi canon de belleza: la Venus de Willendorf.
    
Llegué a ser un consumado experto en copiar en los exámenes. De todas las maneras posibles, con chuletas pequeñas escondidas en las mangas, directamente del libro, o con un sistema propio que perfeccioné: se trataba de una base alargada, amplia y dura, donde superponía grandes chuletones, con dos cuerdas elásticas acabadas en ganchos por sus extremos, uno de los cuales lo sujetaba dentro del pantalón, a la altura de la tibia. Podía así entrar en un examen sin llevar nada en apariencia. Una vez sentado, subía la pierna para apoyaba sobre la otra y estiraba el soporte hasta engancharlo en la suela del zapato, quedando bien a la vista el chuletón. Si se acercaba el profesor, sólo tenía que soltar el gancho del zapato, que podía incluso hacerse con el otro pie- y el artilugio desaparecía bajo el pantalón.
      La candorosa profesora Cabré, de Literatura Española, se levantaba en los exámenes para ir cerrando los libros de muchos de nosotros que con descaro teníamos abiertos bajo los pupitres, sin suspendernos nunca por ello. Es curioso que sólo suspendiera a un pobre chico -quizá el único que no copiaba- venido de un pueblo del interior de la provincia, un tal Romagosa, inocente y bonachón, con cara y ademanes que denotaban raíces campesinas, y por todo ello pasto de nuestras nada inocentes burlas.
      Un profesor mítico fue el Marc, que impartía las difíciles matemáticas de COU, de quien se decía que era el Barón de las Cuatro Torres. Embutido en un cuerpo orondo, mostraba una señorial calvicie y una sonrisa distante, gélida; vaya, un ser hermético, inaccesible. Le acompañaba una leyenda urbana según la cual corregía y evaluaba los exámenes tirándolos al aire sobre una mesa, aprobando los que se depositaban sobre ella y suspendiendo los que caían al suelo.

   Aunque se tratara de una asignatura trascendental, la más dura del ciclo de Ciencias puras que había que culminar para acceder a las carreras técnicas, el Marc en sus exámenes semestrales y finales realizaba año tras año la misma absurda operación: una semana después del examen volvía a clase con ellos, y en el descanso –las clases duraban tres horas- dejaba su maleta de mano sobre su mesa y abandonaba el aula un rato, lo que aprovechábamos los más avezados para hacer lo que ya era conocido como “el cambiazo”, sacando el antiguo examen y reponiendo uno nuevo con los ejercicios correctos.

Uri Geller (derecha) dobla una cuchara junto al periodista
Jose María Íñigo, en el programa Fantástico, de TV1

     Un extraño  comportamiento en verdad irracional, surrealista. O no era consciente del cambio que hacíamos por ser ingenuo en exceso, o lo hacía a propósito y se trataba entonces de un acto de inaudita generosidad, rompiendo con todo rigor académico. Hechos así quedan incrustados en la memoria del alumnado como algo inverosímil, una de esas anécdotas que son la salsa de la vida y rompen nuestra previsible existencia.
     España se hallaba en los estertores de la dictadura del general Franco, con una población que en su mayoría se dejaba sugestionar por los falsos poderes del israelí Uri Geller cuando apareció por televisión doblando cucharas y arreglando relojes. Como el resto de la gente, siendo todavía un adolescente, no sabía del debate político entre inmovilistas y reformistas respecto al futuro del país.
     Ya en la madurez supe que por esas fechas mis padres viajaron a Perpignan a ver El último Tango en París y la famosa escena de la mantequilla en el ano de Marlon Brando. Mi madre se extrañó y, sobre todo, se asustó al ver en las paredes de la ciudad gala pintadas con la expresión “Franco asesino”. Los tiempos iban a cambiar pronto.

      La aparición en mi barrio de Jesús y Frank, cuando yo todavía me muevo en un espacio cerrado que considero todo un mundo, me impacta de manera especial. También son hijos de trabajadores de la central nuclear, pero viven en el núcleo urbano de Hospitalet. Sus maneras son descaradas, y veo en ellos un aura de valentía porque se han atrevido a adentrarse en un territorio que les es ajeno. Me parecen seres de otra dimensión porque, aunque yo soy mayor que ellos, muestran más desparpajo hablando y sus ideas son más modernas. No se cohíben ante los desconocidos y se relacionan con los adultos más golfos.
     Todo esto me trastorna, pues hasta entonces me he sentido el más valiente, avanzado y libre de entre mis iguales. No es envidia o recelo, sino pura admiración, que es la base de la amistad y del sentimiento amoroso. La amistad es el amor sin sexo. Surge hacia ellos un sentimiento que se revelará eterno.

 

LISTADO DE COLETILLAS GUASONAS DE AMIGOTES DE ADOLESCENCIA: 

- “¡ajandra, ajandra! (se imitaba, distorsionado, a la directora y profesora de inglés de la escuela Aster de        Hospitalet, la Neus, pronunciando “hundred”: cien)
- “¡tuera, tuera!” (sin significado)
- “gea, gea, gea” (con fuerte sonido gutural)
- “¡Farolillos, serpentinas, caracoles, pipas, caramelos... ajo, perejil...!”
- “¡Puto pae, puta mae, puto huevo, puto chocho...¡” (saludo al encontrarse con el Cloti, o “Pae”, un buen elemento del pueblo)